Parte I. – Otro Día Más en el Vacío.

El día comenzaba igual que tantos otros en el vacío silencioso del borde exterior.
La corbeta de clase Hermes Absolución, una veterana nave de casco oscuro y líneas alargadas, avanzaba con elegancia entre débiles corrientes de plasma interestelar. Su silueta era estrecha y funcional, diseñada más para la velocidad y la vigilancia que para el combate frontal.
El casco mostraba cicatrices de antiguas campañas: placas reforzadas, remaches visibles y secciones que habían sido reparadas más veces de las que el reglamento aconsejaba.
Aun así, seguía siendo una excelente nave que cumplía con nobleza su cometido.
Y lo hacía con la obstinación silenciosa de los viejos soldados que se niegan a retirarse.
Muy lejos de las rutas comerciales y de los grandes corredores militares, la Absolución patrullaba un sector olvidado del mapa.
En sus entrañas viajaba únicamente una escuadra de Marines Espaciales y una tripulación mínima, demasiado reducida para operaciones de combate serio, pero suficiente para cumplir las misiones de presencia, patrullaje y observación que la Federación Terrestre le había asignado.
Los tentáculos de la Federación se extendían por miles de sistemas estelares: demasiado territorio para una flota que, en realidad, siempre parecía insuficiente.
Por eso, muchas veces la Flota Estelar tenía que estirar sus recursos hasta el límite, enviando naves veteranas y tripulaciones jóvenes y reducidas a vigilar regiones donde, en teoría, nunca ocurría nada.
El puente de mando estaba en calma.
Las pantallas de control emitían el brillo suave y constante de los diagnósticos rutinarios, proyectando datos en tonos azulados sobre las consolas. El leve zumbido de los sistemas de soporte vital y de los estabilizadores gravitatorios creaba un fondo sonoro casi hipnótico.
En la consola de mando, una taza de café permanecía firmemente sujeta a una banda adhesiva del panel lateral.
Todo olía a rutina.
El capitán Eliot Miller, de apenas veinticuatro años, apoyaba los codos sobre la consola táctica mientras observaba distraídamente las lecturas del sensor de largo alcance.
Su armadura táctica espacial blanca, adornada con discretos motivos dorados que indicaban su rango de oficial de la Flota, estaba impoluta, como si estuviera preparado para pasar revista en cualquier momento. Era ese tipo de detalle que los oficiales jóvenes cuidaban con excesivo celo.
Su cabello castaño, corto y disciplinado, contrastaba con una mandíbula marcada que le daba un aire decidido. Sin embargo, sus ojos delataban algo más difícil de ocultar: el cansancio silencioso de semanas sin novedad… y la tensión de quien aún no ha tenido que tomar decisiones que pesen sobre la vida de otros.
Había estudiado durante años para estar allí.
Desde muy joven solo había tenido un sueño: alcanzar las estrellas, más allá del contaminado cielo de Londres que apenas dejaba verlas.
Aquel sueño lo había llevado a ingresar en la Academia General Espacial, donde terminó primero de su promoción. También fue el primero de su curso en recibir el mando de un navío… aunque fuera una vieja corbeta de patrulla destinada en los confines del espacio conocido.
Pero estudiar y mandar no eran exactamente lo mismo.
—Informe de situación, sargento Williams —pidió finalmente, con una voz grave que intentaba sonar más segura de lo que él mismo sentía.
La operadora de comunicaciones giró ligeramente su silla.
Era una joven pelirroja, de rostro salpicado de pecas y con el cabello recogido en una trenza desordenada que le caía sobre el hombro de su armadura blanca. Sus dedos se movían con rapidez sobre el panel holográfico mientras revisaba los últimos barridos de sensores.
—Sin novedades, señor —respondió—. Todos los vectores limpios. Ningún tráfico en las últimas setenta y dos horas. Hemos superado el límite del sector del Ojo de Jenkins sin contacto.
Una voz masculina surgió desde la consola de navegación, cargada de aburrimiento:
—Más que el Ojo de Jenkins… estamos en el ojo del culo de la galaxia.
Un par de tripulantes soltaron una risa breve, contenida.
El capitán Miller suspiró para sí mismo con una flema muy británica, pero no amonestó al cabo artillero Mendelssohn.
Bastante dura era ya la aburrida rutina diaria a bordo como para imponer una disciplina asfixiante por pequeñas salidas de tono sin consecuencias.
No pudo evitar pensar que el doctor Harold Jenkins, el famoso astrónomo que había descubierto aquella peculiar acumulación de estrellas en forma circular en el borde de la galaxia, probablemente se revolvería en su tumba si escuchara cómo su tripulación deformaba alegremente su legado científico en una expresión anatómica de dudoso gusto.
Antes de que pudiera responder, una figura apareció en la puerta del puente.
La sargento Thais Montero, líder de la escuadra de Marines Espaciales embarcada, estaba apoyada con despreocupación contra el marco metálico.