Parte I.- Cerberos.

El puente del buque insignia estaba impregnado de una calma tensa.
El contralmirante Delacroix estaba en el puente de mando de la fragata Centinela, de clase Delfín, la nave insignia del Grupo de Combate Cerberos de la 3.ª Flota Estelar.
El espacio se extendía ante él, profundo e interminable, y por un instante se dejó llevar por la quietud.
Los reflejos de las estrellas danzaban sobre el casco de la fragata y los paneles de control, pero su mente estaba en otro lugar.
Se permitió un instante de ensimismamiento, dejando que los recuerdos vinieran por sí solos.
Recordó la base Épsilon Prime de la Flota Estelar, la sensación del metal frío bajo sus pies y la vibración de la energía de la estación espacial.
Épsilon Prime no era un mundo que llamara la atención por su belleza, sino por su utilidad.
Un planeta de clima templado, estable, con estaciones suaves y cielos casi siempre despejados, como si incluso su atmósfera hubiera sido diseñada para no interferir con lo importante: el tránsito constante de naves que lo convertía en uno de los nodos estratégicos más relevantes de la Federación.
Situado en un cruce natural de rutas estelares, Épsilon Prime era paso obligado entre sectores clave.
Desde allí partían corredores hacia Kalypso, hacia Iridon y hacia múltiples sistemas fronterizos donde la presencia humana aún se estaba consolidando.
No era solo un punto en el mapa… era una intersección viva, un flujo constante de trayectorias, comercio, patrullas y despliegues militares.
Desde órbita, el planeta mostraba continentes bien definidos, mares extensos y ciudades que no crecían al azar, sino siguiendo patrones funcionales.
No había lugar para la improvisación.
Cada núcleo urbano estaba vinculado a la industria que sostenía el verdadero propósito del mundo: la navegación espacial.
Épsilon Prime era, ante todo, un planeta industrial especializado.
Sus complejos de ingeniería, dispersos en amplias zonas continentales, trabajaban sin descanso en la fabricación, mantenimiento y modernización de sistemas de propulsión, sensores, comunicaciones y armamento naval.
Las factorías no eran caóticas; eran precisas, silenciosamente eficientes, como si el planeta entero respirara al ritmo de la flota.
Pero el verdadero corazón de Épsilon Prime no estaba en su superficie.
Estaba en su megabase planetaria.
Una extensión colosal de instalaciones militares que cubrían miles de kilómetros cuadrados.
Cuarteles perfectamente organizados, campos de instrucción donde escuadras enteras de Marines Espaciales entrenaban en condiciones simuladas de gravedad variable, atmósferas hostiles y combate urbano o cerrado.
Campos de tiro que se extendían hasta el horizonte, donde el eco de las armas se perdía en la distancia.
Allí, la intendencia y la logística alcanzaban niveles casi quirúrgicos.
Almacenes gigantescos, organizados por sectores, donde se acumulaban municiones, suministros, piezas de repuesto y equipamiento táctico.
Todo clasificado, todo localizado, todo listo para ser enviado en cuestión de minutos a cualquier punto de la galaxia donde hiciera falta.
Nada en Épsilon Prime estaba de más.
Nada faltaba.
Sin embargo, incluso esa vasta infraestructura terrestre quedaba empequeñecida por lo que orbitaba sobre el planeta.
A una distancia aproximada de treinta y seis mil kilómetros, en una órbita geoestacionaria perfectamente calculada, se encontraba el mayor orgullo de la Federación fuera de la Tierra: el puerto espacial orbital de Épsilon Prime.
No era una estación espacial cualquiera.
Era una ciudad en órbita.
Un anillo principal de varios cientos de kilómetros de diámetro rodeaba el planeta, del que partían brazos estructurales que se extendían como tentáculos hacia el vacío.
En ellos se distribuían bahías de atraque, donde corbetas, fragatas, destructores, cruceros, acorazados y naves de transporte encontraban amarre seguro; dársenas de mantenimiento, donde equipos técnicos trabajaban sin descanso sobre cascos dañados o sistemas desgastados; y astilleros orbitales, donde nuevas naves tomaban forma, ensambladas pieza a pieza en gravedad cero.
Las luces de la estación nunca se apagaban.
Miles de puntos brillantes marcaban la actividad constante: lanzaderas entrando y saliendo, drones de mantenimiento desplazándose entre estructuras, cargueros acoplándose para transferir suministros.
Era un ecosistema mecánico en perpetuo movimiento.
Los almacenes orbitales, suspendidos en módulos, almacenaban recursos críticos: combustible, armamento pesado, material de reemplazo.
Desde allí, cualquier grupo de combate podía ser reabastecido en cuestión de horas.
Todo estaba conectado por corredores presurizados, sistemas de transporte interno y enlaces de datos que permitían coordinación instantánea entre superficie y órbita.