Parte I. – Recepción en Kalypso.

La flota terrestre permanece en la órbita del planeta Kalypso.
Han pasado varios días de la desactivación del artefacto Thra-ka.
El tiempo suficiente para estabilizar la nave y que los técnicos confirmaran lo que ya sospechaban y, sobre todo, para que la noticia se extendiera por todo el sistema Kalypso.
Más de cuarenta millones de vidas habían estado al borde de desaparecer.
Y alguien había detenido aquello.
La escuadra Charlie del 1er pelotón de la 3ª compañía del regimiento Atlas del Cuerpo de Marines Espaciales.
La nave Thra-ka todavía huele a metal quemado, ozono y tensión.
Los ingenieros de la Flota Estelar llegan con equipos portátiles, drones de análisis gravitacional y sensores cuánticos.
Torres está sentado en el suelo junto al panel abierto del dispositivo.
Cansados, él y su escuadra llevan varios días yendo y viniendo de la flota terrestre al acorazado alienígena, que ya la conoce como la palma de su mano.
Con la mirada aburrida, observa a la legión de técnicos e ingenieros trabajar sobre el artefacto.
Un comandante técnico revisa los datos.
Silencio.
Luego habla.
—Esto… no puede ser correcto.
Otro ingeniero responde:
—Repítelo.
Vuelven a calcular.
Los números aparecen en la pantalla.
Masa estimada: 4,8 masas solares.
Diámetro del horizonte de sucesos: 20 kilómetros.
El ingeniero mira al teniente Dellas.
—¿Quién hizo el cálculo inicial?
El teniente Dellas señala a Torres.
—Él.
El técnico niega lentamente con la cabeza.
—Esto requeriría al menos seis horas de simulaciones.
Torres responde con voz ronca.
—Tuve treinta segundos.
Silencio.
El comandante técnico termina de revisar los circuitos desactivados.
—No solo lo calculó… —dice finalmente—. Lo hizo sin cometer ni un solo error.
Uno de los ingenieros suelta una pequeña risa nerviosa.
—Si ese artefacto hubiese activado el colapso… Kalypso habría desaparecido.
Moretti murmura desde el fondo:
—Y nosotros con él.
La lanzadera de transporte de tropas descendía lentamente hacia la capital del planeta.
En el compartimento principal, la escuadra Charlie permanecía sentada en silencio.
Sus armaduras tácticas nuevas, recién entregadas por intendencia, brillaban bajo la luz del interior de la nave.
El metal azul oscuro estaba impecable, sin un rasguño, muy lejos del estado en que habían estado las utilizadas para el abordaje.
Kobayashi pasó un dedo por el pecho de su armadura.
—Qué pena… —murmuró—. Está tan nueva que da hasta miedo estrenarla.
Luego, se recolocó por enésima vez la boina azul ladeada hacia la izquierda con la insignia dorada de los Marines Espaciales.
Moretti miró la superficie pulida de su armadura.
—Dale cinco minutos a Volkov.
El gigante eslavo soltó un gruñido divertido.
—Yo trato bien al equipo.
—Sí —dijo Stavros—. Igual que el último lanzagranadas que rompiste.
Volkov no respondió.
Simplemente sonrió.
En la parte delantera del compartimento estaba el almirante Dupont.
El oficial había decidido descender con uniforme de gala.
La impecable casaca blanca inmaculada, con ornamentos, botones e insignias en dorado estaba cargada de condecoraciones que brillaban discretamente con cada movimiento.
Tenía fama en la flota de poseer un fondo de armario sorprendentemente amplio para un militar.
Cuando la lanzadera comenzó la maniobra final de descenso, Dupont se volvió hacia los marines.
—Escuchen un momento.
Todos levantaron la mirada.
—El Departamento de Relaciones Públicas de la Flota Estelar —continuó con tono calmado— y el Gobierno Federal de Kalypso han organizado todo esto.
Moretti murmuró:
—Eso nunca suena bien.
Dupont ignoró el comentario.
—La gente necesita héroes. Y les guste o no… ustedes lo son ahora.
Se hizo un breve silencio.
El almirante añadió con serenidad:
—Después de todo… salvaron más de cuarenta millones de vidas.
Nadie respondió.
Torres se limitó a mirar por la ventanilla.