Guerreros del Vacio

Capítulo 12.- Infierno Esmeralda I.

Parte I - Recuerdos.

La ceremonia había quedado atrás, con sus discursos, sus galones, sus despachos de destino y sus aplausos medidos.

En Épsilon Prime, todo volvía a su sitio con una precisión casi mecánica.

Pronto empezaría un nuevo curso

La Federación Terrestre necesita engrasar su maquinaria de guerra

Sangre nueva es el mejor lubricante para los engranajes de su orgulloso Cuerpo de Marines Espaciales.

La urbanización de oficiales se extendía ordenada, casi idéntica casa tras casa. Fachadas blancas, tejados de teja oscura, jardines cuidados al milímetro.

Las banderas de la Federación, de la Flota y del Cuerpo de Marines Espaciales ondeaban con disciplina incluso en el viento.

Kane detuvo el vehículo de superficie frente a su vivienda. Negro, sobrio, sin distintivos innecesarios.

El motor se apagó.

El silencio llegó de golpe.

Al bajar, el aire le supo limpio.

Demasiado limpio.

Apenas había cerrado la puerta cuando el pastor alemán apareció desde el lateral del jardín, directo hacia ella.

Kane no pudo evitar una leve curva en los labios.

Se agachó y el animal la embistió con entusiasmo contenido, moviendo la cola con una energía que contrastaba con la quietud del lugar.

—Tranquilo… —murmuró, rascándole detrás de las orejas.

Durante unos minutos, todo fue simple.

Peso, calor, lealtad.

Luego se incorporó.

Cogió la pelota que llevaba el perro en la boca y se la lanzó varias veces.

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—Vamos dentro.

La casa la recibió en silencio.

Ordenada, impersonal, como todas de la urbanización.

Se desnudó con un gesto automático, casi mecánico.

Cada movimiento seguía un patrón aprendido, repetidos cientos de veces. Sin pensar.

En bragas y sujetador, cruzó el salón, el pasillo.

Entró en el baño.

El perro se quedó expectante en la puerta esperando.

El agua de la ducha comenzó a caer con un sonido constante, envolvente.

Se quedó un instante quieto antes de entrar, como si ese breve margen fuera lo único que separaba dos mundos.

Luego dio el paso.

La ropa interior quedó en el suelo.

El vapor empezó a llenar el espacio, difuminando los bordes, borrando las líneas. El calor relajaba los músculos, pero no alcanzaba más allá.

Cuando salió, el espejo estaba empañado.

Kane alzó la mano y trazó una línea sobre el cristal.

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Una franja limpia.

Su reflejo apareció poco a poco.

Se quedó inmóvil.

El cuerpo que la devolvía la mirada no era el de la ceremonia.

No era el uniforme impecable ni la oficial recién graduada.

Cicatrices.

Antiguas, nuevas, superpuestas.

Líneas irregulares que cruzaban la piel como un mapa que solo ella entendía.

Y ese ojo biomecánico de pupila roja brillante que marcaba distancias entre ella y el resto del mundo.

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Valcoria III.

El nombre no era un pensamiento completo. Era un peso.

Un instante detenido entre lo que se hizo… y lo que costó hacerlo.

Sus ojos no se apartaron del reflejo.

No había orgullo limpio.

Ni dolor puro.

Solo la verdad.

Una mujer, una soldado.

Frente a sí misma.

Ya limpia, con el cuerpo aún templado por la ducha, abrió el armario sin pensar demasiado.

Camiseta azul de algodón con el escudo de los Marines Espaciales.

Ropa interior deportiva, cómoda, la de siempre.

Nada de ceremonia ya.

Cruzó la casa descalza hasta la cocina.

La luz del atardecer era más suave allí, más cálida.

Abrió la nevera.

Quedaba un trozo de pizza.

Lo sostuvo un segundo, evaluándolo.

—Pizza recalentada… qué manjar.

La idea le arrancó una media sonrisa torcida.

Un pensamiento fugaz le cruzó por la cabeza.

Solterona.

Tenía treinta y dos años.

Varios pretendientes.




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