14 de marzo del 2004
00:12 hrs
Cuernavaca, México.
Omnisciente
Berniece se quedó congelada a mitad del pasillo, sosteniendo el teléfono contra el pecho como si intentara contener los latidos desbocados de su propio corazón. El aire de la planta alta del Hospital General apestaba a antiséptico y a una desesperación silenciosa. La transformación de Mar era aterradora pero extrañamente magnética; ya no quedaba rastro de la chica rota a la que acababa de ver petrificada junto a la camilla.
La pelirroja aún sentía el eco del terror en la boca del estómago. Recordaba cómo los dedos de la madre de Mar habían cedido, laxos, y cómo el pitido rítmico del monitor se había convertido en un zumbido agudo, lineal y estridente. Ese maldito sonido había sumergido a su amiga bajo agua profunda, ensordeciéndola ante el caos de las batas blancas que empujaban el carrito de paro y el chasquido metálico de los desfibriladores. Pero ahora, esa parálisis y el llanto mudo se habían esfumado. Los ojos claros de Mar ya no miraban hacia los cristales de la UCIN, donde el bebé luchaba solo entre alarmas en ese mismo pasillo; ahora reflejaban la fijeza de un depredador que ha localizado el rastro de su presa.
—Mar, espérame —pidió Berniece, soltando el aire de golpe.
Apresuró el paso, esquivando a un enfermero que empujaba un soporte de suero, para no perderla de vista. Mar avanzaba a zancadas firmes, ignorando el eco de sus propios pasos en las paredes de linóleo, directo hacia las escaleras de emergencia. No iba a esperar el ascensor. Berniece la siguió mientras Mar abría la puerta metálica de golpe y comenzaba a descender los tres pisos casi al trote, con los puños cerrados y los hombros tensos.
—Mi papá ya viene en camino, debe de estar a medio camino —insistió la pecosa, bajando los escalones a trompicones para no quedarse atrás—. Ir solas allá es... una locura, Imara.
—No vamos a ir solas, Berniece. Tu papá nos va a alcanzar allá —la interrumpió sin disminuir el ritmo.
Cruzaron el descanso del primer piso y, dos segundos después, Mar ya estaba empujando con violencia las pesadas puertas dobles de la salida principal en la planta baja. El aire gélido de la noche de marzo las golpeó de lleno, un viento seco y cortante que se colaba por la ropa y calaba hasta los huesos. Ninguna pareció notarlo. Mar continuó bajando las escaleras exteriores sin un solo titubeo.
—Si esperamos a que llegue, a que hablemos, a que nos lamentemos y nos digan qué hacer... les daremos tiempo —soltó Mar, la voz quebrada por la rabia pero firme como el acero—. Tiempo de borrar lo que sea que estén escondiendo en el Roma. Nos mintieron en la cara una vez, Bernie. No voy a dejar que lo hagan de nuevo.
Castro asimiló las palabras de su amiga mientras sus zapatos resonaban con prisa contra el concreto frío de la acera. El pánico le entorpecía los movimientos, pero la determinación de Mar era contagiosa, casi hipnótica. Con los dedos rápidos y temblorosos por la adrenalina, desbloqueó la pantalla del celular. La luz azul iluminó su rostro tenso mientras volvía a marcar. El tono de llamada apenas sonó una vez antes de que respondieron.
—¿Papá? Cambió el plan. No entren al General. Mar quiere ir directamente al Roma... ¡Sí, ya lo sé, papá, pero no la voy a dejar sola! —gritó Berniece, alzando la voz contra el silbido del viento y el ruido del tráfico—. Nos vemos en la entrada principal de allá. Por favor, apúrense.
Al colgar, Berniece se lanzó casi a la mitad de la calle y estiró el brazo para detener el primer taxi que vio aproximarse, ignorando el claxon de otro auto. Las dos se subieron de golpe, azotando la puerta.
—Al Hospital Roma. Rápido, por favor —indicó Berniece, con la voz agitada.
El vehículo arrancó, sumergiéndolas en un silencio sepulcral que contrastaba con el zumbido del motor y el titilar de las luces amarillas de la ciudad que barrían el interior de la cabina. Mar no parpadeaba; miraba fijamente a través de la ventana, con los puños tan apretados que sus nudillos se habían vuelto completamente blancos, desprovistos de sangre.
El olor a pino barato del ambientador del taxi no lograba borrar el aroma a hospital que llevaban impregnado en la ropa. En la mente de Mar, el silencio era un lujo que no existía: la voz quebrada de su madre se mezclaba en un bucle insoportable con el pitido intermitente de la incubadora de su hermano, allá arriba, en el tercer piso que acababan de abandonar. Cada segundo en el tráfico era una tortura. Aguanta, mi pequeño. Solo aguanta, haré justicia por los dos. Suplicaba en sus adentros, clavándose las uñas en las palmas de las manos.
Quince minutos después, el taxi frenó en seco frente a la imponente fachada del Hospital Roma. Era un monolito vanguardista de mármol pulido y descomunales ventanales de cristal templado, bañados por una iluminación cálida que gritaba exclusividad, estatus y control. Un universo completamente opuesto al caos de linóleo y pintura descascarada del que venían. Aquí, la muerte y la enfermedad parecían un mito de mal gusto, un inconveniente que la gente rica pagaba para evitar.
—Quédate cerca de mí —susurró Mar. Su voz sonó extrañamente calmada, como la calma en el ojo de un huracán.
Se bajó del auto antes de que Berniece terminara de contar los billetes para pagarle al conductor, quien las miró con desconfianza por el espejo retrovisor.
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Editado: 31.07.2026