Santuario de Athena
La noche había. Megan observaba el cielo desde uno de los balcones del Santuario, mientras el viento helado azotaba su cabello blanco, como si intentara despertarla de una pesadilla interminable.
Pero no dormía. No podía.
Sintió el cosmos de Valen acercándose. Sereno. Firme. Y aun así... frágil.
—¿Te quedarás mucho tiempo más en el Santuario?— preguntó Valen, sin dureza. Solo con una sincera curiosidad.
Megan giró apenas el rostro. Sus ojos eran profundos, cargados de un dolor que Valen no había visto en ella nunca.
—Eso venía a pedirte... — dijo Megan en voz baja—. Que me permitas quedarme.
Valen la miró en silencio. Luego asintió.
—Te ganaste ese lugar... pero quiero saber por qué.
Megan bajó la mirada. Se sostuvo del borde del balcón, como si su cuerpo ya no pudiera sostener el peso de sus palabras.
—El velloncino no solo tiene el poder de curar— comenzó— También... puede devolver la vida.
Valen se tensó.
—¿Qué estás diciendo?
—Que puede traer de vuelta a los caballeros caídos— afirmó Megan— Pero hay un precio. Uno muy alto. Una vida... por otra.
Valen retrocedió un paso, incrédula.
—¿Tu vida divina...?
Megan asintió con una sonrisa melancólica.
—Soy inmortal, sí. Pero también estoy sola. No tengo padre. No tengo nombre entre los dioses. Para Zeus, soy una traición hecha carne. Para los olímpicos, un error que Hera protegió por piedad. Si tengo que desaparecer para que otros vivan... entonces quizás mi existencia tenga sentido.
Valen quiso decir algo, pero no encontró las palabras.
—No me malinterpretes— agregó Megan con una calma rota— Lo hago por ustedes. Porque entendí... que lo único real no era el Olimpo. Era esto. Los humanos.
Valen sintió que algo en su pecho se quebraba, una empatía profunda que la hizo dar un paso al frente y tomar las manos de Megan.
—Gracias— murmuró.
Horas después, Megan se adentró sola en el pasillo del templo de Escorpio. Encontró a Milo junto a una de las columnas externas, perdido en sus pensamientos. La luna iluminaba su rostro sereno, pero en sus ojos dormía una tormenta.
—¿Megan?— dijo al verla acercarse.
—Necesito hablar contigo. Es sobre Yasmin.
Milo alzó la cabeza, al instante alerta.
—¿Qué pasa?
—No puedo decirte todo. Pero sé que Yasmin tiene un rol clave en lo que viene. Algo... oscuro. Algo que ya se mueve desde las sombras— explicó Megan, sin rodeos— Tienen que protegerla, Milo. Incluso si ella se niega. Incluso si tu no entiendes por qué.
—¿Por qué no puedes contarme más?— exigió Milo, frustrado.
—Porque no es solo mi secreto. Y si el enemigo descubre que sabemos... se anticipará.
Milo apretó los dientes. El corazón le latía fuerte, como si ya supiera, en lo más profundo, que el tiempo se estaba agotando.
—¿Ella es la clave?
—No es la única. Pero sí...
—¿Y si se niega?— preguntó Milo, con el alma en la garganta.
Megan bajó la mirada.
—Entonces... todo se va a perder.
La advertencia de Megan seguía repicando en su cabeza como una campana rota. Milo caminaba por el pasillo del Templo de Escorpio sin rumbo.
Se detuvo frente a una de las columnas agrietadas tras la última batalla. Apoyó la palma en la piedra y cerró los ojos.
"Yasmin es clave en lo que viene."
Milo se pasó la mano por el cabello con rabia. La imagen de Yasmin bajando la mirada, ocultando los moretones, sonriendo débilmente para disimular el dolor, lo perseguía.
—¿Cómo la salvo, si no me deja acercarme?— susurró al aire.
Recordó su mirada la primera vez que la vio acercarse a la tumba de Deathmask. Temblorosa. Rota. Acusada por todos. Y sin embargo, valiente.
Y ahora... seguía ahí. Siendo herida. Sufriendo. Solo que ya no tenía a nadie que la protegiera.
—No puedo enfrentarme al Inframundo otra vez— dijo para sí mismo, con los puños cerrados— No mientras el Santuario aún sangra.
Se dejó caer de rodillas frente al altar de Escorpio, apoyando la frente contra la piedra fría.
—Dame una señal, Deathmask... dime qué hacer. Porque si ella cae... si la pierdo...—tragó saliva— no voy a soportarlo otra vez.
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El Reino de los Sueños era un lugar suspendido entre la niebla y el silencio. Las nubes flotaban como plumas de algodón sobre un suelo que no era tierra ni cielo. Era un espacio de paz, de reposo eterno... y, sin embargo, Yasmin no encontraba consuelo.
Sentada sobre un banco de mármol cubierto de flores azules, la joven mantenía los brazos envueltos alrededor de sus rodillas. Su cabello caía desordenado sobre su rostro, y sus ojos, rojizos por el llanto, se perdían en el horizonte irreal.