Guía en la tormenta

Uno: Línea recta

13 de Marzo del 2004

23:28 hrs

Cuernavaca, México.

Omnisciente

Las luces fluorescentes de la sala de espera del hospital parpadeaban con un zumbido sordo que, a Mar le taladraba los tímpanos. Llevaban horas ahí.

«Tik tak, tik tak».

​El constante sonido del reloj de pared le causaba cada vez más ansiedad a la chica que caminaba de un lado a otro del pasillo, midiendo el suelo con pasos erráticos mientras esperaba alguna noticia sobre su madre. El tiempo en aquel lugar no se medía en minutos, sino en el peso del silencio.

Clavó los ojos en las manecillas del reloj y juraría que avanzaban hacia atrás; el eco de sus propios zapatos sobre el linóleo pulido era un compás desesperado que amenazaba con romper la poca cordura que le quedaba.

​—¡Por Dios, Mar! ¿Puedes dejar de caminar así? A este paso vas a hacer una zanja en el pasillo —exclamó una chica pelirroja, perdiendo la paciencia con su mejor amiga mientras ella se reacomodaba por milésima vez en la incómoda silla metálica.

​—Bernie, han pasado casi seis horas desde que mamá entró a la sala de partos y nadie sale a decir nada —Imara se pasó las manos por la cabeza con desesperación, enredándose los dedos en su oscuro cabello, revolviéndolo por décima vez—. Dios, me voy a volver loca, Berniece.

​El nerviosismo se le desbordaba por los poros. Con las piernas temblándole, se dejó caer en una de las incómodas bancas metálicas, que chilló bajo su peso protestando contra el suelo de linóleo.

​—Te entiendo, de verdad que sí, querida —Berniece acortó la distancia entre ambas, rodeándole los hombros con un brazo. Su mano apretó con fuerza el hombro de la contraria, buscando sostenerla mientras el eco metálico del hospital y el llanto distante de un bebé flotaban en el aire—. Pero la tía Betty es una roca, Imara, tú mejor que nadie lo sabe. Los partos naturales son largos, cansan, pero no puedes dejar que la cabeza te juegue en contra. No pienses en lo peor antes de tiempo.

​El aire denso de la sala de espera pareció congelarse cuando el crujido de una cerradura magnética rompió el silencio.

​—¿Familiares de Elizabeth Granados Quintero? —anunció un médico, apareciendo tras las puertas dobles de la zona restringida mientras se bajaba el cubrebocas azul al cuello.

​Al ver que Imara se quedaba completamente petrificada, con la mirada fija en la bata del doctor y el temor bloqueándole la garganta, Bernie reaccionó por las dos. Le tomó la mano a su amiga y la puso de pie a jalones.

​—¡Aquí! —dijo la pelirroja con voz firme, dando un paso al frente—. Ella es su hija, Imara Birō Granados — la señaló, pero al notar el rostro pálido de su amiga y la expresión cansada del médico, Berniece soltó una bocanada de aire e intentó romper la tensión con su habitual desparpajo—: Y yo soy Berniece Castro Zamora, la voz de la razón y amiga de la familia. Puede hablar conmigo por el momento, doctor, porque ahora mismo las neuronas de la familiar se fueron de vacaciones por dar tantas vueltas en el pasillo.

El médico ignoró el chiste de la pelirroja con la indiferencia pulida de quien ha visto demasiadas crisis familiares. Ni siquiera parpadeó; simplemente desvió sus ojos cansados, enmarcados por unas profundas ojeras, para centrarse por completo en la hija de la paciente. La luz blanca del pasillo hacía que Imara se viera aún más pálida de lo que ya estaba.

​—¿Se encuentra bien, jovencita? —preguntó el doctor, bajando el tono de voz a uno más humano y profesional. — Su tez es pálida.

​—Oh, sí, sí... —Imara sacudió la cabeza levemente, como si intentara espabilarse de un transe. Se frotó la nuca, donde la tensión muscular se había vuelto un nudo ciego—. Solo que... llevo algunos días sin dormir bien. Entre los exámenes de la universidad, los turnos del trabajo y ahora el parto de mi mamá, siento que voy en piloto automático. Así que ando un poco perdida.

​El médico la observó un segundo en silencio. El murmullo lejano del aire acondicionado y el tintineo de un carrito de medicinas al fondo del pasillo llenaron el espacio mientras él asentía con una mueca de genuina empatía. Los médicos de urgencias conocían de sobra el rostro del agotamiento absoluto.

​—Bien, pero recuerde descansar en cuanto esto termine. Primero siempre debe ser su salud, ¿entendido? Si usted se desmaya, me da el doble de trabajo —añadió con una leve sonrisa cansada, intentando aliviar la rigidez que mantenía los hombros de la chica pegados a las orejas.

Imara asintió con presteza, tragando saliva. Estaba ansiosa por dejar de hablar de sí misma y llegar al grano. El médico suspiró, un gesto pesado que pareció vaciar el poco aire que quedaba en el pasillo, y cruzó las manos frente a su bata.

​—El parto natural de la señora Elizabeth se complicó —empezó a explicar, midiendo cada palabra—. El trabajo de parto se detuvo y el monitor empezó a registrar sufrimiento fetal. Tuvimos que actuar rápido y realizarle una cesárea de emergencia.

​—¿Se complicó? ¿Por qué? —preguntaron ambas al unísono. La voz de Imara salió como un hilo quebradizo, mientras el corazón le daba un vuelco violento en el pecho.

​El médico miró el suelo un segundo antes de sostenerle la mirada a Imara. El zumbido de las luces fluorescentes pareció intensificarse en el silencio que siguió.




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