Habitación 777

Capítulo 6 consecuencias

En el preciso instante en que la pesada puerta de madera se cerró de golpe tras él, el eco metálico del Cerrojo retumbó en la estructura como el hachazo de una guillotina. Andy se quedó petrificado. El aire cargado de humedad y polvo se sintió de repente insoportable, asfixiante. En el fondo de su pecho, una certeza helada se abrió paso: no iba a tener otra oportunidad para escapar. Estaban atrapados.
—¡Mierda! —maldijo Andy en un susurro violento.
Apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron dolorosamente en las palmas. Sintió una oleada de rabia impotente recorriéndole las venas. La claustrofobia amenazaba con paralizarlo, pero se obligó a tragar saliva para recuperar el control.
—Maldita sea... Ya no puedo hacer nada por esa puerta —se dijo a sí mismo, tratando de mantener la cordura—. Piensa, Andy, piensa. Tengo que encontrar a los chicos primero. Juntos podemos buscar otra salida. Tiene que haber otra puta salida.
Echó a andar de nuevo, recorriendo a tientas los pasillos del primer piso. Cada rincón lucía grotesco bajo la tenue luz que se filtraba por las grietas; las paredes cubiertas de humedad traían a su memoria el momento exacto en que cruzar la entrada principal de aquel edificio aún parecía una imprudencia menor, una aventura absurda. De pronto, un sonido rompió el sofocante silencio del lugar.
Era un gemido. Una voz distorsionada, gutural y lejana que se arrastraba desde las profundidades de la estructura.
—Alguien... por favor... Ayúdenme... No me dejen aquí... Por favor...
La voz sonaba agónica, ahogada por la distancia y el eco, volviéndose casi indistinguible entre el crujido de las vigas podridas. Sin embargo, Andy aguzó el oído; atrapó aquel sollozo desesperado y supo exactamente de dónde venía: las profundidades del sótano.
—¡Sigo aquí! ¡Ya voy! —gritó Andy mientras sus pies reaccionaban antes que su mente.
Corrió por el pasillo a oscuras. Cada pisada resonaba en el suelo desvencijado como un latido desbocado. Con cada metro descendido, la súplica se volvía más nítida, cargada de un dolor inhumano. Cruzó el umbral del sótano y la negrura absoluta lo envolvió de golpe, acompañada por un hedor rancio a moho y sangre oxidada.
—¡Ayuda! ¡Me estoy desangrando! ¡Por favor!
El grito rasgó las sombras. Andy trastabilló forward, estirando las manos hacia la nada hasta que la figura en el suelo tomó forma. La luz espectral que caía desde un tragaluz roto le reveló la silueta.
—¿Daniels? —Andy sintió una sacudida de alivio mezclada con incredulidad. La cara se le iluminó—. ¡Dios mío, hermano! ¡Estás vivo! ¡Amigo, no sabes la alegría que me da verte! ¿Cómo estás? ¿Qué te pasó?
—La pierna... —balbuceó Daniels. Su voz era un hilo frágil, acompañada por un jadeo entrecortado—. Tengo la pierna rota... Siento que me la están quemando con un hierro candente... Andy, me duele demasiado...
Andy se inclinó rápidamente para inspeccionarlo. Aunque la oscuridad del sótano devoraba los detalles, la silueta de la extremidad inferior de Daniels lucía torcida en un ángulo antinatural, envuelta en una masa oscura y húmeda.
—Tranquilo, hermano, tranquilo. Mantén la calma —dijo Andy pasándole los brazos por debajo de los hombros, sintiendo la piel de Daniels inexplicablemente helada y pegajosa—. Te voy a sacar de este foso ahora mismo. Apóyate en mí, vamos.
Con un esfuerzo sobrehumano, tirando de él mientras Daniels dejaba ir un alarido gutural que resonó por todo el hueco del sótano, Andy logró arrastrarlo hacia la superficie.
Al cruzar de nuevo el umbral del primer piso, la penumbra del pasillo le permitió a Andy ver con absoluta claridad la gravedad del asunto. Se le congeló la sangre en las venas. La pierna de Daniels no solo estaba partida: lo que antes parecía una simple fractura expuesta era una masacre. El fémur astillado atravesaba la carne descompuesta, saliendo por completo de la piel en una lanzada ósea blanquecina. De la herida no dejaba de brotar un líquido denso, oscuro y gelatinoso que apestaba a hierro podrido.
