Guerreros del Vacío.

Capítulo 17.- Operación Tormenta Helada I.

Parte I – La Presidenta.

El despacho del almirante Hugo Dupont era un oasis de calma en medio del monstruo de acero y titanio que era el acorazado Europa.

Las luces estaban atenuadas, cálidas, lejos del brillo frío de los puentes de mando y los CIC, Centros de Información de Combate, donde docenas de oficiales trabajaban sin descanso preparando la ofensiva.

A través del enorme ventanal blindado, Theros ocupaba media visión: un mundo verde azulado rodeado por docenas de naves de guerra, cargueros, transportes orbitales y plataformas de desembarco.

La Tercera Flota Estelar estaba allí.

Completa.

Una concentración de poder militar tan brutal que habría hecho temblar a cualquier potencia humana de siglos anteriores.

Cruceros pesados, porta cazas, destructores, fragatas, naves de transporte logístico… kilómetros de metal suspendidos en el vacío aguardando una sola orden.

La mayor ofensiva espacial desde que el hombre abandonó la Tierra.

Y Hugo Dupont sonreía.

No por orgullo.

No exactamente.

Era otra cosa.

Ansia.

Hambre.

El cosquilleo eléctrico que recorría su cuerpo cada vez que la guerra estaba cerca.

Otros hombres sentían el peso de la responsabilidad; él sentía claridad.

En combate todo era sencillo.

Objetivos.

Decisiones.

Victoria o derrota.

Nada de senadores.

Nada de periodistas.

Nada de funcionarios federales.

Nada de políticos.

El almirante se levantó lentamente de su sillón y caminó hacia el pequeño mueble bar empotrado en la pared.

Abrió una botella de whisky escocés envejecido cuarenta años en barricas de roble americano.

Una rareza.

Un lujo absurdo transportado desde la Tierra a través de media galaxia únicamente para satisfacer gustos de oficiales, altos funcionarios y multimillonarios.

Él podía permitírselo.

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Se sirvió una medida generosa.

Después dejó caer una piedra de hielo dentro del vaso.

El leve clack resonó en el silencio del despacho.

—Al menos algo bueno sigue viniendo de la Tierra… —murmuró.

Dio un trago lento mientras observaba el planeta.

La humanidad había cambiado de escala, pero no de naturaleza.

El ser humano cambia en las formas, no en su esencia, reflexionó Dupont.

La Federación Terrestre gobernaba miles de millones de personas repartidas entre la Tierra, Marte y decenas de colonias.

La vieja humanidad había desaparecido siglos atrás, después de la Unificación, pero sus vicios seguían intactos.

La Tierra y Marte —el primer mundo terraformado— continuaban siendo el corazón económico y político de la especie humana.

Los únicos planetas con atmósfera respirable del Sistema Solar.

Dos mundos sobrepoblados, con sus recursos exprimidos hasta el límite, incapaces ya de contener el crecimiento demográfico.

Por eso la humanidad se expandía.

Colonias mineras.

Mundos agrícolas.

Puestos fronterizos.

Puertos orbitales.

Cada año millones de colonos y pioneros abandonaban el Sistema Solar buscando una vida mejor a través de la galaxia.

Algunos patrocinados por la propia Federación.

Otros financiados por grandes corporaciones.

Y, finalmente, estaban los más precarios: los que hipotecaban su vida entera para marcharse por su cuenta hacia mundos desconocidos.

En el Borde Exterior, donde las condiciones de vida eran las más duras.

Huyendo de la asfixiante regulación de la Federación Terrestre.

Sin la protección de la Flota Estelar.

Ganando libertad, a costa de grandes peligros.

Los desheredados de la Tierra.

Esos colonos eran los que habían sido los masacrados por los Ruthari.

Hasta la batalla de Arcadia.

A los que parecía no importarle a nadie… salvo a Miller.

Dupont sonrió apenas al pensar en el joven capitán de corbeta.

Seguro que Wilson sacaría el tema.

Así como la aparición de una nueva civilización alienígena, los Myrmitones.

Volvió a pensar en los colonos.

Y detrás de ellos siempre llegaban las corporaciones multiplanetarias, las entidades financieras, los funcionarios… y la burocracia.



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En el texto hay: militar, alienigenas, operaespacial

Editado: 02.06.2026

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