En alguna parte del mundo...
El cielo estaba cubierto por nubes densas. No había viento. Solo una quietud peligrosa que pesaba sobre los hombros.
Kanon avanzaba por el sendero en ruinas, con los sentidos agudizados. Kath caminaba a su lado en silencio. Entre ambos había tensión... de la que nace del miedo real: el miedo a lo que podrían encontrar.
De pronto, tres siluetas aparecieron entre la neblina. No traían hostilidad, aunque sus rostros eran los de la muerte: Radamanthys, Minos y Aiacos. Los tres jueces del Inframundo, fieles sirviendo del dios Hades.
Detrás de ellos, con alas oscuras y ojos rasgados, flotaban tres furias, encargadas de castigar ojos crímenes más atroces.
—¿Vinieron a detenernos? —preguntó Kanon, listo para pelear.
—No —respondió Radamanthys, su voz tan gélida como siempre—. Venimos a ayudar.
—¿Ayudarnos? — Kath frunció el ceño.
—Por orden del señor Hades —agregó Minos
Aiacos se adelantó un paso.
—Hades quiere que encuentren a Alicor.
Kanon intercambió una mirada desconfiada con Kath.
—¿Por qué ahora?
—Porque hay algo que se avecina —dijo Radamanthys, con un gesto que rozaba la compasión—. Algo que ni siquiera los dioses quieren enfrentar solos.
—¿Qué saben ustedes? —insistió Kanon.
—Solo lo necesario —dijo Aiacos—. Alicor está viva. Y más cerca de lo que creen. Pero no es lo que ustedes piensan.
Kath sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué quieren decir?
Minos dudó... y luego dejó caer la verdad.
—Alicor... Es hija de Caos.
El silencio fue tan abrupto como un golpe en el pecho.
—¡Mentira! —gritó Kath, pero su voz temblaba.
—No lo es —confirmó Radamanthys—. Nosotros la vimos nacer, la protegimos. Hasta que Anteros se la llevo al Olimpo.
Kath se alejó unos pasos, tocándose la frente, conteniendo el temblor.
—Entonces... ¿todo este tiempo Anteros nos mintió? ¿Él sabía?
—Sí —respondieron las tres harpías al unísono—. Él en ese tiempo ya conocía las ambiciones de Eros, y temio que usará a Alicor para sus viles planes. Así que decidió ocultar a la hija de Caos a plena vista... pero no era el único que sabia
—¿Quiénes más lo sabían?
—Zeus, Athena, Afrodita y Ares
—No puedo creerlo, mi padre lo sabía...
—Ahora eso no importa, debemos encontrar a Alicor. Porque si Eros despierta a Caos... —añadió Minos— el mundo no conocerá más amor. Ni dolor. Solo vacío.
Kanon se giró hacia Kath, su rostro endurecido.
—Tenemos que encontrarla antes que Eros
Kath asintió, aunque aún sentía la tierra moverse bajo sus pies. Su hermana... hija de Caos. ¿Cómo se protegía a alguien de sí misma?
—Y si ya empezó a despertar... —susurró Kath, casi sin voz—. ¿Podré detenerla?
Kanon apoyó una mano en su hombro, firme.
—No estás sola. Y no pienso dejar que el universo se consuma sin pelear por ti. Ni por ella.
Y así, los dos caballeros —una ex diosa y un redimido— emprendieron su viaje al corazón del caos, sin saber si lo que encontrarían sería a Alicor... o a algo más.
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El grupo avanzaba por el pasadizo subterráneo entre ruinas cubiertas de musgo. La humedad impregnaba el aire y las furias, revoloteaban sobre sus cabezas, guiándolos hacia la siguiente pista.
Kath se mantenía a la cabeza, enfocada, pero su respiración estaba tensa. Sentía la mirada de Aiacos quemándole la nuca, como un recuerdo no deseado. A su lado, Kanon no decía nada, pero el ceño fruncido en su rostro hablaba por él.
—No esperaba volver a caminar junto a ti —dijo Aiacos finalmente, su voz sono grave y cargada de algo que no era solo cortesía.
—Ni yo —respondió Kath, seca, sin girarse siquiera.
Kanon apretó los dientes.
Aiacos se adelantó un poco, colocándose a su lado. La miró de reojo, con una leve sombra en la mirada.
—Solías hablarme más.
—Solía ser una diosa. También solía confiar en muchas personas.
Kanon no pudo más.
—¿Te molesta el silencio? ¿O es que extrañás esos momentos que tu recordás y ella ya no?
Aiacos lo miró, sin perder la compostura.
—No estoy hablando contigo.
—Pero yo sí con contigo— replicó Kanon, tajante—. Porque estoy harto de tus insinuaciones.
—¿Insinuaciones?— Aiacos esbozó una sonrisa apenas amarga—. No tengo nada que insinuar. Si algo hubo entre nosotros, fue respeto. Admiración. No fui yo quien se enamoró de una diosa sabiendo que era inalcanzable.