El terror se congeló en el rostro de los presentes, pero fue en Andy donde el pánico caló hasta los huesos. Estaba absolutamente petrificado por la abominación que acababa de presenciar. Aquella criatura —lo que hasta hace solo unos instantes solía ser Evelyn— lo había señalado fijamente, lanzándole una advertencia que resonaba como un eco maldito en su cabeza. Sus ojos, desorbitados por el horror, reflejaban la sombra del desconcierto, mientras su cuerpo entero vibraba con un temblor incontrolable, inestable como gelatina. Andy quería gritar, quería soltar un millón de palabras, explicaciones, súplicas, pero el nudo en su garganta le estrangulaba la voz. Desorientado y sin fuerza en las piernas, comenzó a dar pasos en falso hacia atrás hasta colapsar por completo.
Un desgarrador alarido de dolor cortó el aire enrarecido y sacó bruscamente a Andy de aquel transe hipnótico.
—¡Aaaaaaaggh! ¡Maldita sea, mi pierna! —gritó Daniels, retorciéndose en el suelo mientras intentaba apartar a Andy, quien había caído de golpe sobre su extremidad lesionada.
—¡Quítate de encima, Andy! ¡Aparte de mí, carajo! —resonó la voz agónica de Daniels, con la respiración entrecortada y el rostro desencajado por el sufrimiento.
—L-lo... lo siento... lo siento mucho, amigo... —balbuceó Andy con torpeza, arrastrándose a toda prisa hacia un lado.
Un crujido seco y sordo retumbó desde la articulación de Daniels al liberarla del peso, sacándole un nuevo gemido de entre los dientes apretados. Daniels se sujetó el muslo, tratando de asimilar el dolor antes de mirar alrededor. La atmósfera en la habitación era pesada, sofocante, impregnada de un tufo metálico y un frío anormal.
—¿Qué... qué demonios está pasando aquí? —preguntó Daniels, pasando la mirada de un rostro a otro, sintiendo que el pánico de sus amigos se contagiaba como una plaga—. ¿Por qué escucho tantos gritos? ¿Por qué lucen todos como si hubieran visto al mismísimo diablo? ¿Qué fue lo que pasó? ¡¿Y dónde diablos está Evelyn?!
El silencio que siguió fue denso, opresivo. Nadie quería romperlo, como si nombrar la pesadilla la hiciera regresar.
—Evelyn... Evelyn huyó... —logró articular Kendra. Su voz era un hilo frágil, cortado por sollozos ahogados mientras abrazaba sus propias rodillas, temblando.
—¿Cómo que huyó? —replicó Daniels, entre confundido y alterado, apretando los puños—. ¿Qué carajos le hicieron? ¿Por qué se iría así en medio de la nada? ¡Hablen de una vez!
Terry dio un paso al frente, aunque sus manos no dejaban de temblar visiblemente. Trató de tragar saliva, pero tenía la garganta seca.
—Estábamos... estábamos todos durmiendo —comenzó a relatar Terry, con un tono cavernoso y falto de aliento—. De pronto, un ruido seco, un golpe fuertísimo sacudió el lugar y nos despertó de golpe. Al abrir los ojos... la vimos. Evelyn estaba en el suelo... como si estuviera convulsionando. Se retorcía de una forma inhumana, escuchamos cómo le crujían los huesos. Y luego... luego su cuerpo empezó a cambiar delante de nosotros. Su piel se volvió grisácea, cadavérica, y su mirada... oh dios, su mirada cambió de golpe. Sus ojos estaban totalmente blancos, vacíos, sin pupilas...
—¡Me señaló a mí! —lo interrumpió Andy bruscamente, incapaz de contener el tormento que le carcomía la mente.
Terry guardó silencio, dejando que Andy hablara. La cara de Andy era un lienzo de puro espanto, pálida y sudorosa; la mandíbula le temblaba tanto que las palabras apenas lograban salir entre sus dientes.
—Esa... esa cosa me miró fijamente a los ojos —prosiguió Andy, con la voz quebrada y un hilo de voz helado—. Levantó su brazo, con los dedos rígidos, deformes, y me apuntó directamente. Dijo... dijo con una voz que no era la suya, una voz cavernosa que parecía salir desde el infierno: *«Las consecuencias de tu estupidez serán tu muerte»*. Y luego... luego simplemente dio la vuelta, se desplazó de una forma grotesca y se perdió en la oscuridad del pasillo...
—¿Eso... eso es una posesión? —preguntó Daniels con un hilo de voz que delataba el pánico contenido en su pecho, ahogándose con sus propias palabras—. ¿Me estás diciendo en serio que Evelyn... que esa cosa que viste era Evelyn siendo poseída?