—¡Por los cielos, Daniels! —exclamó Andy, dando un paso atrás al ver la sangría—. ¡Tenemos que curarte eso de inmediato! La arteria debe estar comprometida. ¡Esa pierna está destruida! ¿Cuánto tiempo llevas en ese estado tan grotesco?
—No... no lo sé... Perdí la noción del tiempo —murmuró Daniels. Tenía los ojos desorbitados y la piel con un tono verdoso. La cabeza se le ladeaba, a punto de caer en la inconsciencia—. Cuando nos separaremos en la entrada... todo se volvió negro. Desperté en el suelo de ese sótano helado, en mitad de las sombras... con este dolor deforme en la pierna. Sentía que algo me arrastraba...
—Escúchame bien, no te me vas a morir aquí —lo interrumpió Andy con desesperación—. Tengo que encontrar algo para hacerte un torniquete o frenar esa hemorragia.
Arrastró a Daniels hasta una habitación contigua. El cuarto parecía haber sido escenario de una catástrofe: los muebles estaban destrozados, las paredes agrietadas como si un terremoto brutal las hubiera atravesado y el techo se desmoronaba en pedazos. Como pudo, Andy lo acomodó sobre un colchón sucio y roído que apenas se sostenía sobre un somier oxidado.
—Voy a revisar los otros cuartos para buscar un botiquín o vendas. No me tardo nada, ¿de acuerdo? Quédate aquí, no te muevas —dijo Andy, apretándole el hombro.
—Date prisa... por favor... —susurró Daniels. Su voz era apenas un silbido agónico que parecía apagarse entre las paredes—. Siento que... algo más sigue abajo... esperándome...
Andy salió de la habitación impulsado por la adrenalina. Comenzó a registrar desesperadamente cada estancia del primer piso, tirando cajones, abriendo gabinetes podridos y revolviendo entre los escombros. No halló nada. La desesperación comenzó a devorarlo; la herida que él mismo tenía en la cabeza empezaba a pulsarse con fuerza, dejándole un reguero de sangre tibia por la sien, pero ignoró el mareo. Su amigo se desangraba en aquel colchón.
Mientras tanto, en diferentes puntos de aquel edificio decrépito, Kendra, Evelyn y Terry acababan de presenciar manifestaciones de una naturaleza grotesca y sobrenatural. Cada uno, aislado en la penumbra de su respectivo piso, había visto a Daniels morir de formas monstruosas e imposibles.
Aterrorizados hasta la locura, corrieron a ciegas intentando huir de la pesadilla. Por pura coincidencia, los tres divisaron tramos de escaleras al mismo tiempo. Ninguno lo dudó: descendieron frenéticamente. Las escaleras, casi como si el propio edificio los guiara hacia un mismo matadero, los condujeron de manera directa al primer piso.
La primera en irrumpir en el corredor fue Kendra, jadeando y con las manos temblorosas. Un segundo después, Evelyn apareció tropezando por el pasillo lateral, y finalmente Terry cruzó la última puerta. Al cruzarse las miradas, el impacto de ver al otro con vida borró por un instante el horror.
—¡Están vivos! —exclamó Kendra, rompiendo a llorar mientras se abrazaban los tres en mitad del pasillo con un nudo en la garganta.
—Pensé que no volvería a ver a nadie... Este lugar está maldito —sollozó Evelyn, aferrándose con fuerza a la chaqueta de Terry.
En mitad del abrazo, un choque de alivio e incredulidad los envolvió. Pero el momento se interrumpió cuando, al fondo del pasillo, vieron una figura tambaleante caminante a toda prisa, cargando una caja de madera.
—¡Andy! ¡Andy! —gritó Terry usando todo el aire de sus pulmones, haciendo ressonar su voz por el pasillo.
Al escuchar su nombre, Andy se giró de golpe. Levantar la mirada y ver los rostros desfigurados por el miedo pero intactos de sus tres amigos le devolvió el aire al cuerpo.
—¡Chicos! ¡Son ustedes! —gritó Andy.
Los cuatro corrieron a encontrarse en el centro del pasillo. Se fusionaron en un fuerte abrazo colectivo, riendo y llorando al mismo tiempo, extasiados por seguir con vida.
