Parte I -Confidencias.

(Hugo Dupont)
El despacho del almirante Dupont, en la base militar de Épsilon Prime, estaba en silencio.
Un silencio limpio, ordenado, casi aséptico, como todo lo que rodeaba al Alto Mando de la Flota Estelar.
La puerta se abrió con un leve siseo.
—Almirante —saludó el teniente Dellas, firme.
—Señor —añadió el sargento mayor Torres, con un asentimiento respetuoso.
Dupont alzó la vista desde su elegante escritorio.
Vestía su impecable uniforme blanco, cruzado por insignias doradas que captaban la luz ambiental con precisión casi ofensiva.
Los dos marines llevaban sus uniformes de servicio de tela azul y la boina ladeada hacia la derecha, con el emblema dorado de los Marines Espaciales brillando en ella.
Durante un segundo los observó en silencio… y luego sonrió.
—Descansen, por favor. Siéntanse, esto no es un consejo de guerra.
Ambos relajaron ligeramente la postura, ocupando las dos cómodas sillas frente al escritorio de su superior.
—Sargento mayor Torres… —continuó despacio—. Enhorabuena por el ascenso. Lo de Kalypso… lo del Armageddon lo merecía.
Torres inclinó la cabeza.
—Solo hicimos nuestro trabajo, señor.
—Claro —replicó Dupont con una media sonrisa—. Y algunos lo hacen mejor que otros.
Se acercó a un mueble lateral.
De su interior extrajo una botella de vidrio oscuro, elegante, ostentosa.
—¿Whisky?
Dellas alzó una ceja, sorprendido.
Torres dudó una fracción de segundo.
—Será un honor, señor.
—Eso me gusta. Hombres con criterio. ¿Hielo?
Los dos marines asistieron con la cabeza.
Sirvió dos vasos generosos y un tercero para sí mismo con una piedra de hielo en cada uno.
El líquido ámbar brilló bajo la luz del despacho.
—Regalo de un senador federal —dijo, con tono casual mientras les tendía los vasos—. Un hombre… insistente.
Dellas esbozó una leve sonrisa.
—¿Consiguió lo que quería, señor?
Dupont soltó una pequeña risa seca.
—En absoluto. Intentó influir en la adjudicación de unos propulsores de salto para la flota. Muy sutil… dentro de lo que cabe.
Torres dio un pequeño sorbo, apreciando el sabor.
—Y ahora está en prisión —aventuró.
—Exacto —asintió Dupont, alzando su vaso—. Corrupción. Mala praxis. Y, sobre todo, mala suerte por cruzarse en mi camino.
Bebió con calma, saboreando.
—Los propulsores se adjudicaron a otro proveedor. Mucho mejor, por cierto. Así que… —Miró el whisky con cierta satisfacción—. Este regalo me sabe el doble de bien.
Los tres compartieron una breve risa.
El ambiente se distendió por completo.
Recordaba al día de pesca que habían disfrutado juntos los tres en Kalypso
Dupont dejó el vaso y volvió a su mesa, apoyándose ligeramente en ella.
—Pero no os he llamado solo para brindar.
Dellas se tensó apenas.
Torres, en cambio, mantuvo la calma.
—Sargento mayor —continuó el almirante—, hay interés en usted.
Torres frunció el ceño.
—¿Señor?
—El coronel McKenzie de Ingeniería Espacial. El que está trabajando con la nave Thra-Ka capturada en Kalypso. Cree que usted podría ser… útil.
Dellas giró levemente la cabeza hacia Torres, curioso.
—Con el debido respeto, señor —respondió Torres—, no soy ingeniero. Soy soldado.
—Y uno excelente —replicó Dupont sin perder el tono tranquilo—. Pero también estudió Ciencias del Espacio. Precisamente por eso. Necesitan gente que entienda lo que hay ahí fuera… no solo lo que dicen los manuales.
Torres negó despacio.
—Mi sitio está con la escuadra Charlie.
Hubo un breve silencio. Dupont lo observó con atención, sin presionar… todavía.
—Lo sé —dijo finalmente—. Y no le estoy pidiendo que la abandone.
Torres levantó la vista.
—Solo que colabore de forma ocasional. Formación. Evaluación de campo. Nada que le aleje de los tuyos más de lo necesario.
Dellas intervino, con media sonrisa.
—Suena a que te están abriendo una puerta, Torres.
—O varias —añadió Dupont—. No sea miope.
Torres apretó ligeramente la mandíbula.
—No busco despacho, señor.
El almirante dejó escapar un leve suspiro, divertido.
—Ni yo se lo estoy ofreciendo. Aún.