Háblame sin mirarme

16. Tornado

Diana cerró la puerta y no pudo evitar recostarse un momento en ella con una sonrisa tonta en el rostro.
Se llevó los dedos a los labios sin poder creerse que los últimos minutos fueron reales. Aunque todavía podía sentir el fantasma de sus labios.
La adrenalina y la euforia se hicieron presentes y tuvo la necesidad de chillar, gritar, correr. Lo que sea para liberar esa emoción tan maravillosa que le recorrería el cuerpo.
La felicidad era un manjar que pocas veces pudo saborear esos últimos meses. Así que no se iba a privar de la libertad de vivirla y disfrutarla.
Caminó hasta las escaleras bailando al ritmo de una balada romántica que estaba solo en su cabeza. Iba dando brinquitos y vueltas mientras se dirigía a la escalera.
Ni siquiera le importó que las ventanas estuviesen abiertas.
Con Daniel, no tenía la certeza de hacia donde se dirigían o si estaba destinado a terminarse pero algo si sabía: su mundo estaba a punto de cambiar.
Estaba extasiada por aquel sentimiento tan dulce y mágico que lo demás parecía irrelevante.
O bueno, al menos eso sintió hasta que llegó al pasillo donde los gritos de Tomás desde la oficina de su padre, fueron la aguja que reventó la burbuja de alegría.
Con curiosidad se acercó hasta la puerta, teniendo cuidado de pisar bien y no ser escuchada.
No se tuvo que esforzada mucho. Era algo que se le daba bastante bien.

-...creas que por lo que estás haciendo vas a tener una oportunidad de acercarte a nosotros. No te debemos una mierda.

No podía ni siquiera especular de con quién podría ser estar hablando. Tomás era malhumorado, así que la persona a la que estaba gritando podría ser cualquiera. Desde un amigo o compañero de trabajo hasta algún pobre empleado de su compañía de teléfono que no estaba cooperando.

- No. No te atrevas a acercarte. Papá tendrá la decisión al respecto. ¿Qué? No.. no sabía eso ¿Tu cómo lo sabes? Si, si estaré pendiente. Ah y ahora quieres darme órdenes. No. No. Que te jodan, yo sabré como cuidar a mi familia.

Bueno...
Eso fue bastante intenso. Ahora el tema la involucraba de alguna manera y Diana no tenía ninguna pista de lo que pasó allá dentro.
Tenía demasiadas preguntas.

- ¿Con quién hablabas? - preguntó entrando de golpe a la oficina de su padre.

Era una habitación pequeña con un escritorio y una computadora. En la pared estabas un archivador y varias fotos familiares colgadas.
Tomás vaciló unos segundos. Y lo conocía tan bien que sabía que estaba maquinado una mentira muy elaborada en su cabeza.

- Con el abogado - respondió sin mirarla y con la vista puesta en la pantalla de la computadora - A veces se entromete demasiado. Cómo sea Diana, no estoy de humor para hablar. Vete.

El abogado.
Bueno, quizás se había equivocado. Pensándolo mejor, tenía sentido que fuese él. ¿Con qué otra persona discutiría algo relacionado con papá?
No sabía si creerle o no. Porque lo cierto era que a veces Diana se armaba historias bastante revueltas en su cabeza. Como cuando salía y juraba que alguien la perseguía.

- Necesitas controlarte un poco ¿Por qué tienes que ser tan grosero con todos? Te portaste muy mal con Daniel y sabrá Dios que le dijiste mientras no estaba.
Su hermano rodó los ojos.

- En primer lugar. Solo soy grosero con imbéciles. En segundo lugar, no soy un hipócrita. Odio que Daniel esté cerca tuyo y puedes irte sacando de la cabeza que algún día lo voy a aceptar.

Diana debería darse la vuelta y salir de la oficina porque conocía muy bien ese tonito. Ese que decía "estoy a punto de explotar". Una persona cuerda evitaría aquello.
Solo que estaba harta de ser intimidada por especie masculina. ¿Por qué debía ser ella la que daba la vuelta? ¿Y por qué no era él el que cuidase sus palabras?

- ¿Qué te hace creer que estoy esperando tu bendición o algo por el estilo? Lo único que espero de ti es que dejes de ser tan maleducado con él y te comportes de forma civilizada.

- Diana. Lárgate ya. No quiero decir algo de lo que me arrepienta.

- ¿Y qué cosa podrías decir? - inquirió dando unos pasos hacia él.

Se estaba exaltando ella también.
Tomás tenía la tendencia a creerse el dueño de la razón siempre.

- Que fuera de nosotros, estás sola. Por eso es tan patético que te emociones por la poco de atención que te da Daniel, estás tan desesperada por ella que no ves más allá de tus narices. Tú no lo conoces todavía, yo desafortunadamente si. El tipo está roto. No te va a hacer bien. La única razón por la que está contigo es que... - y se detuvo.
Se detuvo justo cuando el corazón de Diana pendía de un hilo. Y no sabía si era por la información que recibía o por lo cruel que era su hermano.

- ¿POR QUÉ TOMÁS? Termina la maldita frase.

Por un momento pensó que no respondería. Pero al contrario, se levantó de la silla con una mirada oscura en la que Diana no pudo reconocer los ojos de su hermano. Le dió escalofríos la forma en que sus movimientos eran como los de un animal feroz a punto de atacar. Lentos y peligrosos.

- La única razón por la que está detrás de una niña tonta e ilusa como tú es porque se quiere meter en tus pantalones.

Pocas veces en su vida sus manos habían reaccionado antes de que su propio cerebro atinara qué hacer. Aunque de todas formas, no se arrepintió de la fuerza con la que su palma golpeó la mejilla de Tomás.
Su hermano cerró los ojos y Diana supo que se arrepintió. Pero ya era demasiado tarde. No importa lo que dijese para retractarse, nada quitaría el peso de sus palabras.

- Diana...- comenzó sonando más cauteloso.
- No - contestó severamente - ¿Sabes? Antes me habría creído lo que dijiste. El que no tengo ninguna cualidad destacable y por eso los chicos solo me querrían para eso. Pero estoy cambiando y ahora sé que soy un ser humano valiosisimo. Y sé... - respiró entrecortadamente luego de hablar apasionadamente - Sé que tengo todo para que alguien me quiera - se escuchó hablando a sí misma con tanta seguridad que quiso abrazarse. Porque tuvo que pasar por mucho para por fin entenderlo.
Su hermano estaba mudo.




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