Habitación 777

Capitulo 2 LA SEÑAL MUERTA

El eco de los pasos perdidos
La risa de Andy resonó en el pasillo gris, un sonido estridente que golpeó las paredes descascaradas y regresó convertido en un eco hueco, casi burlón. Nadie más se rió. El chiste sobre los viejos de la gasolinera se sintió forzado, como un escudo de papel frente a una tormenta inminente.
Kendra seguía abrazando a Mónica, cuyos hombros aún temblaban levemente. Mónica no miraba a Andy, ni la pintada en la pared que rezaba *“La única salida es la muerte”*. Su mirada estaba fija en el suelo, en la densa capa de polvo que cubría el granito del pasillo.
—No fue un juego de luces, Andy —susurró Mónica, con la voz pastosa—. Sentí el golpe. Estaba frío. Olía a podrido.
—Ya, Moni, el miedo nos hace jugar malas pasadas —intervino Daniels, aunque su tono ya no era tan seguro. Pasó una mano por su nuca, mirando de reojo las sombras que proyectaba la linterna de su propio teléfono—. El aire aquí está estancado, hay humedad, moho... Huele a rayos en todos lados. Vámonos de este pasillo, en serio.
Terry, ignorando la conversación, caminaba unos pasos más adelante con el brazo estirado hacia el techo, sosteniendo el teléfono sobre el estabilizador. La pantalla reflejaba su rostro frustrado, iluminado por la interfaz de TikTok que mostraba el temido mensaje: *“Intentando reconectar…”*.
—Sigue muerto —gruñió Terry, dándole un golpe seco al costado del aparato—. Teníamos medio millón de personas en vivo, ¿entienden lo que es eso? Estábamos a nada de hacernos virales a nivel mundial. No podemos perder el directo ahora. Hay que subir a la azotea o al último piso, allí seguro agarramos alguna antena de la ciudad.
—¿Estás loco, Terry? —Evelyn se plantó en seco, cruzando los brazos—. Mónica casi tiene un ataque de pánico, no tenemos señal ni para una llamada de emergencia, ¿y tú solo piensas en tus malditas métricas? Yo digo que regresemos a la entrada. Ya nos colamos, ya vimos que está tétrico, ya cumplimos el reto. Volvamos al auto.
—¿Volver? —Andy soltó una bufanda de desprecio—. Ni hablar, Ev. Apenas estamos empezando. Además, la puerta de atrás por la que entramos se trabó, ¿recuerdas? Tendríamos que romper otra ventana o buscar la salida principal, y cruzar todo el patio delantero a oscuras nos expondría a que nos vea la policía o los malditos locos de la carretera. Es más seguro subir, buscar señal, terminar el maldito juego y luego salir con calma cuando Terry apague el *live*.
El grupo se quedó en silencio, sopesando las opciones. El aire en el hospital parecía haberse vuelto más espeso, más frío. Cada respiración costaba un poco más, y el olor a medicamentos viejos mezclado con humedad flotaba en el ambiente como un gas invisible.
—Está bien —cedió Evelyn, aunque con una mirada llena de resentimiento—. Subimos, buscamos señal y nos largamos. Pero caminamos juntos. Nadie se separa.
—Hecho —dijo Terry, haciendo un gesto con la cabeza hacia el final del pasillo, donde unas escaleras de concreto se hundían en una oscuridad que la luz de sus celulares apenas lograba arañar.
Comenzaron a caminar. El sonido de sus zapatillas contra el suelo era el único recordatorio de que estaban vivos en un lugar que se sentía completamente muerto. Mónica caminaba en el centro, flanqueada por Kendra y Daniels. Andy iba a la vanguardia, agitando la linterna como si fuera un machete abriéndose paso en la jungla, mientras Terry cerraba el grupo, pegado a su pantalla inútil.
Al llegar al descanso de la escalera que conducía al segundo piso, un crujido agudo hizo que todos se detuvieran. Fue un sonido metálico, largo, como el de una camilla vieja siendo arrastrada sobre el pavimento.
—¿Escucharon eso? —Kendra apretó el brazo de Daniels.
—Es el viento, el hospital tiene las ventanas rotas arriba —respondió Andy inmediatamente, aunque esta vez no se rió.
Subieron los escalones uno a uno. Con cada nivel que ascendían, la temperatura descendía un grado más. El vapor de sus alientos empezó a ser visible bajo los haces de luz de las linternas, formando pequeñas nubes blancas que se disolvían en la oscuridad.

