EL JUEGO VIRAL
La lluvia caía como nunca antes. El cielo arrastraba un tono grisáceo y pesado, como si estuviera al borde de caerse sobre la ciudad. Fue en ese momento cuando a Terry se le ocurrió la idea: ir hasta el hospital abandonado de Cherry Vale para grabar un juego viral en TikTok.
A su novia, Mónica Grey, no le pareció una buena idea al principio.
—Terry, en serio, es una estupidez —le dijo ella, cruzándose de brazos—. Está lloviendo a cántaros y ese lugar lleva años cayéndose a pedazos. Nos pueden meter presos por invasión.
—Vamos, Moni, no seas aburrida —intervino Andy Wills, el mejor amigo de Terry, quien siempre le seguía la corriente en todas sus locuras—. ¿Te imaginas las vistas que va a tener ese video? Seremos virales en una noche. La adrenalina vale la pena.
—¿Y si nos pasa algo? —insistió Mónica, mirando a Terry buscando apoyo.
—No va a pasar nada, mi amor —respondió Terry con una sonrisa confiada—. La democracia habla: somos dos contra uno. Nos vamos a Cherry Vale.
Terry encendió el motor de su vehículo y arrancó. Sin embargo, en el camino tenían que hacer una pausa obligatoria para convencer y recoger a otros tres amigos: Daniels Stevens, Kendra Thompson y Evelyn Road. Cuando por fin los seis chicos estaban dentro del auto, el espacio se redujo, pero la verdadera aventura hacia Cherry Vale comenzó. Frente a ellos, a lo lejos, ya se alcanzaba a vislumbrar la imponente y lúgubre silueta del hospital abandonado.
Antes de llegar, a unos pocos kilómetros, Terry se detuvo en una estación de servicio. Necesitaban comprar algunos suministros, linternas y baterías antes de adentrarse en el edificio. Andy, que no estaba muy seguro de la ubicación exacta, se acercó al encargado de la gasolinera mientras pagaban.
—Buenas, señor. ¿Usted sería tan amable de decirnos exactamente por dónde se entra al hospital abandonado? —preguntó Andy con tono casual.
El hombre dejó de limpiar el mostrador. Hizo una pausa larga, mirándolos fijamente a través de sus viejos anteojos antes de responder con una voz ronca.
—No deberían ir a ese lugar. Es muy peligroso. Los jóvenes de hoy creen que todo es una broma para sus teléfonos, pero ese sitio está maldito.
Terry y Andy se miraron y soltaron una pequeña risa burlona. Ellos no creían en absoluto en fantasmas, demonios o leyendas urbanas. Terminaron de pagar y, justo cuando iban saliendo de la tienda hacia el estacionamiento, una mujer de unos 65 años llamada Annie Press se plantó frente a ellos.
—Esperen —dijo la mujer con voz temblorosa pero firme—. He oído bien... ¿ustedes van al hospital abandonado de Cherry Vale? ¿Qué demonios buscan allá? Ese lugar esconde unos secretos oscuros que la mente de ninguno de ustedes podría aguantar.
Terry la interrumpió, soltando un suspiro de fastidio.
—¿Y usted cómo sabe tanto, señora? —preguntó con sarcasmo—. ¿También lee el futuro?
—Sé perfectamente lo que hay ahí porque yo trabajé en ese lugar —respondió ella, clavándole una mirada fría—. Yo era la jefa de enfermeras antes de que todo ocurriera. Antes de que el hospital se convirtiera en un cementerio viviente.
Daniels, que se había mantenido al margen, dio un paso al frente, intrigado.
—¿Y qué fue lo que ocurrió exactamente? —preguntó con seriedad—. Si nos va a advertir, al menos cuéntenos la historia completa.
Annie miró a los seis jóvenes y asintió lentamente.
—Si quieren oír la historia de cómo se desató el infierno, se las voy a contar. Yo trabajé por más de veinte años en ese hospital. Me acostumbré a la rutina, a cuidar pacientes, al pitido constante de las máquinas de signos vitales... me acostumbré a todo. Pero una mañana, todo se fue al demonio. Sobre las 6:33 de la mañana, llegó una mujer de aproximadamente 80 años por urgencias. La habían encontrado tirada en la acera frente a su casa. La señora ingresó con los signos vitales extremadamente débiles.
Los chicos escuchaban en silencio, envueltos por el ruido de la tormenta afuera. Annie continuó:
—La interné de inmediato en el área de urgencias. Allí, los médicos lucharon por horas para salvarle la vida. Mientras tanto, ella no paraba de balbucear. Decía palabras extrañas que nadie entendía; ni los doctores, ni las enfermeras, ni yo. Era como una especie de ritual, como si estuviera invocando a algo... o a alguien. Sin embargo, en el ajetreo del momento no le prestamos mucha atención. Hicimos todo lo médicamente posible, pero lastimosamente ella falleció a las 9:43 de la mañana. Exactamente tres horas y diez minutos después de haber ingresado. Pero la última frase que le oímos decir antes de dar su último aliento nos zumbó a todos en el oído con una fuerza sobrenatural: "Maldigo a este hospital. Maldigo esta habitación. La 777".
La anciana hizo una pausa para tomar aire, reviviendo el terror en sus ojos.
—Pensamos que la pobre vieja estaba loca, desvariando por la falta de oxígeno. El doctor de turno firmó el acta de defunción y la llevaron a la morgue. El resto de ese día fue aparentemente normal. Pero a la mañana siguiente... ahí fue cuando todo empezó. Yo daba mi ronda matutina como todos los días para verificar que todo estuviera en orden. La habitación 777 estaba vacía; acababan de limpiarla y desinfectarla tras la muerte de la señora. Entré a revisar que las sábanas estuvieran listas y, de repente, la puerta se cerró sola con un golpe seco. Pensé que era una corriente de aire, o tal vez algún camillero jugándome una broma, así que no le presté atención. Pero justo cuando puse la mano en el picaporte para salir, oí una voz helada detrás de mí que me susurró al oído: "Maldita sea... maldito sea este hospital". Me di la vuelta de golpe, con el corazón en la boca, pero la habitación estaba completamente vacía. Traté de convencerme de que era el cansancio acumulado de las últimas semanas y me fui.
—Pudo haber sido una alucinación por el estrés —opinó Daniels, tratando de buscar una explicación lógica.