Kendra, Andy, Terry y Evelyn se lanzaron una vez más contra la puerta. Esta vez, contra todo pronóstico, el cerrojo cedió con un chasquido metálico y la puerta se abrió de par en par, dejando al descubierto el sombrío pasillo del séptimo piso.
—Tengo... tengo algo que contarles... —susurró Kendra. Su voz era tan baja y temblorosa que se perdió en el aire helado del pasillo sin que nadie la escuchara.
—¡Chicos! ¡Tengo que contarles lo que pasó! —repitió Kendra, alzando la voz con una desesperación evidente que finalmente llamó la atención de Andy y Terry.
—¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué quieres decirnos? —preguntó Andy, mirándola con inquietud mientras se limpiaba la sangre del rostro.
—Es sobre cuando me desmayé... Tuve una visión... Un sueño. Bueno, más que un sueño, fue una pesadilla horrible...
—¿Qué viste en ese sueño, Kendra? —preguntó Evelyn, acercándose un poco más a ella.
Kendra guardó silencio unos segundos. Soltó un suspiro ahogado, intentando tomar el valor que le quedaba antes de hablar.
—Bien... Soñé que estábamos en una casa a las afueras de la ciudad. Era un día hermoso, perfecto... Pero de pronto, el cielo, que antes tenía un azul radiante, se tiñó de un gris ceniza opaco. El agua del lago empezó a mutar... lo que era cristalino se volvió espeso y de un rojo sangre. Y de ese lago... emergió la vieja de la estación.
Kendra tragó saliva, visiblemente alterada por el recuerdo.
—Su cuerpo estaba completamente mutilado, en descomposición... Tenía el estómago abierto de par en par y la sangre le brotaba de la boca a borbotones, como si fuera una fuente humana. Entonces empezó a cazarnos... A matarnos uno por uno. Primero fue Mónica. Después Daniels... Y luego fue a por ti, Andy.
Al escuchar esto, Andy dio un brinco involuntario hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el marco de la puerta en el proceso. La herida que ya tenía empezó a sangrar de nuevo.
—¡Estás demente! —bramó Andy, desorbitado por el miedo—. ¡Eso es mentira! ¡No digas esas cosas!
—¡Cállate y déjala terminar! —lo recriminó Evelyn, tomándolo firmemente de la mano para obligarlo a caminar a su lado y llevarlo a un lugar seguro donde curarlo.
—Después de Andy... fue evely —continuó Kendra, con las lágrimas rodando libremente por sus mejillas—. Luego yo, y mientras moría vi por último cómo masacraba a Terry. Fue tan sangriento, tan real... Al final, esa cosa pronunció unas palabras en un idioma grotesco que no entendí... y desperté. Tengo mucho miedo, chicos. De verdad tengo mucho miedo.
—No te preocupes, Kendra. Saldremos de aquí —respondió Terry intentando sonar firme, aunque su tono delataba su propia angustia—. Vamos a buscar a Daniels, curaremos a este imbécil —dijo señalando a Andy— y nos largaremos todos de este maldito lugar. Todo volverá a ser como antes.
El grupo avanzó unos cuantos metros por el pasillo en penumbras hasta dar con la habitación 743. Al entrar, se encontraron con un escenario desgarrador: el cuarto estaba sumido en el caos absoluto, con las paredes reducidas a ruinas y los escombros tirados por el suelo. Sin embargo, justo en medio de la destrucción, un botiquín de primeros auxilios permanecía milagrosamente intacto.
Terry lo tomó sin dudarlo. Sacó agua oxigenada, unas cuantas gasas estériles y una botella de agua limpia. Con cuidado, le lavó la sangre seca de la cabeza a Andy, aplicó el agua oxigenada sobre la herida abierta —haciendo que Andy diera un respingo por el ardor— y fue limpiándole el rostro con las gasas hasta dejarlo pulcro. Finalmente, le cubrió la Herida envolviéndole la cabeza con una venda ajustada.
—Listo, amigo. Con esto te sentirás mejor en un rato —dijo Terry, dándole una palmadita en el hombro.
—Gracias, hermano... De verdad —respondió Andy, dándole un apretón sincero a Terry.
—Bien, ahora vamos por Daniels y salgamos de este infierno —anunció Terry con un tono cargado de falsa confianza.
A pesar de que sabían que encontrar a Daniels no sería fácil, la esperanza aún los mantenía en pie. Salieron de la habitación 743 y volvieron a adentrarse en la monotonía del pasillo. Caminaron habitación tras habitación, dando vueltas y vueltas en un bucle que parecía no llevarlos a ningún lado.
Cuando la paciencia empezaba a agotarse y la desesperación volvía a apoderarse de ellos, un chasquido metálico retumbó desde una de las estancias cercanas. De inmediato, el sonido estridente de un equipo de música rompió el silencio del piso, reproduciendo canciones pop a todo volumen.
