Parte I.- Punta de Lanza.
[Superficie del Planeta Theta-7. Sector 4. 1.er Pelotón, 3.ª Compañía, Regimiento Atlas.]
El tanque MKR-7 avanzaba como un dios de acero enfurecido.
Cada impacto de los proyectiles cinéticos de su cañón de pulso electromagnético de gran calibre hacía temblar los restos de la estructura alienígena, arrancando fragmentos de pared como si fueran papel.

La ametralladora frontal barría las posiciones Thra-Ka sin pausa, y el lanzagranadas coaxial manejado por un artillero desde la torreta terminaba de triturar cualquier intento de resistencia que sobreviviera al primer infierno.
Junto al imponente MKR-7 avanzaba un BMR-9, un blindado de transporte de tropas sobre ocho enormes ruedas blindadas.
Más bajo y rápido que el tanque, su casco anguloso estaba cubierto de arañazos, impactos y capas de polvo acumuladas durante meses de campaña.
Sobre el techo giraba una torreta compacta equipada con dos cañones automáticos de pulso electromagnético, similares a los que montaban las lanzaderas Raptor.
Aunque había sido diseñado para transportar marines al combate, el BMR-9 era capaz de repartir una cantidad nada despreciable de destrucción.
Los cañones escupían ráfagas de proyectiles cinéticos contra ventanas, pasarelas y estructuras elevadas ocupadas por los Thra-Ka, arrancando fragmentos de metal y hormigón alienígena mientras acompañaba al MKR-7 en su avance hacia el corazón de Theta-7.

Detrás de ese muro móvil de destrucción, la Escuadra Charlie avanzaba pegada al terreno, respirando polvo, humo y sangre.
Como siempre eran la punta de lanza del 1.er Pelotón de la 3.ª Compañía del Regimiento Atlas.
Abriendo camino.
Rompiendo el frente enemigo.
El teniente Dellas iba al frente, disparando cortas ráfagas mientras se movía entre cobertura mínima.
—¡No dejéis que levanten otra línea de fuego! —ordenó por el canal táctico.
Torres respondió con un gesto seco, ya en movimiento.
A su lado, Kobayashi avanzaba como una sombra pegada a él, cubriéndole cada ángulo.
—Te cubro el flanco izquierdo —dijo ella.
—No necesito ni que me lo digas —gruñó Torres, disparando sin parar.
—Claro que no. Solo lo necesitas cuando estás a punto de morir.
—Eso es muy motivador, sargento mayor —interviene Moretti.
—Trabajo psicológico, Moretti.
Un silbido cruzó el aire.
Moretti se tiró tras una columna medio derruida.
—¡Contacto a las doce! ¡Tres nidos, bien escondidos!
—Veo uno —Stavros ajustó su visor de su tableta táctica —. No… dos. Espera… están encadenados.

La cámara del dron suborbital le da nítidas imágenes de la posición enemiga.
—Entonces los rompemos en cadena —dijo Volkov con calma inquietante.
Volkov dio un paso hacia descubierto, pese a los disparos enemigos.
Ajustó el visor del lanzagranadas, cálculo mentalmente la trayectoria de disparo en parábola.
Levantó el lanzagranadas encarando la mira apoyándolo en el hombro.
—¡Eh! —gritó Moretti—. ¡Eso es malísima idea incluso para ti!
Pero ya había disparado.
Tres impactos parabólicos.
Uno.
Dos.
Tres.
Las granadas explotaron en una secuencia brutal de detonaciones.
Las posiciones Thra-Ka se deshicieron como si nunca hubieran existido.
Fragmentos orgánicos y metal retorcido salieron despedidos por las instalaciones.