Santuario de Athena
Valen caminaba con paso rápido por el patio de mármol, con los labios apretados y el ceño fruncido. Acababa de hablar con Megan.
Y lo que Megan pensaba hacer... la perturbaba profundamente.
—¿Está loca? —preguntó al viento, sin esperar respuesta—. ¿Cree que puede simplemente entregar su vida como si no significara nada?
Detrás de ella, Shun apareció con su andar sereno. Había notado el aura inquieta de Valen.
—¿Pasó algo?
—Megan... quiere usar el velloncino para resucitar a los caballeros dorados. Dice que es el único camino para prepararnos para la guerra que se viene —respondió Valen sin girarse—. Pero para lograrlo, debe dar su vida.
Shun se quedó en silencio, asimilando el peso de esas palabras.
—¿Ella está segura de eso?
—Más que segura. Está decidida. Cree que ya no le queda nada. Que la inmortalidad que tiene no vale sin el amor de su padre.
Shun bajó la cabeza, con tristeza.
—La entiendo más de lo que quisiera.
—¡Pero no puede ser así! —explotó Valen, finalmente girando hacia él—. ¡Tiene que haber otra forma! ¡No puede ser la única opción entregar la vida!
Ikki, que se había mantenido en las sombras de un pilar, se acercó despacio. Su rostro era una máscara impenetrable, pero sus ojos delataban el torbellino que le causaban aquellas decisiones.
—¿Y si no hay otra manera? —preguntó—. ¿Y si la guerra que se avecina es más grande que todos nosotros?
Valen lo miró con rabia contenida.
—¡Entonces seré yo quien pague ese precio!
—¡No! ¡No digas eso! ¡No después de todo lo que pasaste, de todo lo que sufriste para sostenernos cuando nadie más podía! ¡Tu no puedes morir!— gritó Shun.
—Tal vez morir es lo único que puedo dar ahora... —murmuró Valen, clavando la mirada en el suelo.
Ikki la tomó del brazo, con firmeza.
—No. Ya diste demasiado. Esta vez, te toca vivir.
—Pero Megan...
—Megan eligió. Como tu también debés elegir —dijo Shun con suavidad—. Pero no cargues sola con esto. Dejá que la decisión sea de todos.
Valen alzó la vista. En el horizonte, más allá de los templos, se alzaba la estatua de Athena.
—Voy a buscar otra salida. Cueste lo que cueste.
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En otra parte del mundo
La oscuridad los rodeaba mientras caminaban por el estrecho sendero de piedra negra. No sabían si aún estaban en el mundo físico o en uno intermedio. El aire era denso, la atmósfera sofocante. Todo parecía desmoronarse alrededor de ellos.
Kath se adelantó unos pasos. Kanon, detrás, la observaba en silencio, como si temiera romper algo frágil si hablaba.
—Alicor no está aquí —dijo ella de pronto, con voz seca.
—Lo sé —respondió Kanon—. Pero debemos seguir.
Kath se detuvo.
—¿Y si no quiere ser encontrada? Temo que algo malo le ocurra
—Ella está bien, puedes sentirla—dijo él con firmeza—. Su cosmos.
Kath giró lentamente hacia él. Sus ojos estaban cansados pero reflejaban una duda que la carcomía por dentro.
—Kanon ¿Por qué sigues conmigo? Soy un desastre. Aún me duele cuando me tocas, tengo pesadillas... y así ¿quieres seguir conmigo?
El se acercó con cautela. No la tocó. Solo la miró con una intensidad profunda.
—No eres un desastre Kath. Eres muy fuerte.
Ella rió con amargura.
—Aun no entiendo como haces para aguantar mis rechazos
—Eso es simple. Te amo. Y si tengo que esperar cien años para que puedas amarme sin miedo... los voy a esperar.
Kath sintió que algo dentro se encendia. Y por primera vez en mucho tiempo, apoyó la frente en su pecho. Y se dejó abrazar por el. Quien la aferró contra su cuerpo. Había anelado mucho tiempo ese contacto, por fin sentía que ella poco a poco rompía las barreras que los separaban.
—Vamos a encontrar a Alicor —susurró él—. Y cuando lo hagamos... todo va a empezar a sanar.
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Santuario de Athena
La sala estaba iluminada apenas por la luz de las antorchas. Megan estaba de pie frente al altar del templo de Aries, donde el velloncino reposaba envuelto en un manto sagrado. Su silueta brillaba con un resplandor tenue, como si su esencia misma supiera que el tiempo se acercaba.
Valen irrumpió en la sala con paso decidido.
—No lo vas a hacer —dijo sin rodeos.
Megan giró lentamente. No se sorprendió de verla.
—Lo que estas a punto de hacer una locura, Megan.
Megan sonrió con tristeza.