Parte I – Despedida.
El capitán Raúl Ortega no era un hombre de palabras.
Era un hombre de acción.
Se sentía más cómodo con un arma en la mano, asaltando una nave alienígena, que con la tarea que ahora tenía por delante.
Debía despedir a sus compañeros caídos en combate.
A los hombres y mujeres que habían asaltado el crucero pesado Kurgan.
Lo tomaron… pero a un precio brutal.
De los doscientos ochenta y ocho marines que entraron en la nave, setenta y cuatro murieron.
Otros treinta y tres yacían heridos, algunos de gravedad, ingresados en las clínicas de las fragatas.
Alguien tenía que quedarse en el puesto de mando.
Alguien tenía que tomar decisiones… las decisiones difíciles.
Él lo había hecho.
Y aun así… no se sentía bien.
De cada marine caído.
Conocía sus nombres, sus historias, sus deseos.
Ahora… todos ellos y ellas reposaban en el hangar de lanzaderas de la fragata Centinela, dentro de bolsas negras herméticas, cubiertos por la bandera del Cuerpo de Marines Espaciales.
Llamaron a la puerta de su camarote.
Ortega no respondió de inmediato.
Sabía quién era.
La puerta se abrió.
El contralmirante Delacroix.
Había tenido la deferencia de ir a buscarle personalmente, para acompañarlo al hangar.
Los tres capitanes de las fragatas le esperaban en el pasillo.
No hubo palabras.
No hacían falta.
Delacroix se acercó y le dio un par de palmadas firmes en el hombro.
Comprensión, respeto, solidaridad.
Ortega asintió levemente.
Era la hora.

El hangar quedó envuelto en un silencio denso, casi irreal, roto solo por el zumbido constante de los sistemas de la fragata Centinela.
El brillo frío del metal, el olor tenue a ozono… y ese silencio que no era vacío, sino peso.
Las luces blancas se reflejaban sobre las bolsas herméticas alineadas con precisión, cada una cubierta por una bandera.
Algunas telas de las banderas apenas se movían, agitadas por la ventilación del hangar.
Cada una, un recordatorio silencioso de que se había dado todo por la misión.
Cada una… una historia detenida.
Respiró hondo, el aire sabía a metal y a combustible.
Avanzó despacio hacia la formación de marines supervivientes acompañado por los mandos de la Flota Estelar.
Las botas resonaban secas sobre el suelo del hangar, marcando cada paso.
Nadie se movía, nadie hablaba.
El capitán Raúl Ortega no se detuvo hasta colocarse frente a los suyos.
Aquellos que habían luchado hasta la victoria.
Durante unos segundos no habló.
Solo miró.
Un marine en segunda fila tragó saliva.
Otro mantenía la mandíbula tan tensa que le temblaba.
Más atrás, alguien apretaba con fuerza un arma entre los dedos.
El hangar permanecía inmóvil.
Filas perfectas de cuerpos en bolsas negras cubiertos por banderas.
El capitán Ortega no llevaba un discurso escrito.
Ni siquiera algo memorizado.
No era ese tipo de hombre.
Se quedó unos segundos en silencio, sintiendo el peso de todas las miradas… y de todo lo que había pasado.
Dejó que el torbellino de pensamientos y emociones, aún sin ordenar, encontrara salida por su propia voz.
Sin filtros, sin adornos.
Porque no iba a traicionar el recuerdo de los suyos…
Con palabras vacías.
—La muerte no es el final —comenzó, con voz grave, reverberando entre las paredes metálicas.
Su voz se expandió, chocando contra el acero y volviendo cargada de eco.
—Quedan recuerdos… quedan señales.
—El sacrificio es el precio de ser valiente.
—De querer ser inmortal.
—No hay balanza que pueda medir el fuego en el alma… ni el ansia de seguir.
Pausa.
Un leve parpadeo de las luces.
El zumbido de la nave, constante, casi como una respiración.
—Nuestras lágrimas caen como un diluvio de cristal, pero en cada una vive un ideal.
—El tiempo se quiebra… pero no se va.
—Las estrellas caerán, y aun así, en el abismo, hay melodías que solo los que enfrentaron la muerte pudieron escuchar.
Su voz se tensó, como el acero bajo presión.