Habitación 777

Capítulo 8 falsas esperanzas

Tras la desgarradora visión de aquellas tumbas que llevaban grabados sus propios nombres y fechas de muerte, el aire en el pasillo se volvió pesado, helado y denso. De pronto, la estructura misma del lugar comenzó a mutar. El concreto y la pintura desgastada de las paredes perdieron su solidez, transformándose en una masa de tono cristalino y transparente que dejaba al descubierto su horrendo interior.
Si el pánico que atenazaba el pecho de los jóvenes ya era abrumador, este fenómeno terminó por destrozar lo último que les quedaba de cordura. Atrapados dentro de aquellas paredes transparentes, se apreciaban decenas de cuerpos humanos. Eran cadáveres grotescamente mutilados, con las extremidades abiertas en ángulos antinaturales y desgarradas hasta el hueso. Pero la verdadera aberración no era la carne expuesta; era que todos y cada uno de aquellos muertos mantenían los ojos abiertos de par en par. Había una consciencia maligna en sus pupilas dilatadas. Sabían perfectamente que los cuatro estaban allí, pues sus miradas fijas y penetrantes los seguían con un hambre voraz.
Por un segundo que pareció una eternidad, el corazón de los muchachos dejó de latir. La visión era devastadora, un monumento a la agonía. Sin embargo, el horror escaló a un nivel indescifrable cuando, en medio de aquel mar de cadáveres mutilados que los observaban, distinguieron a Mónica. Su rostro reflejaba una expresión desfigurada por el terror y la malicia. Con un movimiento lento y rígido, levantó su brazo cadavérico y apuntó con el índice directamente hacia ellos cuatro.
De inmediato, como en un macabro efecto dominó, cada uno de los muertos atrapados en la estructura comenzó a erguir sus dedos para señalar a los chicos. Acto seguido, sus rostros marchitos se contorsionaron para articular una sonrisa amplia, demoníaca y carente de toda humanidad.
—No... no, esto no puede ser real. Mónica... ¿por qué nos miras así? ¡Por favor, basta! —alcanzó a articular Terry, con la voz quebrada y el cuerpo temblando descontroladamente.
—¡No los mires! ¡No los mires a los ojos, Terry! —gritó Daniels, tratando de sostenerse contra la pared opuesta mientras el sudor frío le cubría la frente—. ¡Tenemos que salir de este pasillo ya!
Antes de que pudieran reaccionar o dar un solo paso para huir, un sonido metálico y oxidado rompió el sofocante silencio: la melodía pausada y tétrica de una caja musical de juguete. Las notas retumbaban en el aire como un eco siniestro. Kendra, de repente, congeló sus movimientos. Sus pupilas se dilataron, perdiendo cualquier destello de lucidez, y como si estuviera bajo un trance hipnótico, comenzó a avanzar paso a paso hacia el fondo del pasillo, donde descansaba una diminuta caja de madera.
*“Ven, Kendra... camina un poco más... ven, que justo aquí está la salida...”*, le susurraba al oído una voz espectral y cavernosa que solo ella era capaz de escuchar.
—¡Kendra! ¿Qué demonios haces? ¿A dónde vas? ¡Detente! —exclamó Terry, con el pánico apoderándose por completo de su tono de voz mientras intentaba alcanzarla.
—A la salida, Terry... —respondió Kendra con un hilo de voz monótono, sin girar la cabeza, con la mirada completamente perdida en la nada—. Voy hacia la salida... Nos están esperando allá...
—¿Cuál salida? ¡Aparentemente no hay nada ahí, solo esa maldita caja! ¡Reacciona, por favor, Kendra, mírame! —volvió a gritar Terry, sujetándose la cabeza con desesperación.
Las decenas de ojos incrustados en la pared transparente no perdiendo detalle. Observaban cada movimiento, saboreando el colapso del grupo. Kendra, sin ser consciente de sus actos, caminaba en dirección a lo que el hospital consideraba "la salida"; una puerta de escape que no era la que ellos deseaban para salvar sus vidas, sino la que la entidad del hospital les tenía destinada.
—¡Kendra, por lo que más quieras, detente! ¡Te lo pigo por favor, no te acerques a esa cosa! —suplicó Andy, al borde del llanto, sintiendo cómo el miedo le oprimía el pecho al punto de asfixiarlo.
