H2o

Capítulo VII

Un imperceptible rayo de luz me despertó. Estaba durmiendo boca arriba, costumbre que jamás tengo, siempre duermo boca abajo. Me es muy incómodo dormir de ese modo en esta cama, se me clavan los hierros de la parrilla de esta incomoda cama. Comencé a abrir mis ojos lentamente. El haz de luz entraba por la ventanita. Me levanté perezosamente y me dirigí a la ventanita, miré para afuera y ahí lo vi. Se veía el sol, muy tenue, muy tapado por esa nube espesa y negra, pero era el sol. Renacieron las esperanzas de vida. Si había sol tenía que haber plantas y con las plantas podría sobrevivir. Me gustaría encontrar a alguna persona viva. No sé qué pasó después de la gran guerra. Yo me encontraba en una casa en un pueblo de pescadores, Praia do forte, en Brasil. Yo estaba exiliado, desterrado. Llegué a este pueblo y comencé a sobrevivir pescando. Me hice una casita y me puse en pareja con Aline, una muchacha negra del pueblo. Ella era mucho más joven que yo, pero igualmente nos entendíamos perfectamente. Yo salía por las mañanas a pescar, volvía al mediodía y ella cocinaba el pescado para venderlo por la noche. De esa manera íbamos sobreviviendo. Era una linda manera de vivir. En un lugar que era casi como el paraíso, con una mujer joven con el cuerpo más bonita que nunca haya visto y con un trabajo no tan pesado, pero que era sólo para mí y Aline. Habíamos pensado en tener hijos pero fue un tiempo antes de la gran explosión. No nos dio el tiempo. Aline era muy inteligente. Era hija de un negro y una alemana. Tenía un color de piel hermoso, un marrón claro chocolate. Rizos, ojos verdes oscuros, alta, largas piernas, pequeña cintura, pechos medianos y una cola soñada. Ella llevaba la contabilidad de nuestro negocio, se daba mucha maña para ello. Lentamente fuimos superándonos. Al principio nuestra casa era de adobe y paja, muy pequeña. A medida que nos iba entrando algo de dinero fui construyendo pegado a nuestra chocita otra casa de ladrillos y un poco más grande. Debido a que por las mañanas iba a pescar, la construcción de la casa tardó más de lo que había calculado. Igualmente no había mucho apuro, al año y medio ya estaba terminada. Era una casita con una sala, cocina, baño y una habitación bastante grande. Aline estaba feliz, jamás había vivido en una casa de material y tan amplia.

Nuestros días lo pasábamos felices. Fuimos avanzando lentamente pero seguro.

Salí de la choza con ganas de comer y tomar algo. Los rayos del sol no eran muy fuertes, pero al menos había una cierta claridad, no podía ver el horizonte pero si se veía claramente a unos cien metros de distancia. El lugar estaba todo desolado. A los lejos puede ver un árbol, el único problema era que la tierra estaba muy seca como para sacar agua. Caminé esos metros que me separaban del árbol, me acerque bien y pude ver que estaba bastante deteriorado, igualmente tenía algunas hojas en buen estado. Tomé todas las hojas que le quedaban y me las puse en mi bolsillo. Ya que había una luminosidad aceptable, me animé a caminar un poco más que ayer y de paso buscar agua, la sed me estaba matando. Encontré una planta, la arranque entera y la guarde entre mis ropas. Iba caminando masticando unas hojas. Llegué a un lugar en que la tierra estaba más húmeda y blanda. Comencé a cavar con la mano y pude tomar bastante agua, creo que llené ambas manos imitando un cuenco como cinco veces, mi sea insoportable estaba saciada. Seguí caminando un poco más y recordé que no había marcado el camino con pajas como había hecho el día anterior. Sentí un zumbido agudo en mi oído izquierdo, no sabía si era un problema auditivo o un bicho. Pegue un golpe en mi oreja y ahí me di cuenta que era un bicho, un mosquito, exploto como una pequeña bomba de sangre. No me animé a comerlo pero me dio la esperanza de poder encontrar bichos más grandes y hasta algún que otro animal. Igualmente seguía con la esperanza de encontrar a Aline o al menos a algún ser humano vivo. Anduve por largo tiempo, me inquietaba saber qué hora era, que día era, que mes era, que año era. El ambiente era una meseta irregular, el sol seguía alumbrando allá arriba, sería cerca de las doce del mediodía. Me senté para descansar un poco. Me dolían las piernas, me levante el abrigo y la remera y observe mi torso, era un saco de huesos. Podía ver con claridad las costillas, comer solo hojas me había hecho perder peso muy rápidamente. Me torturaba saber que no mucho tiempo me quedaba de vida. Mil recuerdos me venían a la cabeza desordenadamente. Maldije por no traer el libro de JL Borges que había encontrado en la choza. También desconocía donde estaría la choza, seguramente esta noche dormiré  a la intemperie. Me incorporé y seguí mi camino, pude observar algunas matas de pasto intactas, tome algunas para comer luego. También encontré hojas sobre el suelo húmedo. Tenía que encontrar algo donde poder depositar agua. Parecía un imposible. El sol marcaba aproximadamente las 13 horas. Esa era la hora en que comenzaba a almorzar con Aline. ¡Cómo extraño esos momentos! ¡Cómo extraño a Aline! ¡Qué ganas de hacerle el amor! Cuando estaba con ella me quejaba de tonterías, de sus celos, de las deudas, de la plata que no alcanzaba. Había sido un tonto, no me di cuenta que en esos momentos tenía todo y ahora no tenía nada, ni siquiera una compañía. Yo que me había jactado de que me gustaba la soledad, que la gente me molestaba, que la gente era de lo peor, daría lo que no tengo (ya que nada tengo)  por estar con alguien, por conversar con alguien, por escuchar a alguien. Mataría por un abrazo, por una palmada en la espalda.



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En el texto hay: distopia, romance

Editado: 28.05.2018

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