Parte I. – Terraformación.

Planeta Theros, Sector Ridiano, Borde Exterior de la Federación Terrestre
A millones de kilómetros de las rutas comerciales principales, más allá del alcance regular de las patrullas de la Flota Estelar Terrestre, el Sistema Ridiano parecía condenado al olvido.
Sus mundos interiores eran poco más que rocas calcinadas, sus lunas exteriores, hielo muerto y polvo cósmico.
Solo un planeta, Theros, había sido rescatado del vacío y transformado por la mano humana.
Durante siglos, el Sistema Ridiano fue solo un nombre olvidado en los mapas estelares.
Un conjunto de rocas sin valor, sin vida ni propósito. Hasta que, hace poco más de trescientos años, un informe de prospección de una sonda automática detectó una anomalía: Theros, tercer planeta del sistema, poseía una rotación estable, gravedad terrestre y una composición atmosférica primitiva aunque prometedora, todavía letal.
El resto era polvo, hielo y vacío.
En un acto que muchos llamaron una locura presupuestaria, el Senado de la Federación aprobó un proyecto piloto de terraformación rural en Theros.
No sería una colonia minera, ni una base militar, ni una estación científica.
Theros sería un planeta agrícola, diseñado desde el barro para alimentar las rutas marginales del Borde Exterior.
Una granja planetaria.
Un proyecto pionero que si tenía éxito abría la puerta para múltiples planetas en la galaxia y transformarlos de áridas rocas estériles a prometedores hogares de la humanidad.
Durante décadas, cientos de drones posicionaron en la superficie reactores atmosféricos, sembraron bacterias nitrificantes en los suelos, fundieron los polos para formar océanos interiores, y implantaron algas genéticamente modificadas en mares recién nacidos.
El resultado fue lento, costoso, pero extraordinario. Donde antes había roca yerma, ahora había campos ondulantes, valles verdes y una atmósfera respirable.

Los primeros colonos pioneros llegaron desde la misma Tierra.
Agricultores, ingenieros hidropónicos, familias numerosas con sueños imposibles y exiliados voluntarios de un mundo saturado, contaminado, gris.
Ellos fundaron las primeras colonias-granja: estructuras modulares de acero y hormigón, rodeadas de sembrados de trigo, maíz, legumbres, e incluso frutales que daban cosechas varias veces al año.
Las granjas coloniales no eran simples haciendas, sino fortalezas autosuficientes.
Cada una contaba con su propia central energética solar, aeródromo, depósitos de agua subterráneos, escuelas, clínicas, talleres, sus vehículos de transporte y carga eran blindados.
Sus recintos, estaban rodeados por altos muros y torretas armadas defensivas automatizadas para ahuyentar carroñeros o bestias mutadas.
Los colonos de Theros aprendieron rápido que, en el Borde Exterior, nada era permanente salvo el peligro.
Pero no les detuvo.
La gente de Theros vivía de la tierra, con las manos callosas y el rifle siempre al alcance de la puerta.
No era solo por los bandidos —que los había—, ni por esa maldad que el ser humano arrastra consigo incluso entre las estrellas.
Tampoco únicamente por los conflictos entre colonias-granja, que en más de una ocasión habían terminado a disparos.
Era, también, por las fieras.
Criaturas surgidas en los bosques de terraformación, donde el proceso había dejado más de un cabo suelto en la evolución.
Bestias que no deberían existir… pero existían.
Y, por encima de todo, era por lo desconocido.
Porque en los márgenes de la galaxia, incluso los mundos más tranquilos pueden ocultar pesadillas.
Y no hay nada más tranquilizador que el peso de un buen arma en tus manos.
Hoy, tres siglos después, Theros es el único planeta agrícola completamente autosuficiente alimentariamente en el Borde Exterior.
Theros es el granero de la Federación.
No depende de cargamentos, ni de asistencia exterior y produce mucho más de lo que consume, exportando a la Federación Terrestre, haciendo que los colonos disfruten de un alto nivel de vida, pese a la dureza de su trabajo.
Theros es un milagro de la terraformación.
Donde antes había desiertos áridos, ahora crecen cereales que susurraban al viento; los valles están regados por canales artificiales, y los grandes generadores atmosféricos han hecho del cielo un azul profundo.
Un paraíso ganado a pulso, sembrado por generaciones de colonos que nunca habían esperado ayuda del exterior.
Parte II. – Nova Frontis.
La ciudad-capital, Nova Frontis era un núcleo administrativo rodeado de hangares civiles oxidados, instalaciones de grandes empresas comerciales de la Federación, inmensos almacenes y silos agrícolas, torres de comunicaciones, era poco más que un punto en el mapa.