Guerreros Del Mundo Onírico

PARTE 2

Por las siguientes dos horas, Oliver caminó ensimismado, apretando la obsidiana en su bolsillo, sin rumbo aparente. Pero pronto, se dio cuenta que estaba en las afueras de la ciudad, y que, sin proponérselo, se había dirigido a la vieja choza del chamán. Tardó una hora más en llegar a la puerta del viejo brujo, quien lo estaba esperando con un trozo de palo santo encendido, sahumando todo el lugar con meticulosidad.

—¿Conseguiste tu respuesta? —preguntó el viejo.

—Sí —asintió Oliver con el rostro serio—. Logré quitar la máscara al monstruo de mis pesadillas, logré conocer su identidad.

—¿Quieres sentarte? Estás pálido —le ofreció el chamán.

Oliver aceptó y se sentó en una vieja silla desvencijada, junto a una mesa de madera oscura y antigua, llena de frascos y cristales de distintas formas y colores.

—La respuesta… era tan obvia… No entiendo… ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude estar tan ciego? Quince años de terapia y el que debía ayudarme a encontrar al monstruo era el propio monstruo.

—Escondido a plena vista —tomó su vieja pipa el chamán, cargándola con tabaco.

—¿Por qué me hizo esto? ¿Cómo lo hizo? —meneó la cabeza Oliver, desconcertado.

—Algunos lo hacen por motivos de supervivencia, otros por placer —explicó el chamán, encendiendo la pipa—. Anhelan el orgasmo de nutrirse de la energía de la angustia de otros. Para un ser humano es incomprensible, pero para los de su raza es normal. En cuanto al “cómo”… Bueno, debió atraparte en un momento de gran vulnerabilidad, una situación especial en la que pudo envolverte en su esfera de influencia sin que sospecharas nada.

—Creo que sé cuál fue ese momento —musitó Oliver con la mirada perdida en sus recuerdos—. El funeral de mi madre, cuando tenía seis años.

—¿Él estaba allí físicamente? ¿Cómo justificó su presencia? —inquirió el chamán, interesado.

—Era el psiquiatra de mi madre. Ella… —Oliver tragó saliva con un nudo en la garganta—. Ella se suicidó. Después de veinte años de terapia con él, solo… solo se quitó la vida. ¿Cree que él la llevó a la muerte?

—Probablemente —respondió el chamán con el rostro grave—. Y siendo que había perdido a su víctima de tantos años… reclutó a una nueva allí mismo.

—Todos lo vieron como el paso correcto —murmuró Oliver—. El pobre niño huérfano necesitaba contención. Él dijo… dijo que podía ayudar con mi dolor. ¡El muy maldito!

El chamán solo fumó su pipa, y luego de un largo silencio dijo:

—Intentará entrar esta noche en tus sueños. Debes protegerte.

—¿Cómo?

—Con la obsidiana que te di. ¿Todavía la tienes?

Oliver sacó la esfera negra de su bolsillo y se la mostró.

—Bien —asintió aprobadoramente el chamán—. Úsala como lo hiciste durante la sesión de terapia, como ancla para volver. Busca las…

—Anomalías —terminó la frase Oliver—. Sí, entiendo.

—Cuando tengas buena práctica, ya no la necesitarás.

—¿Y qué hay de Strigoi? No puedo perdonarle lo que le hizo a mi madre. No puedo dejar que siga haciendo esto, ni a mí ni a otros. Debo hacerlo pagar.

—Ten cuidado —le advirtió el chamán—. Los pensamientos de venganza debilitan tu posición. Él estará esperando en la oscuridad para beber de tu ira. Ira, tristeza, angustia, miedo, cualquiera de esas emociones le sirven para alimentarse. No vuelvas a caer.

—Pero… tengo que hacer algo. No puedo dejar que otros sufran hasta la muerte en sus manos —protestó Oliver.

—Luchar contra este tipo de criaturas es posible, pero no para alguien tan emocionalmente involucrado como tú. Solo un guerrero entrenado en el singular campo de batalla del mundo astral puede combatir a estos seres sin caer en sus garras.

—Entréname, entonces —pidió Oliver—. Hazme uno de esos guerreros.

El chamán solo suspiró y le tomó las manos a Oliver:

—Descansa, Oliver. Disfruta tu libertad. Hablaremos de estas cosas más adelante.

—¿Lo promete?

—Ve a tu casa. Vive tu vida como siempre debió ser.

El chamán se puso de pie y abrió la puerta de su choza. La entrevista había terminado. Oliver sintió que este no era el momento de presionar al viejo brujo. Esperaría unos días y luego volvería a plantear el tema del entrenamiento.

—Gracias —estrechó la mano del viejo—, por todo.

—Fue un placer, muchacho —le sonrió el brujo.




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