Guerreros del Vacio

Capítulo 24 - El Reglamento.

Parte I - El Libro.

El sargento mayor Rubén Torres permanecía tumbado sobre la cama de su pequeño habitáculo de la Base Provisional Expedicionaria de Theta-7.

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El aire acondicionado llevaba días funcionando a medias.

El aparato emitía un zumbido constante, pero el ambiente seguía siendo cálido y pegajoso, con ese bochorno que hacía que hasta respirar resultara incómodo.

Por eso dormía únicamente con los bóxers reglamentarios azul marino del Cuerpo de Marines Espaciales.

Con la espalda apoyada en el cabecero, una pierna flexionada y la otra estirada, sostenía entre las manos un objeto que ya era casi una reliquia.

Un libro.

De papel.

Pasó una página despacio.

El suave roce del papel, el ligero crujido del lomo y aquel inconfundible olor a tinta y celulosa recién impresas le arrancaron una sonrisa involuntaria.

—No hay holograma que iguale esto… —murmuró para sí.

Mientras seguía leyendo, no pudo evitar recordar la cara del cabo de Intendencia unas horas antes.

—¿Un… libro? —preguntó el cabo, convencido de haber oído mal.

—Sí. Un libro.

—¿De papel?

—Exactamente.

El cabo permaneció unos segundos inmóvil.

—Sargento mayor… toda la documentación del Reglamento Operativo, Administrativo y Ético del Cuerpo está disponible en la Red Militar. Puede consultarla desde su tableta personal, la terminal del barracón o incluso mediante búsqueda por voz. El sistema encuentra cualquier artículo en menos de un segundo.

Torres asintió con absoluta tranquilidad.

—Lo sé.

—Entonces… ¿Para qué quiere un libro?

—Porque quiero un libro.

El cabo seguía sin comprender.

—Pero… es muchísimo más lento.

—No tengo prisa.

—Puede hacer anotaciones digitales.

—Prefiero un lápiz.

—Puede ampliar el texto.

—Tengo buena vista.

El joven cabo abrió la boca para insistir, pero desistió.

—Como ordene…

Desapareció unos minutos entre las estanterías del almacén y regresó con un paquete perfectamente sellado al vacío.

—Es el último ejemplar físico que nos queda. Creo que nadie lo ha pedido… nunca.

Torres rompió el embalaje con cuidado.

El característico aroma a papel nuevo inundó el pequeño despacho de Intendencia.

El cabo sonrió.

—Curioso… nunca había olido un libro recién impreso.

Torres también sonrió.

—Yo sí.

Lo que no pensaba contarle era el verdadero motivo.

Las consultas realizadas en la Red Militar dejaban registro.

Hora.

Usuario.

Terminal utilizada.

Artículos consultados.

Tiempo de lectura.

Todo.

Y había determinadas preguntas que prefería que nadie pudiera reconstruir jamás.

Especialmente si algún oficial curioso, un compañero con demasiado tiempo libre… o, peor aún, cierta preciosa marine japonesa de ojos negros terminaba accediendo a ese historial.

Suspiró.

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—Siempre es Kobayashi…

Negó con la cabeza mientras una sonrisa completamente involuntaria aparecía en su rostro.




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