Guía para ser eficazmente una mentirosa

Paso 0: Involúcrate en un problema

Dante era un puto grano en el culo.
No había otra frase para describirlo.
Algunas veces quería llamarle por un insulto menos grotesco, algo como «imbécil» o «el ser más espantoso que he visto en mi vida» porque ambos lo describían en esencia pura, pero eso me generaba un acto contraproducente y es que, por desgracia, era mi mellizo y sería estúpido llamarle feo.
Así que solo me quedaba el primer, y el único insulto, que le he dicho desde que descubrí el glorioso significado de unir unas cuantas palabras combinadas con el tono de voz donde se impregnara toda mi molestia.

Sí, Dante era un maldito grano en el culo.

Desde pequeños, Dante y yo hemos tenido una relación llena de problemas, pues desde que salimos del vientre de mi madre hemos peleado, no importaba la razón, si eran movimientos involuntarios de bebes donde el estiraba su mano para jalarme los pocos cabellos que tenía en la cabeza o darme patadas mientras mi madre estaba amamantándonos, incluso cosas totalmente ridículas y con falta de entendimiento, como peleas por territorio, exactamente uno de los sillones de la sala de estar, de los cuales mis padres habían comprado dos, para evitar exactamente el acto que siempre hacíamos.

Dante siempre había sido una persona irritante, y no solo para mí, pues en ocasiones mi cerebro llegó a especularse que mis padres se divorciaron con tal de tener aunque sea por unos cuantos días los ojos lejos de nosotros. En las propias palabras de mis progenitores, éramos insoportables si estábamos juntos.

Cada que alguien preguntaba por nosotros o si nos observaban en una pelea campal por comida, mi madre sacaba a flote algún momento de nuestra vida.
Solía decir las palabras mientras no despegaba su mirada de nosotros, contaba la vez en la que Dante había cortado una de mis coletas porque le parecía dispareja, también cuando sacó a mi pez del agua porque se estaba ahogando, o la peor de mi infancia, en donde en una noche se vistió como Chuky, —sí, el muñeco que provocó pesadillas a toda una generaciónsólo para esconderse en la regadera y hacer que me cagara del susto.
Con esas pocas anécdotas cualquier persona podría denominarlo por lo que era.

—¡Eres un puto grano en el culo, Dante! —se agachó, el libro dio contra la pared. Tenía buena suerte el cabrón. Era un libro de Sanderson— ¿Cómo puedes ser tan imbécil?

—¡Eso es lo que nos conecta, hermanita!

—Yo no soy una molestia.

Me dejé caer en el piso, observando cómo mi hermano se escondía tras un sillón.
Todo estaba mal. Todo terminaría terrible.

—Ayúdame, por favor.

—Dante, estás loco.

—¡De amor al arte! —salió de su escondite y se echó en el sillón. Con los pies llenos de tierra sobre el respaldo— Ayúdame, en serio.

—¿Qué mierda se supone que yo gané con eso?

—Haré lo que tú quieras. Es más —chasqueo sus dedos al aire y me apunto—, es posible que pierdas clases y puntos, así que regresando yo me ocuparé de tus tareas y actividades.

—¿Todas? —elevé mis cejas.

Vamos, era una propuesta que parecía un sueño: la persona más inteligente que conocía haría por mí las tareas de al menos, dos semanas, y si tenia algo de suerte, podría llevarlo a que hiciera el de unas cuantas más.

—Todas.

El problema, era lo que tenía que hacer a cambio.

—¡Solo debes hacerte pasar por mi! —aplaudió emocionado— ¡Es un trato magnífico!

—¡Que no! Dime ¿Donde está lo magnífico en eso?

—Si te haces pasar por mi, te veras más atractiva, soy el guapo de entre nosotros —hice el amago de pararme, lo que ocasionó que el se pusiera de pie, negando con sus brazos— ¡Bien, bien! Hay mejores recompensas.

—¿Cuáles? Enuméralas.

—Haré tus tareas y actividades por las semanas que me remplazaras.

—Es lo mínimo —agite mi mano para que siguiera hablando.

—¡Por favor, Dalia! —Dante se enderezó, en su rostro, su semblante se endureció, de una manera que jamás había expresado. Estaba siendo serio— Es una oportunidad enorme, jamás podré tener algo así de nueva cuenta.

—Dante...

—Escucha —mi mellizo, dio sus pasos hasta mi, tomándome por los hombros—, quiero ser actor. No me interesa nada en esta vida más que eso. Quiero dedicar mi vida a grabar películas. Series. Videos musicales. E incluso esos ridículos comerciales que después me avergonzara ver por internet. Eso quiero para mi vida, pero no sé si es lo mío.
»Hay miles de personas con sueños, por ejemplo, papá quería ser cantante, pero se le da fatal así que termino siendo arquitecto. Debo ir, Dalia. Debo saber si soy bueno. Y si no voy a esa audición, jamás sabré si realmente estoy hecho para eso.

Dante era mi hermano menor.
Mi mellizo que se parecía un poco a mí.
Era fastidioso, presuntuoso, malhumorado y en ocasiones, hasta narcisista.
Pero era mi hermano, su sentir y su futuro eran de mi importancia, porque a pesar de nuestras discusiones y peleas, solo éramos nosotros dos.

—¿Prometes que te cuidarás?

Dante abrió sus ojos elevando sus cejas y apretando sus labios, quizá, porque no quería gritar de la emoción.
Asintió tantas veces que me preocupe por su cuello.

—Te enviaré fotos cada segundo que tendrás que bloquearme y denunciarme por spam.

—Entonces, dime tu plan —repuse, mientras me sentaba en el piso.

—Ah, ya tengo uno.

Dante se apresuró a ir hacia el sillón, aquel que mi padre solía usar cuando aún vivía con nosotros.
De debajo de él sacó un cuaderno polvoriento. Cuando estuvo con piernas cruzadas, lo extendió hacia mí.

—Está será tu guía, Dalia. Es una guía infalible creada por la persona más inteligente que conoces, así que, nadie te va a descubrir.

Con cuidado, tome el cuaderno, y no pude dejar salir una sonrisa que oscilaba en la socarronería y la desesperación.

—¿Guía para ser eficazmente una mentirosa?




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