Parte I - El hundimiento.
En las profundidades de la fortaleza de Khar-Zhul, a decenas de niveles bajo la superficie devastada del planeta, donde ni los terremotos provocados por los bombardeos orbitales lograban hacer temblar la roca madre, se encontraba el último puesto de mando de las fuerzas imperiales Thra-Ka.

Un búnker construido para sobrevivir al fin del mundo.
Las paredes de aleación negra estaban recorridas por finas líneas de energía verde.
Enormes pantallas tácticas y hologramas tridimensionales proyectaban el estado de la batalla sobre toda la base.
El aire olía a ozono, metal caliente y agotamiento.
Oficiales, operadores y técnicos trabajaban en un silencio casi religioso, roto únicamente por el zumbido de los terminales y el sonido seco de las transmisiones militares.
En el centro de la sala permanecía inmóvil el Barón Saar-Vek Tharok.
Su armadura táctica espacial mostraba desperfectos recientes.
El honor de la Casa Tharok caía pesada sobre sus hombros, cubiertos de polvo y sangre seca.
Su presencia parecía que llenaba la sala.

Apenas hacía unos ciclos solo esperaba terminar su aburrido compromiso militar en la Armada Imperial para dirigir los dominios de su linaje.
Ahora sus ojos reptilianos recorrían los mapas tácticos sin pestañear.
Las noticias que llegaban eran cada vez peores.
En el gran holograma, el verde que representaba a las fuerzas imperiales se contraía lentamente.
El rojo terrestre lo devoraba todo.
Sector tras sector.
Nivel tras nivel.
Una voz resonó desde una consola.
—Cuarto anillo defensivo comprometido.
Otra.
—El 19.º Regimiento de Infantería Imperial informa de un sesenta y ocho por ciento de bajas. Solicitan refuerzos.
Un instante después.
—No hay refuerzos disponibles.
Silencio.
—El arsenal del sector Este comunica que ha agotado toda la munición pesada.
Otra transmisión.
—Hospital de campaña siete. Sin anestésicos... sin plasma... sin material quirúrgico...
Después otra.
—Solicitamos autorización para redistribuir las últimas reservas alimentarias.

Saar-Vek ni siquiera respondió.
No hacía falta.
Ya conocía la respuesta antes de escuchar cada informe.
No quedaba nada que redistribuir.
Los cuatro comandantes supremos que le precedían en la cadena de mando habían muerto.
Tres perecieron durante las primeras horas de la invasión.
Convencidos de que podrían reorganizar la defensa desde la flota atracada en el puerto orbital, embarcaron apresuradamente en sus naves.
Nunca llegaron a despegar.
La artillería terrestre redujo el puerto espacial a un océano de fuego.
Acorazados.
Cruceros.
Destructores.
Cientos de buenos tripulantes.
Todo desapareció bajo el mismo infierno.
El cuarto comandante sobrevivió apenas unas horas más.
Había trasladado el puesto de mando a un complejo subterráneo, convencido de que allí estaría seguro.
Entonces llegó un único misil de antimateria.