Sobresaltados, los cuatro corrieron hacia el origen del ruido. Al entrar a la habitación, confirmaron que se trataba de un reproductor de sonido encendido. La confusión se apoderó de ellos al instante: el aparato ni siquiera estaba conectado a ningún tomacorriente ni tenía batería visible, pero sonaba con la nitidez de un concierto en vivo.
Antes de que pudieran intentar explicarse el fenómeno, un estruendo mucho más violento resonó en la habitación contigua. Corrieron hacia allí solo para ver cómo unas llamas feroces y de un naranja chillón comenzaban a devorar las paredes a una velocidad irreal.
—¡Fuego! ¡Hay fuego! —gritó Terry con la voz quebrada por el pánico—. ¡Corran!
No tuvieron tiempo ni de dar la vuelta. La habitación explotó en un abrir y cerrar de ojos con un rugido ensordecedor. La onda expansiva de aire caliente y escombros atrapó a los cuatro chicos, lanzándolos violentamente por los aires a lo largo del pasillo.
Pasaron unos minutos interminables tras el estruendo sofocante de la explosión. La onda expansiva había distorsionado el tiempo y el espacio dentro de aquel edificio maldito. Cuando el polvo asentó y el silencio regresó como una pesada losa, la realidad se había fracturado: el grupo ya no estaba junto. La fuerza de la detonación —o algo mucho más oscuro— los había separado por completo, arrojándolos a distintos niveles de aquel laberinto.
Kendra yacía desorientada en la penumbra del **piso 2**.
Evelyn había ido a parar al frío desolado del **piso 4**.
Terry permanecía aturdido entre los escombros del **piso 6**.
Y Andy, malherido, había terminado en la soledad del **piso 1**.
Todos recuperaron la consciencia casi al mismo instante. A medida que el zumbido en sus oídos cedía y salían del trance anestésico en el que los había dejado el impacto, una certeza espeluznante comenzó a abrirse paso en sus mentes: estaban completamente solos.
La primera en volver en sí fue Kendra. Se encontró tendida de lado sobre las baldosas agrietadas y húmedas de uno de los baños comunitarios del segundo piso. El hedor a humedad y azufre le caló hasta los pulmones, haciéndola toser violentamente.
—¿Q-qué...? ¿Qué pasó? ¿Qué hago aquí? —se preguntó a sí misma en un susurro entrecortado, mientras apoyaba las palmas temblorosas en el suelo para incorporarse. La cabeza le daba vueltas de forma frenética—. ¡Evelyn! ¡Terry! ¡Andy! ¡Daniels! ¡Alguien, por favor, responda! ¡¿Dónde carajos están?!
Gritó con todas las fuerzas de su ser, raspándose la garganta en el intento, pero sus palabras solo rebotaron contra los azulejos rotos del baño antes de ser tragadas por un silencio sepulcral. Nadie contestó. Ni un paso, ni una respiración, ni un eco.
Aterrada, caminó a trompicones hacia la salida del baño rumbo al pasillo, pero al pasar frente a los viejos espejos manchados por el tiempo, una sombra en el cristal llamó su atención. Se detuvo en seco. Al acercarse lentamente y enfocar la vista en su propio reflejo, un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. Tenía una corte horrendo cruzándole el rostro, una herida abierta de unos siete u ocho centímetros de largo de la que brotaba un hilo constante de sangre fresca.
Hasta ese instante, el shock le había adormecido la piel, pero al ver la carne abierta, el dolor la invadió de golpe con una puntada pulsante e insoportable.
—¡Agh! —Kendra se llevó las manos a la cara de inmediato, tapándose la herida con pánico mientras intentaba tocarse con extrema cautela para calcular la gravedad—. Mierda, mierda, mierda... No es tan profunda, pero es enorme... Dios mío, me va a dejar una cicatriz horrible... ¡Ahora qué voy a hacer! ¡¿Dónde diablos están los chicos?!
Buscando desesperadamente con qué limpiarse la sangre que le goteaba por la barbilla, extendió una mano temblorosa hacia la perilla del lavamanos más cercano. Sin hacerse ilusiones en un edificio abandonado, la giró con brusquedad. Para su absoluta sorpresa, el metal oxidado chilló y, de inmediato, un chorro fino pero constante de agua completamente clara y cristalina comenzó a brotar del grifo.
—Pero qué putas... —murmuró Kendra, dando un paso atrás con los ojos abiertos de par en par—. ¿Por qué carajos hay agua en este lugar? ¿Y por qué sale tan limpia después de tantos años de abandono?
Era otra anomalía sin respuesta, otra regla de la lógica que este hospital se encargaba de romper para perturbarla. Sin embargo, Kendra sacudió la cabeza para espantar las preguntas; no era el momento de buscar explicaciones lógicas. Tenía que curarse como pudiera, salir de allí y reunir al grupo. Se lavó la cara con delicadeza, ahogando un gemido cada vez que el agua helada tocaba la piel viva de su mejilla, y luego usó el dobladillo de su camiseta para presionar la herida.
