Confundidos y al borde de la paranoia, los chicos no lograban comprender qué estaba sucediendo. ¿Quién los estaba grabando? ¿Y cómo era posible, si en aquella habitación no había ni una sola cámara a la vista?
—¿Qué carajos está pasando aquí? —preguntó Kendra, con la voz temblorosa mientras miraba a su alrededor—. ¿Cómo demonios nos están grabando si no hay ninguna maldita cámara en este lugar?
—Tiene que ser una cámara oculta, no hay otra explicación —respondió Terry, intentando mantener el control mientras la adrenalina lo consumía—. ¡Tenemos que buscarla ya!
Los cinco comenzaron a registrar el lugar exhaustivamente, desesperados por encontrar el dispositivo que los observaba. Sin embargo, al cabo de unos segundos, las imágenes del proyector cambiaron de golpe. Esta vez, la pantalla mostraba una habitación sumergida en una penumbra casi absoluta, donde únicamente se distinguía el destello parpadeante del *flash* de una cámara. Al fondo de aquel lugar oscuro, se apreciaba la silueta de una persona encogida en posición fetal, temblando, llorando y suplicando en un susurro desgarrador:
—Ayúdenme, por favor... Tengo mucho miedo, no me quiero morir... ¡Por favor, ayúdenme!
—¡Es Mónica! —exclamó Terry, con el corazón dándole un vuelco—. ¡Está con vida, aún podemos salvarla! ¡Vamos, rápido!
Sin dudarlo un segundo, Terry echó a correr y los otros cuatro lo siguieron de cerca por los pasillos oscuros.
—Pero... ¿en dónde demonios puede estar? —dijo Andy, intentando no perder el aliento mientras miraba a los lados—. ¡Aquí hay demasiadas habitaciones!
—¡Me importa un carajo! ¡Si tengo que buscar debajo de cada pinche piedra de este lugar para encontrarla, lo haré! —gritó Terry, desesperado.
Los chicos avanzaron unos cuantos metros corriendo, gritando el nombre de Mónica una y otra vez con la esperanza de escuchar su voz. Pero del otro lado solo los recibía un silencio sepulcral.
De pronto, un grito ensordecedor resopló desde una de las habitaciones contiguas, haciendo que se les helara la sangre. Corrieron de inmediato hacia el origen del sonido. Al cruzar el umbral, lo primero que encontraron fue la ropa de Mónica tirada en el suelo, junto a un rastro espeso de manchas de sangre que formaban un camino macabro.
Siguieron el rastro con el alma en el hilo hasta llegar al final de la habitación. Allí yacía el cuerpo de Mónica, completamente desnudo y cubierto de severos hematomas, como si le hubieran propinado una paliza salvaje. Su rostro, fijado en una muesca de espanto absoluto, delataba que antes de morir había presenciado la peor de las pesadillas.
—¡AAAAAARGH! ¡NO, DIOS MÍO! —gritaron Kendra y Evelyn al mismo tiempo, cubriéndose la boca horrorizadas mientras se echaban hacia atrás.
El llanto se apoderó por completo de Terry. Al verla en ese estado, las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo, quebrándose en un sollozo incontrolable.
—¡Noooo! ¡No, no, no! ¡Mónica, por favor, no! —gritaba Terry con las lágrimas nublándole la mirada—. ¡Maldita sea este hospital de mierda! Ella no quería venir... ¡Ella fue la primera que nos rogó que no viniéramos! Pero no le hice caso... Fui un idiota y ahora está muerta por mi culpa. ¡Es mi culpa!
—Hermano, mírame... Ya no podemos hacer nada por ella —dijo Andy, acercándose con cautela y poniéndole una mano en el hombro, visiblemente afectado—. Ya está muerta, Terry. Tenemos que pensar en sobrevivir. Vámonos de aquí, busquemos la salida y regresemos a casa antes de que sea tarde.
Terry se inclinó lentamente hacia el cuerpo inerte de su novia, apoyó su frente contra la de ella y le susurró al oído con el tono roto:
—Te amo... Perdóname, mi vida.
Le dio un último beso en la mejilla y, con el alma destrozada, se puso de pie para salir de la habitación.
Apenas cruzaron la puerta hacia el pasillo, los teléfonos de todos volvieron a sonar al unísono con una notificación estridente. Al sacar los dispositivos, en todas las pantallas resplandecía el mismo mensaje macabro:
> *"Ya encontré a uno, faltan 5. 1, 2, 3... Voy por ti."*
>
—¡Mierda! ¡Este hospital de mierda está jugando con nosotros! —gritó Daniels, mirando el teléfono con pánico—. ¡Hay que irnos ya de aquí, no quiero pasar ni un segundo más en este maldito lugar!
Apenas habían caminado unos metros cuando, de repente, un estruendo metálico resonó al fondo del pasillo. El elevador había comenzado a funcionar.
—¡Miren, chicos, miren el elevador! —gritó Kendra señalando con el dedo tembloroso—. Se está moviendo... ¡y parece que viene hacia acá!
Todos se quedaron paralizados, mirando hacia el cubo del ascensor con profunda confusión. No tenía ningún sentido: se suponía que ese hospital llevaba abandonado más de veinte años y no contaba con corriente eléctrica. ¿Cómo carajos se estaba moviendo?
Los indicadores numéricos sobre la puerta comenzaron a iluminarse lentamente uno a uno: *Piso 1... Piso 2... Piso 3... Piso 4...* Y ahí se detuvo. Todo volvió a quedar en penumbra y el mecanismo se apagó de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se detuvo? ¿Por qué no sube más? —preguntó Evelyn, alterada.
Evelyn se acercó a toda prisa al elevador y comenzó a presionar los botones descontroladamente para intentar hacerlo subir de forma manual, pero no hubo respuesta. El ascensor se había quedado sin energía otra vez.
Andy, desbordado por la desesperación y la furia, le asestó una patada brutal a la puerta metálica. El impacto provocó un cortocircuito y las luces del panel parpadearon, haciendo que la electricidad volviera de golpe. En ese instante, las puertas del elevador se abrieron lentamente con un chirrido metálico.
En el interior no había nadie. Estaba completamente vacío... salvo por las paredes. Escritas con una tinta rojiza, espesa y viscosa que aún goteaba hacia el suelo, se repetían una y otra vez las mismas palabras cubriendo cada rincón del ascensor:
*LA SALIDA ES LA MUERTE. LA SALIDA ES LA MUERTE. LA SALIDA ES LA MUERTE.*