—¡No tengo la menor idea de si es una posesión o qué demonios sea! —exclamó Kendra, apretando los puños mientras las lágrimas de impotencia se mezclaban con el sudor de su rostro—. Pero sea lo que sea, ¡hay algo sucio y malévolo habitando en el cuerpo de Evelyn! Está sufriendo, ¿no lo entienden? ¡Hay algo dentro de ella y tenemos que hacer algo antes de que sea demasiado tarde!
—¿Hacer algo? ¿Volviste a perder la cabeza, Kendra? —interrumpió Andy, alzando la voz con una histeria furiosa—. ¡¿Acaso no la viste?! ¡Viste a esa maldita entidad! ¡Está completamente poseída, sus ojos eran una cuenca vacía y ahora solo quiere desgarrarnos la garganta a todos! Además... seamos realistas por una puta vez: ¡ninguno de nosotros sabe qué carajos hacer en una situación como esta! ¡No somos exorcistas, carajo!
En aquel preciso momento, la pesada puerta de madera por donde minutos antes había salido Evelyn —y que se encontraba herméticamente cerrada— comenzó a resonar. Un sonido seco y profundo retumbó en la habitación, como si del otro lado hubiera alguien tocando pacientemente.
***¡TOC, TOC, TOC!***
El silencio absoluto reinó durante unos agónicos segundos. Nadie se atrevió a dar un solo paso. El aire se volvió tan denso y helado que cada respiración quemaba los pulmones de los muchachos. Nadie pronunció una sola palabra; la parálisis era total.
***¡TOC, TOC, TOC!***
La puerta volvió a sonar, esta vez con una vibración más pesada que sacudió el marco.
—¿Q-qué... quién... quién está ahí? —consiguió formular Kendra con la voz completamente entrecortada, apretándose contra la pared más cercana.
Del otro lado del umbral, nadie contestó. El vacío absoluto de una respuesta heló aún más el ambiente. Sin embargo, los golpes contra la puerta no cesaron; al contrario, con cada segundo que pasaba se volvían más frenéticos, más violentos y sofocantes, haciendo crujir la madera con una fuerza descomunal.
—¡Dije que quién mierda está allí! —gritó esta vez Andy, retrocediendo a tropezones mientras buscaba a tientas algo con qué defenderse.
De pronto, un sonido abominable proveniente del pasillo los dejó completamente paralizados. Un murmullo fúnebre y frenético, una amalgama distorsionada de cientos de voces bisbiseando al mismo tiempo en un idioma extinto, llenó el ambiente. Era tan intenso, agudo e insoportable que obligó a los chicos a taparse los oídos de inmediato. El dolor era sofocante; en solo fracciones de segundo, la frecuencia de aquel ruido desgarrador les provocó un dolor de cabeza punzante, tan agudo que sintieron que sus tímpanos iban a reventar.
Aquel lamento infernal retumbó en sus mentes durante diez eternos segundos... hasta que, tan repentinamente como empezó, desapareció en un chasquido, devolviendo la estancia a un silencio sepulcral.
—¿Qué... qué carajos fue eso? —susurró Terry, desplomándose ligeramente con las manos todavía pegadas a la cabeza y los oídos retumbándole como la campana de un templo.
—Tenemos que irnos de aquí. ¡Ahora mismo! —ordenó Andy. Su tono de voz, aunque sereno, intentaba imponer una autoridad desesperada para enmascarar el terror que amenazaba con quebrarlo—. Este lugar ya no es seguro, si es que alguna vez lo fue. Busquemos la puta salida de inmediato y larguémonos de este infierno antes de que esa cosa regrese.
—¡¿Y qué hay de Evelyn?! —chilló Kendra, mirándolo con horror e incredulidad—. ¡No podemos simplemente dejarla a su suerte! ¡Hay que encontrar a Evelyn, Andy! ¡Es nuestra amiga!
—¡Entiéndelo de una puta vez, Kendra! ¡Esa maldita mujer ya no es Evelyn! —estalló Andy, señalando salvajemente la puerta crujiente—. ¡Todos la vimos! ¡Vimos en lo que se convirtió! Ya no se puede hacer nada por ella; ahora Evelyn es solo otra pieza de este lugar maldito. Y yo... yo no pienso morir atrapado en esta ratonera. Así que me importa un carajo si decides quedarte a morir con ella, es tu maldito problema. Pero yo no voy a volver a cometer la estupidez de elegirlos a ustedes por encima de mi propia supervivencia. ¡Primero estoy yo!
—¿Ah, sí? ¿Ahora somos una simple "estupidez" para ti? —repidió Kendra, acercándose a él con el rostro encendido por la rabia y el llanto—. ¡Eres un egoísta! ¡Un maldito bastardo sin corazón!
