Parte I.- Planificación.

El despacho quedó en silencio cuando el gobernador dejó de lado las formalidades.
Sir Edmund Hawthorne ya no sonreía.
Había cambiado el tono.
Y eso, en un hombre como él, era más elocuente que cualquier palabra.
Era la cabeza de la aristocrática familia Hawthorne.
Una de las primeras familias pioneras que descubrieron y colonizaron Kalypso.
Posiblemente, la mayor fortuna del planeta.
La casa Hawthorne tenía múltiples propiedades por todo el planeta relacionadas con la industria alimentaria.
Granjas, explotaciones ganaderas e industrias de transformación, envasado y comercialización de productos agrícolas.
Sus ancestros habían luchado por hacer de este planeta un paraíso.
Docenas de miles de personas dependían directamente de las decisiones empresariales de Sir Edmund Hawthorne.
Este se acercó lentamente al mapa estelar, pero no lo activó.
Habló de espaldas.
—Kalypso siempre ha sido así.
Un gesto leve hacia los ventanales.
El mar.
Los jardines.
La calma.
—Esto… —continuó— no es casualidad. Es el resultado de generaciones enteras tomando decisiones difíciles. Equilibrando naturaleza y recursos.
Se giró.
Su mirada recorrió a los componentes de la escuadra.
—Y ahora hay quienes quieren cambiarlo todo.
Una pausa.
—Políticos… magnates… gente con poder.
Dellas frunció ligeramente el ceño.
Torres no se movió.
Dupont permanecía inmóvil, observando.
—Quieren relajar las leyes medioambientales. Explotar recursos sin límite. Eliminar controles. —Su voz se endureció—. Traer mano de obra masiva… sin derechos. Sin condiciones. Sin dignidad.
El silencio pesó más.
—Convertir Kalypso en algo que nunca ha sido.
Miró a Dupont directamente.
—Un negocio…
La palabra quedó suspendida.
—Son minoría… —añadió—, pero están creciendo. Y rápido.
Se acercó un paso más.
—Y no quieren la base de la Flota Estelar.
Torres habló por primera vez.
—Testigos incómodos.
—Exacto.
Hawthorne asintió.
—La presencia de la Federación Terrestre… limita lo que pueden hacer. Demasiados ojos. Demasiada supervisión.
Dupont cruzó lentamente las manos a la espalda.
—¿Thra-Ka?
El gobernador sostuvo su mirada.
—Creo que hay financiación de ellos.
Una pausa.
—Pero no tengo pruebas.
Dellas soltó el aire despacio.
—Entonces no puede actuar abiertamente.
—No aún.
Hawthorne caminó despacio por la sala.
—Los tenemos monitorizados. Sabemos quiénes son. Donde se mueven. Cómo operan.
Se detuvo.
—Pero tras el incidente del Armageddon… —Miró a la escuadra—. La opinión pública está de nuestro lado.
Dupont entrecerró ligeramente los ojos.
—Están contra las cuerdas. Y eso los hace peligrosos.