Parte IV – Reencuentros.
El saco de entrenamiento oscilaba con violencia.
Golpe tras golpe.
Seco.
Rítmico.
Sin concesiones.
Arellano no estaba calentando.
Estaba descargando.
Puños, codos, rodillas… cada impacto arrancaba un sonido sordo que retumbaba en el gimnasio del Cuerpo de Marines Espaciales.
El sudor le recorría la espalda.
La respiración, controlada… pero al límite.
Otro golpe.
Más fuerte.
El saco se desplazó más de la cuenta.
—En la cantina decían que había una bella diosa de la guerra de rubios cabellos, entrenando aquí todos los días como una posesa…
La voz le llegó por detrás.
Familiar.
—… Pero quién iba a decir que era nuestra Guerrera Eterna.
Arellano se quedó inmóvil.
El saco siguió balanceándose unos segundos más.
Se giró.
Y los vio.

Williams.
Levy.
Un segundo de silencio.
Williams, enorme, sonrisa abierta, esa presencia imposible de ignorar.
Afroamericano de Nueva Orleans de eterna sonrisa, como siempre lo recordaba.
Un muro de músculos… con buen corazón. Magnífico artillero naval de lanzadera de la Centinela.

El sargento piloto de lanzadera Levy.
Bajo, rubio, fibroso.
Sus ojos azules siempre en movimiento… como si nunca bajara del todo la guardia, más tenso, más eléctrico, como si nunca se apagara del todo.
Asignado a la Centinela.
—Joder… —murmuró ella.
Se acercaron.
El abrazo fue inmediato, fuerte, real, sin palabras.
Cuando se separaron, Arellano los recorrió con la mirada.
—¿Dónde os habéis metido? —preguntó—. No os he visto en todo este tiempo.
Williams soltó una risa corta.
—Estábamos ocupados intentando no morir, sección de quemados.
Levy añadió, con media sonrisa:
—Y pasando por el taller.
Arellano frunció el ceño.
Williams levantó la mano derecha.
La piel, demasiado clara.
Irregular.
Quemaduras de tercer grado.
Arellano no apartó la mirada.
Levy alzó la camiseta lo justo para mostrar el costado.
—Yo tampoco salí bien parado.
Señaló luego su pierna.
—Aquí también.
—Explosión de material combustible.
Silencio.
—¿Qué hicisteis…? —preguntó ella, más bajo.
Levy se encogió de hombros.
—Cuando vuestro pelotón estaba desbordado… alguien tenía que cubriros.

Williams dejó escapar una pequeña risa.
—No soy marine… pero sé disparar.
—Y bien —añadió Levy.
—Salimos con vosotros.
—Sin pensarlo, fusil de asalto en mano.
Arellano los miró.
De verdad.
—Idiotas… —dijo.
Pero había algo distinto en su voz.
Algo más cercano a gratitud que a reproche.
Williams sonrió.
—Sí. Pero vivos.
Levy asintió.
—Y tú también.
Arellano sostuvo sus miradas un segundo más.
Luego giró ligeramente la cabeza hacia el saco.
Después volvió a mirarlos.
Una chispa distinta en los ojos.
—Id a por unos guantes.
Williams arqueó una ceja.
Levy sonrió, ya intuyendo por dónde iba.
—Porque esta vez… —añadió Eva, adoptando la guardia— no va a ser el saco el que reciba los golpes.
Williams soltó una carcajada.
—Eso quería oír.
Levy ya iba hacia el banco.
El saco seguía balanceándose.
Pero ahora… el entrenamiento acababa de empezar de verdad
Después de echar unos guantes, los tres acabaron sudados, jadeando… y con alguna que otra marca nueva.