—¡Ya basta, maldita sea! —rugió Terry, interponiéndose entre los dos con los ojos inyectados en sangre—. ¡Ya me tienen harto todos ustedes con sus peleas estúpidas! ¿No se dan cuenta? ¡Así no vamos a llegar a ningún lado! Esto... precisamente esta división es lo que quiere este maldito lugar. Quiere separarnos, quiere que nos destrocemos entre nosotros para podernos cazar uno a uno. Ya perdimos a Mónica... y ahora Evelyn está... bueno, ni siquiera sé qué carajos le pasó a Evelyn. Pero no podemos seguir cayendo en su juego, o les juro por Dios que todos terminaremos igual o peor que ellas.
—Terry tiene razón... Hay que irnos ya —intervino Daniels, apoyándose con firmeza sobre la pierna lastimada y dando un paso al frente—. Yo... yo ya me siento un poco mejor de la pierna y puedo caminar. Lo más sabio será buscar una salida e irnos juntos.
Kendra bajó la cabeza, sintiendo cómo la culpa la consumía por dentro. Sus hombros colapsaron.
—Lo siento... Lo siento mucho, chicos. Estoy aterrorizada y muy nerviosa... Perdórenme —murmuró, ahogada en lágrimas.
—Está bien, pero necesitamos ser inteligentes —respondió Terry, mirando a cada uno fijamente a los ojos—. Vamos a salir de aquí con vida. Y no nos vamos a volver a separar por nada del mundo, porque unidos somos más fuertes que cualquier mierda abyecta que habite en esta pesadilla.
Sin decir una palabra más, Kendra, Andy y Daniels salieron en fila india detrás de Terry, quien de manera natural había asumido el liderazgo y la batuta para guiar al maltrecho grupo de amigos.
Al cruzar el umbral y avanzar unos cuantos metros por el tenebroso pasillo, una pared descascarada llamó su atención. Escrito con lo que parecía ser hollín reciente, había un letrero grotesco con un mensaje directo:
> **"La verdad y la salida están en el piso 7. En la habitación 777."**
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Aquel mensaje dejó helados a los muchachos. Estaban completamente seguros de que antes no había nada escrito en esa pared. Sin embargo, la sola idea de saber que en el séptimo piso se encontraba la respuesta para escapar de esa tortura despertó una profunda e inevitable intriga en ellos.
—Tenemos que ir a ese lugar —dijo Kendra, con una repentina chispa de esperanza iluminando sus ojos por primera vez en horas.
—No... Ni lo pienses. Puede ser una maldita trampa —repuso Andy, negando con la cabeza e inspeccionando las sombras—. Todo lo que hemos visto, oído o leído en este lugar nos ha destruido. Nos ha hecho perder a dos amigos. Yo no confío en nada de lo que esté escrito en estas paredes.
—¿Pero qué dices, Andy? ¡Acaso tú no eres el que más desesperado estaba por salir de aquí! —resonó la voz de Kendra, encarándolo de nuevo.
—Andy, escúchame —dijo Terry, tratando de mantener la calma en medio del ambiente enrarecido—. Sé perfectamente que todo lo que hemos vivido aquí nos está volviendo locos a todos. La paranoia nos está comiendo vivos. Pero no podemos quedarnos paralizados sin hacer nada. Quizás... solo quizás, si vamos esta vez, logremos encontrar la puerta hacia la libertad. Hay que intentarlo.
El grupo permaneció en silencio hasta que Andy suspiró pesadamente, derrotado.
—Está bien... Subamos. Pero ojalá esto no sea algo de lo que después nos estemos arrepintiendo cuando ya no haya marcha atrás.
Una vez dicho esto, los cuatro amigos tomaron camino hacia las oscuras escaleras de emergencia. Subieron tramo por tramo, piso por piso, sintiendo cómo el eco de sus pisadas los perseguía, pero milagrosamente sin sufrir ningún altercado o presencia hostil, hasta que finalmente alcanzaron el nivel deseado: **el piso 7**.
Sin perder un solo segundo, caminaron por el pasillo envuelto en bruma hasta dar con la puerta que buscaban. Unas letras doradas y gastadas marcaban la **Habitación 777**.
La puerta de madera maciza estaba herméticamente cerrada. Antes de atreverse a girar el pomo, los cuatro chicos se detuvieron y tomaron una profunda bocanada de aire, tratando de calmar sus desbocados corazones.
Terry miró a sus compañeros, esbozó una ligera y exhausta sonrisa de determinación y puso la mano sobre el picaporte.
—Ya estamos aquí. Ahora vamos a salir de esta pesadilla... Es hora de ir a casa.