No fue algo planeado, ni siquiera algo que esperaba, pero esa tarde nuestras rutas se cruzaron como si el destino hubiese decidido intervenir. El parque cercano a mi apartamento era mi refugio habitual, un rincón donde el crujir de las hojas secas bajo mis pies y la risa lejana de los niños me ayudaban a calmar el torbellino en mi mente. Esa tarde, llevaba mis audífonos puestos, las notas melancólicas de una vieja canción envolviéndome mientras intentaba procesar el peso de un largo día en la cafetería.
El aire olía a tierra mojada, como si la lluvia hubiese pasado de puntillas horas antes, dejando rastros apenas perceptibles. La luz del sol, difusa y cálida, se filtraba entre las ramas, creando sombras danzantes sobre el camino de grava. Cerré los ojos por un momento, dejando que la música se mezclara con el murmullo de las hojas, cuando de repente una voz familiar rompió la monotonía.
— ¡Gabriel! ¿Eres tú? —dijo Ger, y al girarme, ahí estaba, con esa misma sonrisa despreocupada que parecía desarmar cualquier barrera.
Por un momento, no supe cómo reaccionar. Solo atiné a detenerme y responder con un gesto, como si mi cuerpo tardara un segundo más en procesar su presencia.
— Ger... hola. No esperaba verte por aquí —dije finalmente, intentando que mi tono sonara casual, aunque en mi pecho las cosas estaban lejos de estar tranquilas.
Ella se acercó con paso ligero, como si nada en el mundo pudiera perturbarla. Llevaba un vestido sencillo y unas sandalias que contrastaban con el ruido constante de mi cabeza, como si su presencia trajera algo de equilibrio al caos interno que llevaba semanas acumulando.
— Suelo venir por aquí a veces, es un buen lugar para escapar de todo —dijo, mirando alrededor con esa misma ligereza que parecía caracterizarla.
Asentí, intentando que el silencio entre nosotros no se volviera incómodo.
— ¿Y tú? —continuó—. ¿Vives cerca o solo viniste a pasear?
— Vivo no muy lejos. A veces camino por aquí para despejarme después del trabajo. Supongo que hoy tuve suerte —respondí, y al darme cuenta de lo que había dicho, sentí que me traicioné un poco a mí mismo.
Ella sonrió, pero no dijo nada al respecto. Simplemente miró hacia un banco cercano y señaló con un gesto.
— ¿Te importa si nos sentamos un momento?
Negué con la cabeza y, sin decir nada más, la seguí. Al sentarnos en el banco, un leve crujido bajo nuestro peso rompió la quietud del parque. El aire estaba impregnado de ese olor a hierba húmeda y tierra que queda después de una tarde de lluvia ligera. Por un instante, el mundo pareció reducirse al espacio que compartíamos, mientras un silencio cargado de emociones se asentaba entre nosotros. No era incómodo, sino extraño y reconfortante, como si las palabras no fueran necesarias, al menos por ahora.
Miré hacia el suelo, mis pensamientos luchando por tomar forma, una maraña de dudas y certezas queriendo ser pronunciadas. Antes de que lograra articular algo, Ger giró levemente hacia mí, rompiendo el silencio con una voz suave pero firme, tan característica de ella, que siempre parecía alcanzar directamente al centro de lo que pensaba.
— ¿Sabes? Te ves un poco... cansado. ¿Todo bien? —preguntó, girándose ligeramente hacia mí con una genuina curiosidad en sus ojos.
Quise decir que sí, que todo estaba bien, pero las palabras se atascaban en mi garganta, como si el aire se volviera más denso alrededor de nosotros. Algo en su tono, en esa forma de preguntar tan directa y, al mismo tiempo, tan cuidadosa, desarmaba cualquier respuesta automática que pudiera dar. Mi mirada se desvió al suelo, buscando refugio en la grava bajo mis pies, mientras la sensación de estar expuesto me tensaba el pecho.
Solté un suspiro largo, tratando de calmar la tormenta en mi interior, y finalmente dejé que las palabras, las pocas que me atreví a decir, escaparan. Sin revelar más de lo que era estrictamente necesario.
— ¿Todo está bien contigo? —preguntó Ger, mirándome con esa mezcla de curiosidad y calidez que siempre parecía desarmarme.
Asentí ligeramente, dibujando una sonrisa breve. — Claro, solo un poco cansado, pero nada fuera de lo común.
Ella ladeó la cabeza, observándome por un instante como si estuviera evaluando mis palabras. — Siempre tan misterioso, ¿eh? Me pregunto qué pasa por esa cabeza tuya.
Me reí suavemente, intentando aligerar el momento. — Tal vez algún día te deje averiguarlo... Pero, por ahora, solo estoy disfrutando de este momento.
— ¿Disfrutando de la vista o de mi compañía? —bromeó, alzando una ceja y con una pequeña sonrisa traviesa en los labios.
— ¿Puedo decir ambas? —respondí, jugando con el mismo tono ligero.
Ella negó con la cabeza entre risas, pero no dijo nada más. Y por unos segundos, el silencio entre nosotros se sintió más elocuente que cualquier palabra.
Pasaron unos minutos más en los que la conversación fluyó naturalmente, ligera, como si el tiempo se hubiera detenido. Y, aunque el encuentro fue breve, algo en mí sabía que este momento quedaría grabado. Cuando finalmente nos levantamos del banco y tomamos caminos diferentes, me sorprendí pensando en cuánto podía significar una simple coincidencia como esta.
Caminé de regreso a casa con un peso menos en el pecho. Tal vez no todos los dilemas se resuelven de inmediato, pero por primera vez en semanas, sentí que estaba un paso más cerca de encontrar claridad.