Parte I - Reubicación.
La contralmirante Aurora Boreal De la Cruz no alzaba la voz.
Nunca lo hacía cuando estaba realmente enfadada.
—Hora estándar.
El oficial de comunicaciones tragó saliva antes de responder.
—02:57… señora.
Tres minutos.
El Grupo de Combate Fénix tenía asignado punto de reunión a las 03:00.
El crucero pesado Atlantis, de clase Orca, los destructores Aquila y Typhon, de clase Tiburón, las fragatas gemelas Eos y Selene, ambas de clase Delfín.
Todos de la generación Océano, lo más avanzado de la tecnología bélica terrestre.
Los navíos estaban ya en vector… todos menos uno.
El Aquila.
Un destructor de clase Tiburón.
El buque del capitán de navío Marcus Telar.
Aurora no apartó la vista del mapa táctico.
Los vectores de salto dibujaban líneas limpias, precisas… excepto el hueco evidente donde debería estar Telar.
Un vacío.
—¿Confirmación de hipertránsito?
—Negativo, señora. No hay firma de salto registrada.
Eso sí le dolió.
No el retraso.
No la desobediencia.
La ausencia.
Aurora entrelazó las manos a la espalda.
Alta, imponente, la luz fría del puente recortaba su silueta con dureza.
Era una mujer atractiva, voluptuosa, rotunda en formas.
La llamaban “La Esfinge de Ébano”.

Casi cincuenta años y aún consciente del efecto que causaba… pero hacía mucho que eso dejó de importarle.
El mando no se gana con belleza.
Se gana sobreviviendo.
Y ella había sobrevivido a todo.
A ser mujer.
A ser negra.
A venir de donde venía.
Altair.
Colonias de trabajo.
Nada regalado.
De familia trabajadora, humilde, sencilla.
Cada ascenso fue una pelea.
Cada galón, una discusión.
Cada orden, puesta en duda por alguien que creía saber más… o simplemente creía que ella debía saber menos.
Hasta que dejó de discutir.
Y empezó a demostrar.
Solo el trabajo duro.
El trabajo bien hecho.
Un recuerdo cruzó su mente sin permiso.
Un despacho amplio, demasiado elegante.
Un uniforme impecable.
Y una mirada que no juzgaba, sopesaba.
El almirante Dupont.

Todo en él era lo opuesto: apellido, cuna, mundo, dinero, relaciones… y aun así, fue el primero en verla como lo que era.
No un riesgo.
No una concesión.
Un activo.
—Eres un diamante en bruto — le dijo Dupont, sin vergüenza ninguna, en su misma cara.
Le ofreció confianza, le ofreció cargo, le ofreció responsabilidades.
Aurora esbozó una sonrisa mínima, casi invisible, pensando en Dupont.
—“Mi blanquito guapo …”