Oliver paró de llorar, hizo una inspiración profunda y temblorosa, y se atrevió por fin a abrir los ojos. Pasó su mano por su rostro, secando las lágrimas. Se sorprendió por un momento de que su mano fuera pequeña. La mano de un niño. Luego recordó donde estaba: un lugar sin reglas, donde todo era posible. Levantó la cabeza y todo volvió a su memoria con la fuerza de un alud de barro y agua, avasallante, imparable. Apretó los dientes y se abrazó las rodillas con fuerza, haciéndose un ovillo sentado en el suelo. Esta vez resistiría los recuerdos, no quería escapar más. Se obligó a respirar lentamente, con el abdomen. Poco a poco se calmó.
Miró en derredor. Todavía estaba en el bosque idílico con el que siempre comenzaba la sesión, pero había diferencias sutiles. Los árboles estaban agrupados de manera diferente y había uno en particular cuyas hojas eran más brillantes, vivas. Era un árbol apartado de los demás y cerca de sus raíces corría… ¿agua? ¿un arroyo? Nunca había habido un arroyo en ninguna de sus sesiones.
Oliver se puso de pie y dio un paso hacia el árbol especial. Su pie izquierdo rozó algo en el suelo. Oliver frunció el ceño y bajó la mirada. Cuando descubrió lo que era, las piernas se le aflojaron: la máscara negra. Se mantuvo en pie a duras penas. Volvió a respirar, tratando de calmarse. La máscara que había arrancado al monstruo que lo había torturado toda la vida yacía ahora en el suelo, olvidada, descartada como un trapo sucio. Se obligó a mirarla hasta que poco a poco el miedo que le provocaba fue cediendo. Finalmente, se atrevió a tomarla del piso, estrujándola con fuerza. La máscara se desintegró en sus manos hasta hacerse un polvo fino que voló por el aire, alejándose de él para siempre.
De pronto, Oliver se dio cuenta de que tenía que volver al mundo real. Tenía que hacerlo antes de que el desarrollo de la sesión le hiciera olvidar todo lo que había descubierto. ¿Cuántas veces había llegado a la respuesta liberadora, solo para despertar sin recuerdo alguno? No, esta vez no. Tenía que funcionar. Pero ¿cómo? ¿Cómo volver sin ayuda externa?
Busca las anomalías. Busca una señal.
El árbol apartado a orillas del arroyo. Por supuesto.
Oliver avanzó casi corriendo hacia el árbol, como si temiera que fuera a desparecer en cualquier momento, lo cual, de hecho, era totalmente posible. Llegó jadeante y apoyó una mano en su grueso tronco. Pensó en tomar agua del arroyo cristalino, pero vio algo entre las raíces del árbol que lo detuvo: la esfera negra que le había dado el chamán. Su ancla. Sonrió, aliviado. Se agachó, tomó la esfera en la palma de su mano derecha y…
—¿Oliver? —se escuchó la voz de su psiquiatra—. ¿Estás bien?
Tendido boca arriba en el diván del doctor Strigoi, lo primero que hizo Oliver fue mirarse las manos. Manos de adulto. Había vuelto.
Y todavía recordaba todo…
Lo había logrado.
El doctor Strigoi miró el reloj de pared de su consultorio y arrugó el entrecejo. Solo habían pasado diez minutos desde el comienzo de la sesión. Esta era la primera vez que Oliver volvía del trance sin su ayuda, y tan pronto…
—¿Oliver? —volvió a llamarlo el psiquiatra, inclinándose sobre el rostro de su paciente tendido en el diván—. Debe haber habido alguna distracción externa que te trajo muy pronto —concluyó el médico por su cuenta—. No importa. Tenemos tiempo para reiniciar el proceso.
—No —dijo Oliver, poniéndose de pie.
—Bueno —se mordió el labio el médico, preocupado—. Entonces, hablemos —propuso, señalando la silla del otro lado de su escritorio.
—Debo irme —dijo Oliver caminando hacia la puerta.
—Oliver —le sonrió Strigoi con afabilidad—, no estás bien, hijo. Siéntate, te serviré un vaso de agua. No es bueno que te vayas así después de un trance interrumpido.
—Estoy bien —contestó el paciente.
—Toma —le alcanzó un vaso de agua el otro.
Oliver tomó el vaso en su mano y se lo llevó a los labios. Una imagen se disparó en su mente. Un recuerdo largamente enterrado. Un funeral. Él era apenas un niño de seis años y Strigoi se acercaba a él con un vaso de agua con una sonrisa amigable. Aquella vez había tomado el agua. Ese había sido el comienzo de todo.
Lentamente, Oliver bajó el vaso sin beberlo y lo apoyó sobre el escritorio:
—Debo irme —repitió, dirigiéndose por segunda vez a la puerta.
—Pero todavía nos quedan cincuenta minutos de sesión —intentó detenerlo el psiquiatra.
Oliver lo miró a los ojos por un largo momento, como buscando algo. Aquel rostro bondadoso… Oliver se dio cuenta de pronto de que el psiquiatra no había cambiado en nada, no había envejecido un solo día desde aquel día del funeral, tantos años atrás.
Strigoi estiró una mano para tocarlo, pero Oliver dio un brusco paso atrás, esquivándola. Tenía que irse, tenía que salir de allí antes de que fuera tarde. Oliver se metió la mano en el bolsillo de su pantalón y palpó la esfera pulida de obsidiana negra, la verdadera, la que le había dado el chamán en el mundo físico. La suavidad de la esfera lo conectó con una sensación de vacío, de separación. Podía hacerlo, podía cortar el lazo.
El psiquiatra le seguía hablando con palabras suaves, como si quisiera volver a ponerlo en trance, pero Oliver ya estaba muy lejos mentalmente. Había escapado. Ahora solo quedaba la acción física: Oliver simplemente abrió la puerta del consultorio y salió de allí.
—Está bien por hoy, Oliver. No hay problema. Volveremos a intentar la semana que viene —escuchó la voz confiada del psiquiatra a sus espaldas—. Si las pesadillas se vuelven muy oscuras, puedes llamar a mi secretaria para adelantar la sesión.
Oliver no contestó. Caminó por el pasillo con la respiración contenida, como si avanzara bajo un océano y no quisiera que el agua entrara a sus pulmones, ahogándolo. Pasó frente al puesto de la secretaria, quien abrió su cuaderno de citas para anotar el horario de la próxima sesión. La mujer se quedó con la lapicera en la mano, congelada sin saber que hacer al ver que Oliver seguía de largo.