Había una vez

III: Su nombre es Saith

La luz de la mañana inundaba todo el campo, atravesando las hojas entre los árboles y haciendo que el canto de las aves se escuchase glorioso ante el silencio del lugar. Martin había salido hacia el castillo en busca de provisiones y un par de corceles nuevos; por su parte Dorothea se encargaba de la limpieza de la cabaña, así que me encontraba sola a un lado del pozo, escribiendo de manera melancólica ideas fantasiosas que mi mente divagaba.

No puedo presumir de un gigantesco amor a la escritura, puesto que mis ideas escasamente pueden retenerse en mi mente, pero era una buena excusa para pasar tiempo al aire libre en un lugar tan calmado como aquel bosque. 

Recliné mi cabeza contra el poste que sostenía el techo del pozo, y comencé a esperar una nueva idea, pues al paso que iba agradecía haberle pedido a Martin más papel y tinta, además de pintura.

Era mi tercer día en ese lugar, pero nada iba cual había imaginado... culpen a mi mente por generar una escena digna de una buena historia de amor, por hacerme la mala jugada. En realidad esperaba una gran aventura, una de esas dignas de contar y preservar hasta el final de los tiempos... pero cada día mis esperanzas iban decayendo. Por aquel lugar no se asomaba ningún rastro de vida humana, apenas nos encontrábamos ahí Dorothea, Martin y yo... y el cazador, claro está.

―¿Qué haces aun ahí? ― ni siquiera me inmuté ante la presencia de Dorothea, quien se colocó a mis pies cuidando no caer al pozo―. Podrías caer y eso tu padre no me lo perdonaría.

―Apuesto a que no lo haría― musité dedicándole la mejor de mis sonrisas―. Y atendiendo a tu pregunta, sigo intentado ser una gran poeta.

―Que niña más soñadora, ¿en verdad sigues con tus fantasiosas historias?

―Sí... y ya sé que dirás― musité antes de que ella pudiese siquiera abrir la boca―. Sé que posiblemente nadie le preste atención y terminará siendo nada más y nada menos que un libro más en la biblioteca real... pero tendré la satisfacción que lo logré por mí misma.

Antes de que cualquiera de las dos dijese algo más, el familiar relinchido de un caballo se escuchó cercado. Le pregunté a Dorothea si esperábamos a alguien, y ella aclaro lo que ya sospechaba... el cazador ha venido a cumplir su palabra.

El arrogante sujeto se apareció montado en su caballo, llevando amarrado en la silla de éste un par de sacos marrones. Dorothea a mi lado me pidió que le dijese al individuo que aguardara un momento en lo que iba por la paga.

Me incorporé de inmediato en el pozo, acomodando mi vestido para que no resultara embarrado de fango o algo por el estilo. El sujeto bajó de un brinco del su caballo y se encamino hasta donde me encontraba sentada.

―Buen día― musitó casi sarcástico.

―Buen día― solté lo más fríamente posible―. Dorothea ha dicho que aguarde un momento, en un segundo lo atiende.

Su burlona sonrisa provocó que virara los ojos, bajé la cabeza concentrándome en el texto apenas empezado en el papel sobre mis piernas, pero él no pretendía marcharse.

―Los roles se han invertido― afirmó como si de alguna manera yo no comprendiese a lo que se refería.

―No tengo la menor idea de lo que se refiere― musité sin prestarle atención. 

―Me refiero a que ahora usted hace el cargo de criada y su criada ha adoptado el de niña caprichosa.

Si la intención de él era hacerme rabiar, lo conseguiría. 

Me puse de pie colocando mis cosas en la orilla y acomodé mi vestido colocándome frente al arrogante cazador. Le dediqué mi mejor sonrisa y me dediqué a seguirle el juego.

Limpié una basura invisible sobre su saco y lo obligué a sentarse en la orilla, quedando de pie frente a él.

―¿Según usted, yo soy una niña caprichosa? ― interrogué con desenfado.

Él tipo se encogió en hombros, como si de alguna manera su respuesta fuese clara.

―Todas las princesas lo son― apuntó seriamente.

―Entonces...― me incliné tomándolo por los hombros, acercándome tanto a él que podía oler la menta en su aliento―. Tome esto como un capricho― no fue necesario aplicar mucha fuerza, ni mucho menos preocuparme por el ancho o la profundidad, simplemente lo empujé haciendo que el agua salpicara por todas partes y mojara no solo mi vestido, sino también mi trabajo... pero merecía la pena.

Un grito estallo lo suficientemente cerca, como para provocar dolor en mi oído. Dorothea se encontraba a mi lado con las manos en la cabeza, preocupada por el individuo tumbado a apenas un metro de profundidad. 

―El caballero tenía calor― me excusé con mi cuidadora. Cabe mencionar que el tipo debía dar gracias porque el pozo se encontraba casi seco, de lo contrario ni yo misma me hubiese perdonado la osadía.

Dorothea no se detuvo al sermonearme, traté de excusarme por las ofensas que él había cometido contra mi persona, pero simplemente me dijo que no debería darle razones para confirmar su teoría. Después de ayudarlo a salir del pozo ―forzada por Dorothea, claro― mi cuidadora se ofreció a prestarle algunas prendas del buen Martin, al principio el poco caballeroso cazador se negó, pero él no sabía que la adorable Dorothea tenía el don de convencer a cualquiera a cualquier costo y terminó cediendo a la petición de la mujer. 




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