Parte I - El Suburbano.
Quishpe apartó una rejilla oxidada.
Al otro lado, se abría un espacio amplio: raíl, túnel del suburbano.
Dellas miró a Quishpe.
Asintió.
—Buen trabajo.
El andino no respondió.
Simplemente avanzó, como si toda la confusión anterior no hubiera existido.
El túnel del suburbano se tragó sus voces.
El aire era distinto allí abajo.
Más frío.
Más seco.
Con ese eco metálico que convertía cada paso en algo más grande de lo que era.
Las botas resonaban sobre el hormigón, marcando un ritmo constante.
Casi hipnótico.
Torres alzó una mano.
—Reducid ruido.
El pelotón se compactó instintivamente.
Formación cerrada.
Armas listas.
Stavros avanzaba pegado a la pared, golpeando suavemente su equipo.
—Sigo sin señal —murmuró—. Esto es un agujero muerto.
—Perfecto —susurró Dellas—. Justo lo que necesitábamos.
A lo lejos, el túnel se perdía en una oscuridad más densa.
Las luces de emergencia, escasas y parpadeantes, apenas dibujaban siluetas: columnas, cables colgantes, restos de carteles arrancados.
Un viejo vagón descarrilado aparecía a un lado, abierto como una lata.
Quemado.
Silva lo señaló con la barbilla.
—Esto no lleva abandonado tanto tiempo.

Quishpe ni se detuvo.
Siguió avanzando.
Siempre un paso por delante.
Siempre sabiendo hacia dónde.
El grupo pasó junto al vagón en silencio.
Nadie dijo nada, pero todos lo pensaron:
Alguien había estado allí.
Y no hacía mucho.
Volkov frunció el ceño.
—Huele distinto.
—¿Distinto cómo? —preguntó Chevalier en voz baja.
El ruso aspiró despacio.
—Gente.
Eso hizo que todos tensaran un poco más el cuerpo.
Torres intercambió una mirada con Dellas.
—Ojos abiertos.

La marcha continuó.
El eco cambió.
Sutil, pero evidente.
Ya no era solo el de sus pasos.
Había algo más.
Un murmullo lejano…
Difuso…
Intermitente.
Como viento.
O como voces.
Stavros levantó la cabeza.
—¿Lo oís?
Nadie respondió.
Porque todos lo oían.
Quishpe redujo el ritmo.
Levantó la mano.
Alto.
El pelotón se detuvo al instante.
El silencio se hizo pesado.
Y entonces…
Un sonido.
Metálico.
Un golpe suave.
Luego otro.
Y algo que no encajaba en absoluto en aquel entorno:
Un llanto.
Bajo.
Contenido.
Pero inconfundible.
Moretti tragó saliva.
—Eso… no es bueno.

Torres negó levemente.
—No necesariamente.
Dellas avanzó un paso.
—Formación de combate.
Armas cargadas, seguros quitados.
Sin hacer ruido.
Avanzaron los últimos metros con una tensión distinta.
No era la del combate.
Era… incertidumbre.
Algo no cuadraba.
El túnel giraba ligeramente hacia la derecha.
La luz aumentaba apenas, suficiente para dibujar sombras más definidas al fondo.
Quishpe se adelantó un paso más.
Se asomó.
Y se quedó quieto.
Un segundo.