Dándose valor a sí misma con respiraciones hondas y agitadas, salió del baño y comenzó a caminar por el pasillo desierto del piso 2. La iluminación parpadeaba débilmente, proyectando sombras alargadas que parecían moverse a sus espaldas.
Apenas había dado unos veinte pasos cuando una de las puertas abiertas captó poderosamente su atención. La placa metálica de la entrada marcaba el número **201**.
Kendra se asomó con cautela. La decoración de esa estancia contrastaba de forma perturbadora con el deterioro del resto del piso: parecía haber sido diseñada para una niña pequeña de no más de cuatro años. Las paredes, aunque descaradas y llenas de polvo, aún conservaban dibujos pintados a mano de princesas, castillos y coronas sobre un tono rosado opaco. En el centro exacto de la habitación reposaba una hermosa cuna de bebé hecha de madera oscura, intacta, como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor.
Por un momento, el ambiente pesado pareció disiparse y Kendra perdió por completo la noción del espacio. En su mente comenzó a imaginar cómo se habría visto ese lugar en sus mejores años, preguntándose quién habría sido la pequeña inocente que habitaba entre esas paredes. Pero la fantasía duró apenas un suspiro.
Con un chasquido eléctrico y un chispazo que hizo saltar a Kendra, la pantalla rota de un viejo televisor colgado en la pared se encendió de golpe, emitiendo una luz estática blanca y azulina.
Las imágenes estáticas se aclararon para mostrar esa misma habitación, pero varios años atrás. Todo se veía impecable, iluminado y lleno de vida. En el centro, dentro de un corral de juegos, una niña de unos tres años reía alegremente mientras jugaba con una pequeña muñeca de trapo. De pronto, la puerta en la pantalla se abrió y entró una enfermera: una mujer mayor, de más de sesenta años, con rostro agrio y mirada severa. Sin motivo alguno, la mujer se acercó al corral y comenzó a maltratar rígidamente a la infante, propinándole regaños ahogados en la grabación y empujándola con brusquedad contra los barrotes hasta hacerla llorar desconsoladamente.
—¡Maldita desgraciada! —gritó Kendra hacia el televisor, apretando los puños con rabia mientras las lágrimas de impotencia se mezclaban con el dolor de su rostro—. ¡¿No ves que es solo una niña indefensa?! ¡Enferma de mierda!
En ese preciso instante, la pantalla parpadeó con violencia, emitió un chillido agudo de interferencia y volvió a quedar completamente a oscuras, sumiendo la habitación en la misma penumbra de antes.
Un calor sofocante de rabia y frustración empezó a consumir a Kendra desde el pecho. No entendía por qué le afectaba de esa manera tan visceral una grabación que claramente llevaba décadas ahí guardada, pero la atmósfera del lugar parecía manipular sus emociones, llevándola al límite.
Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más o procesar la ira que la carcomía, un murmullo distante y escalofriante se filtró desde la habitación contigua.
—*Kendra... Kendra... Kendra...*
El tono no era humano. Era una voz desgarrada, rasposa, que pronunciaba su nombre como una súplica agónica.
Al oír que la llamaban, una chispa de esperanza ciega eclipsó su miedo. Pensó que tal vez era alguno de sus amigos que había logrado bajar al piso 2 y estaba pidiendo ayuda.
—¡¿Chicos?! ¡¿Son ustedes?! ¡Ya voy! —corrió desbocada fuera de la habitación 201 y se adentró en el cuarto contiguo.
Pero lo que sus ojos presenciaron al cruzar el umbral no era la salvación, sino una escena tan perturbadora y grotesca que le congeló las ideas.
Un alarido desgarrador, un grito visceral lleno de puro horror, brotó del cuerpo de Kendra mientras retrocedía hasta chocar contra el marco de la puerta.
En medio de la habitación había una camilla metálica. De sus sábanas blancas, completamente empapadas, brotaba una cantidad grotesca e inagotable de sangre que goteaba hacia el suelo formando un charco viscoso. Y sobre ella yacía el cuerpo de Daniels.
Estaba completamente destripado. Su torso había sido abierto de par en par desde la garganta hasta la pelvis, dejando sus órganos internos expuestos y regados en un desorden sangriento por toda la superficie de la camilla. Lo más horrendo eran sus ojos: estaban desorbitados, desencajados de las cuencas, fijos en el techo con una última e imborrable mueca de agonía pura.
—¡NO, NO, NO! ¡DANIELS! ¡DIOS MÍO, NO! —chilló Kendra, tapándose la boca mientras las náuseas y el terror violento amenazaban con hacerla perder el conocimiento otra vez.
Sin poder aguantar un segundo más frente a semejante carnicería, Kendra se dio la vuelta y echó a correr como nunca antes en su vida, alejándose desesperadamente por el pasillo del piso 2. El eco de sus propios pasos pesados la perseguía en la penumbra. Ahora, más que nunca, la urgencia de encontrar a Evelyn, Terry y Andy no era solo para reunirse... era para advertirles, entre sollozos y pánico, que Daniels había sido brutalmente masacrado y que la muerte los estaba acechando a cada uno de ellos.