El ala de pediatría
El segundo piso los recibió con un cartel de acrílico agrietado que colgaba de un solo tornillo: *Pediatría y Maternidad*.
Si el primer piso era tétrico, este parecía salido de una pesadilla diseñada meticulosamente. Las paredes, que alguna vez debieron estar pintadas de colores pasteles para calmar a los niños, ahora mostraban dibujos de animales de caricatura descoloridos, cuyos rostros distorsionados por la humedad parecían derretirse en muecas macabras. Un conejo pintado cerca de una puerta tenía los ojos negros debido al moho, dando la impresión de que miraba fijamente al grupo mientras pasaba.
—Este lugar da peor espina que el de abajo —murmuró Daniels, tratando de no mirar los dibujos de las paredes.
—Miren las habitaciones —dijo Evelyn, apuntando con su linterna hacia el interior de uno de los cuartos.
Dentro, las pequeñas cunas de metal estaban oxidadas, algunas volcadas sobre el suelo. Había restos de juguetes de plástico esparcidos por doquier: un camión sin ruedas, la cabeza de una muñeca cuyo ojo de vidrio reflejó la luz del teléfono de Evelyn con un destello siniestro, y mantas deshilachadas que parecían jirones de fantasmas atrapados en el tiempo.
—Terry, ¿todavía nada? —preguntó Kendra, con la voz temblorosa.
—Nada. Sigue buscando señal. Es rarísimo, estamos más arriba, deberíamos tener al menos una maldita raya de red Edge o algo —Terry miraba el icono de la antena con desesperación.
De repente, en medio del silencio del pasillo, un sonido claro e inconfundible los congeló a todos.
*Ploc. Ploc. Ploc.*
Era el eco de una pelota rebotando. No venía de una tubería, ni era el crujido del edificio. Era el ritmo constante, elástico y pesado de una pelota de goma golpeando contra el suelo de concreto, unos metros más adelante, oculto por la esquina del pasillo de pediatría.
—Vale, eso ya no es el viento —dijo Daniels, dando un paso atrás, interponiéndose entre el sonido y Mónica.
—¿Quién anda ahí? —gritó Andy, tratando de sonar rudo, pero su voz se quebró ligeramente al final—. ¡Salgas de ahí! ¡Tenemos cámaras, estamos transmitiendo en vivo a miles de personas! —mintió, buscando ahuyentar a cualquier vagabundo o intruso.
Nadie respondió. El rebote de la pelota se detuvo de golpe.
Un silencio sepulcral volvió a reinar, alterado únicamente por la respiración agitada del grupo. Andy, tragando saliva, avanzó lentamente hacia la esquina. Los demás lo siguieron a regañadientes, pegados unos a otros, formando un solo cuerpo movido por el miedo.
Cuando Andy dobló la esquina e iluminó el pasillo adyacente, lo que encontraron los dejó sin aliento.
En mitad del corredor, perfectamente detenida, había una pelota de plástico de color rojo brillante. Estaba impecable, completamente limpia, libre del polvo y la mugre que cubrían cada centímetro de ese piso. Era como si alguien la hubiera dejado caer allí un segundo antes.
—No puede ser... —susurró Evelyn, tapándose la boca.
—Alguien nos está gastando una broma —dijo Andy, aunque sus ojos saltaban de un lado a otro del pasillo, buscando puertas abiertas por donde el bromista pudiera haberse ocultado—. Alguien se coló antes que nosotros y nos está vigilando. Una de esas cuentas de canales de misterio rivales, seguro.
—Andy, mira el polvo —dijo Mónica, hablando por primera vez en varios minutos. Su voz era un hilo frío—. Mira el suelo alrededor de la pelota.
Terry acercó la linterna. El suelo alrededor del juguete rojo estaba intacto. Una capa grisácea y gruesa de polvo cubría todo el pasillo. Si alguien hubiera caminado por allí para lanzar o rebotar la pelota, habría dejado huellas claras de pisadas. Pero no había nada. El polvo estaba liso, perfecto, excepto por la pequeña marca circular donde la pelota descansaba.
—Se... se cayó del techo —propuso Daniels, buscando una explicación lógica, apuntando su linterna hacia arriba. El techo de losas de yeso estaba roto en varias partes, pero no había rastros de nadie ni de nada.
—Vámonos de aquí. Ya. Esto no me gusta una mierda —sentenció Kendra, comenzando a dar la vuelta.
Pero antes de que pudieran dar un solo paso de regreso, las puertas de madera de las habitaciones a ambos lados del pasillo comenzaron a agitarse. No fue un movimiento sutil; se azotaban con una violencia descomunal, abriéndose y cerrándose de golpe una y otra vez, creando un estruendo metálico y de madera astillada que ensordeció al grupo.
—¡Corran! —aulló Terry.
El pánico se desató. El grupo corrió a ciegas por el pasillo de pediatría, esquivando las puertas que se azotaban a su paso como fauces hambrientas. La luz de los celulares se movía caóticamente, creando sombras monstruosas que parecían perseguirlos desde las paredes.



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En el texto hay: maldicion, terro, terror hospital

Editado: 05.08.2026

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