—¡Qué alegría tan grande que estemos juntos otra vez! —dijo Andy, secándose el sudor y la sangre de la frente—. De verdad, no se imaginan el infierno por el que acabo de pasar. Pensé que los había perdido a todos.
—Andy... espera —lo interrumpió Terry. Su rostro se volvió sombrío de inmediato y dio un paso atrás, tomando un aire profundo mientras sus manos temblaban descontroladamente—. Hay algo terrible que tengo que decirles a todos antes de dar un paso más. Chicos... Daniels está muerto.
La sonrisa de Andy se congeló.
—¿De qué estás hablando, Terry? —preguntó Andy, frunciendo el ceño.
—Lo vi con mis propios ojos —continuó Terry con la voz quebrada por el pánico—. Estaba en el piso superior... Lo vi crucificado contra la pared, atravesado por estacas de madera podrida. Tenía la cara desfigurada, Andy. Estaba completamente muerto.
—¿Crucificado? —interrumpió Evelyn, abriendo los ojos de par en par mientras la tez se le ponía blanca como el papel—. ¡Eso es imposible! ¡Terry, estás demente! Yo también lo vi, pero no estaba crucificado. ¡Daniels estaba descuartizado! Sus extremidades estaban cercenadas y apiladas en una esquina del pasillo, y la cabeza... su cabeza me miraba desde el suelo.
—¡Un momento, deténganse los dos! —gritó Kendra, tomándose la cabeza con las manos mientras comenzaba a hiperventilar—. ¡Ninguno de los dos tiene sentido! Yo vi a Daniels en el piso tres. Estaba tirado en el suelo, destripado, con los órganos internos regados por todo el pasillo como si alguna bestia lo hubiera abierto desde el cuello hasta la pelvis. ¡Yo pisé su sangre, carajo! ¡Está muerto!
Un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. Los tres se miraban fijamente, confundidos y aterrorizados por el relato del otro.
—A ver, esperen un segundo... ¿Qué clase de locura están diciendo todos? —dijo Andy, mirando a los tres como si hubieran perdido la cabeza—. Daniels no está muerto. Ni crucificado, ni mutilado, ni destripado. ¡Daniels está vivo! Está aquí mismo, en la habitación que da a la vuelta del pasillo.
La mirada de Terry, Evelyn y Kendra se congeló. La confusión previa se transformó en un desconcierto aterrador.
—Mentiras... Eso es imposible. Yo vi su cadáver —insistió Evelyn, dando un paso atrás, con la voz temblorosa—. Yo vi la sangre... Vi sus ojos vacíos. No puede estar vivo, Andy.
—¡Les digo que sí! —replicó Andy levantando el botiquín de metal que llevaba en la mano—. De hecho, estuve buscándole esto porque tiene la pierna destrozada. Le vi el fémur saliendo de la carne, pero está consciente. Si no me creen, vengan conmigo y compruébenlo ustedes mismos.
Nadie respondió. La vacilación y el asombro paralizaban sus piernas, pero la certidumbre en los ojos de Andy los obligó a seguirlo. En absoluto silencio, caminando con los músculos tensos y el pulso acelerado, acompañaron a Andy por el pasillo.
Al girar la esquina e ingresar a la deteriorada habitación, la penumbra les reveló la escena. Allí, sobre la cama destrozada, yacía la figura de Daniels. El hueso astillado sobresalía de su muslo de una forma repulsiva y la sangre continuaba goteando en el suelo, pero su tórax subía y bajaba con respiraciones agitadas.
Kendra se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Evelyn se petrificó en la entrada. Terry retrocedió un paso, paralizado entre el asombro y el terror visceral.
—Daniels... —susurró Terry, con la voz ahogada por el pánico—. Estás... estás vivo. Pero... ¿cómo es posible? ¡Yo te vi morir! Te vi clavado en esa maldita pared...
Daniels giró lentamente la cabeza hacia ellos. Sus ojos, inyectados en sangre y rodeados de profundas ojeras moradas, clavaron una mirada llena de odio y rabia contenida sobre Terry.
—Ya quisieras tú que me hubiera muerto, hijo de perra... —escupió Daniels con una voz burlona ,para poder romper con la tensión, mientras una sonrisa macabra se dibujaba lentamente en sus labios.



#111 en Terror
#181 en Paranormal

En el texto hay: maldicion, terro, terror hospital

Editado: 05.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.