*“Ven, Kendra... solo unos pasos más... ya casi estás aquí y serás libre para siempre...”*, repetía la voz hipnótica, infundiéndole una convicción y una firmeza sobrehumana para continuar su marcha.
La joven avanzó hasta quedar frente a la caja musical. Sobre ella, una pequeña bailarina de ballet giraba torpemente sobre su eje mientras la melodía continuaba sonando en un tono cada vez más agudo y desafinado.
Daniels, Andy y Terry corrieron desesperados para interceptarla. Desplegaron todas las súplicas e intentos posibles por sujetarla, pero fue en vano. Kendra cruzó el umbral e ingresó a la habitación contigua. En ese preciso instante, la pesada puerta de madera se cerró de golpe a sus espaldas con un estruendo seco, dejándola completamente encerrada. Al mismo tiempo, la música cesó de manera abrupta y la bailarina de juguete detuvo su danza.
En medio de la densa penumbra de la habitación, una sombra amorfa comenzó a descolgarse de las paredes, asechando lentamente a la chica.
—Ahora eres completamente mía... —retumbó la voz en la habitación mientras la sombra se materializaba en el centro del recinto.
—Hola, Kendra...
Al escuchar su nombre articularse con tanta frialdad y al ver la figura que emergía frente a sus ojos, Kendra parpadeó, recuperando la conciencia solo para ser dominada por un horror absoluto. El terror invadió cada célula de su cuerpo al reconocer el rostro de la sombra: era Evelyn. Sin embargo, su aspecto era grotesco y demoníaco; sus facciones estaban deformadas por la malicia y sus ojos eran dos cuencas de oscuridad pura. Era evidente que la Evelyn que conocían ya no gobernaba ese cuerpo; ahora no era más que el vasallo de un ente perverso del más allá.
Dominada por la desesperación, Kendra se giró y comenzó a golpear la madera de la puerta con los puños, gritando con todas las fuerzas que le quedaban en los pulmones:
—¡Ayúdenme! ¡Por favor, sáquenme de aquí! ¡Ayúdenme, se los suplico!
Al escuchar los gritos desgarradores de su amiga, los tres chicos no lo dudaron. Juntando el resto de fuerzas que les quedaban, se abalanzaron violentamente en multitud contra la puerta. La estructura cedió y se derribó de golpe. Tras el impacto, Kendra cayó pesadamente al suelo, sufriendo un fuerte golpe en su pierna que le sacó un gemido de dolor.
—¡Levántate, rápido! ¡Tenemos que salir de aquí ya! —gritó Daniels.
Como pudieron, los chicos se incorporaron a toda prisa, levantaron a Kendra del suelo y se prepararon para huir. Pero justo cuando iban a emprender la carrera por el pasillo, un apagón repentino devoró el lugar. Todo el corredor quedó sumergido en una oscuridad absoluta, tan densa que no podías ver tus propias manos.
Aun así, a ciegas y dominados por la adrenalina, los chicos continuaron corriendo a la deriva, tropezando contra las paredes. De pronto, un grito ensordecedor y desgarrador de agonía paralizó en seco a todo el grupo.
En ese instante, una luz tenue y enfermiza volvió a iluminar el pasillo. La escena que contemplaron al recuperar la visión fue sencillamente devastadora.
Andy yacía tendido en el suelo sobre un charco de sangre. Su estómago había sido abierto de par en par con una violencia brutal, y su cuerpo presentaba profundos rasguños y desgarros que le atravesaban la ropa y la piel.
Terry, al contemplar semejante carnicería, sintió que el mundo se le venía abajo y corrió desesperado hasta caer de rodillas junto a él.
—¡Andy! ¡No, no, no! ¡Amigo, mírame, por favor! —exclamó Terry, con la voz completamente ahogada por el llanto y sujetándole el rostro.
—Viejo... me... me... muero... —fueron las últimas y agónicas palabras que salieron de los labios de Andy antes de que sus ojos perdieran el brillo de la vida y se cerraran para siempre.
En ese mismo momento, las paredes del pasillo perdieron su transparencia, recuperando su color y textura original, dejando al resto atrapados en un silencio sepulcral.



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En el texto hay: maldicion, terro, terror hospital

Editado: 05.08.2026

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