Gusto Prohibido

El amor empieza... en la cama

Desde aquellos días en que los miedos y las dudas parecían gobernar cada uno de mis pensamientos. Cada amanecer en Guayaquil ha traído consigo un susurro de esperanza, un impulso sutil hacia la transformación. En este tiempo, he aprendido a abrirme a la posibilidad de un amor profundo y sincero, y hoy me atrevo a dar un paso importante.

Esta tarde me encontraba en el corazón del Malecón, donde la brisa tropical se funde con los últimos rayos dorados del sol. Estaba en un parque adornado con faroles y árboles centenarios, mientras un guitarrista ambulante entonaba boleros que parecían contar historias de pasión y nostalgia. Con cuidado, había seleccionado mi atuendo: una camisa de lino azul claro que captaba la luz del ocaso y unos pantalones que reflejaban la serenidad y determinación que he ido cultivando.

Me senté en un banco de madera, dejando que el tiempo se deslizara con la lentitud deliciosa de una tarde sin prisa. El murmullo lejano de la ciudad y la música que flotaba en el aire apenas existían cuando mis ojos la encontraron.

Ahí venía Ger.

Caminaba hacia mí con esa seguridad que sólo tienen las mujeres que saben exactamente lo que provocan. Llevaba un diminuto top que apenas contenía la generosidad de sus senos, turgentes, rebotando con cada paso como si quisieran escapar del encierro. La mini falda abrazaba sus caderas con descaro, dejando al descubierto unos muslos gruesos, torneados, irresistibles, que se movían con una sensualidad innata, como si bailaran al ritmo de mi respiración entrecortada.

Era imposible no mirarla. Lo sabía. Lo disfrutaba. Cada hombre que pasaba giraba la cabeza, pero sus ojos eran sólo para mí. Y eso me encendía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Le saludé con mi voz —un poco temblorosa al principio, pero firme en su convicción:

—Hola. Hoy me siento diferente, me siento más real.

Se acomodó a mi lado.

—Gabriel, siempre has sido tan sincero. He notado ese brillo en tus ojos, esa paz que encontraste en medio de tantas dudas.

En ese instante, el ambiente pareció ponerse de nuestro lado. Las hojas danzaban suavemente a nuestro alrededor y, mientras las luces del parque comenzaban a parpadear en señal de la noche que se acercaba, cada sonido y cada aroma invitaban a revelar confesiones largamente guardadas.

—Han sido tres meses en los que no he dejado de pensar en ti, en nosotros. Cada beso, cada caricia... todo me ha llevado a entender que lo que siento por ti es mucho más que amistad. No quiero seguir pretendiendo que esto no significa algo más. Quiero que seas mi novia.

El mundo pareció detenerse por un instante: la música, el murmullo del parque y el palpitar de mi corazón se fundieron en un silencio lleno de significado. Con los ojos brillantes de emoción y sorpresa, Ger respondió con suavidad

—Gabriel... —dijo mientras me miraba con esos ojos que siempre parecían leerme el alma—. Sabes que siempre he sentido algo especial por ti. Lo que hemos compartido estos meses... no ha sido casualidad. Yo también quiero esto, quiero estar contigo, sin reservas.

Todo a nuestro alrededor parecía celebrar el instante desde la última nota del bolero, hasta el olor de las flores.

Con el peso de la incertidumbre aligerado, decidí invitarla cenar a mi casa. No busqué algo espectacular, solo una pequeña cena que nos permitiera disfrutar de la compañía mutua en un ambiente cálido y natural.

La cena había salido perfecta: una ensalada fresca con ingredientes de temporada, pollo asado con hierbas que perfumaba todo el ambiente y ese postre casero que me transportaba a otros tiempos. Ger se deleitó con cada bocado, jugando con el tenedor entre los dedos, lamiendo los labios con una sensualidad inconsciente —o quizás totalmente calculada.

Mientras tanto, hablábamos de nuestros planes, nuestros deseos, nuestras versiones del futuro... pero mis pensamientos empezaban a divagar, a quedarse pegados en el brillo de sus ojos y en la curva generosa de su escote que parecía invitarme, provocarme, prometerme.

Después de comer, nos sentamos en el sofá. Puse una película, más por cumplir el ritual que por interés real. Mi atención estaba en ella. En cómo cruzaba las piernas, en cómo ese minitop apenas cubría la voluptuosidad de sus pechos, tensando la tela con descaro.

Con una confianza alimentada por el deseo, pasé mi brazo derecho por detrás de sus hombros, y lo dejé descansar justo sobre su pecho derecho. Ella no dijo nada, sólo me miró de reojo y sonrió, esa sonrisa traviesa que sabía lo que estaba por venir. Con la mano izquierda, empecé a acariciarle el vientre con lentitud, sintiendo cómo se estremecía bajo mi tacto, subiendo poco a poco hasta rozar su otro seno por encima del top.

No hubo palabras.

Le alcé el top con un solo movimiento, suave pero decidido, y sus enormes pechos cayeron libres, rebotando suavemente al liberarse, como si el aire mismo los empujara hacia mí. Mi boca se secó. Eran perfectos. Redondos, firmes, tan provocativos que lo único que pude hacer fue inclinarme y atraparlos entre mis labios, besarlos con hambre.

Ella se giró sobre mí, montándome, y apoyó sus senos en mi cara, sofocándome con ese placer suave y cálido. Mi lengua jugaba con sus pezones mientras mis manos exploraban sus caderas, su espalda, sus muslos... todo en ella era fuego. Se movía con ritmo lento al principio, rozándome apenas, mientras nos devorábamos a besos, jadeos entrelazados.




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