Una ciudad sumida en ruinas se extendía bajo un cielo asfixiante. El olor a sangre y ceniza lo inundaba todo. A su alrededor, los cuerpos inertes de cientos de caballeros yacían esparcidos sobre el suelo destruido, con sus armaduras destrozadas como testimonio de una masacre.
En medio de aquel horror, una mujer de cabello intensamente pelirrojo, cuya armadura agrietada apenas se mantenía en pie, sostenía con delicadeza a un tierno bebé. Con lágrimas en los ojos y la respiración entrecortada, contempló el rostro del bebé por última vez antes de susurrarle con voz rota:
-Sobrevive por nosotros... y vive una vida tranquila.
¡BIIIIP! ¡BIIIIP! ¡BIIIIP!
Ethan se incorporó de golpe en la cama, con el corazón latiéndole a mil por hora y la frente empapada en sudor. Parpadeó un par de veces, frotándose los ojos mientras la caótica imagen de la ciudad destruida se desvanecía de su mente. Solo había sido un sueño.
De inmediato, el agudo sonido de la alarma lo devolvió a la realidad. Al mirar la hora, el color se le fue del rostro: ¡estaba a punto de llegar tarde a su primer día de preparatoria! Olvidándose por completo de la pesadilla, saltó de la cama, se uniformó velozmente y salió corriendo de su hogar sin mirar atrás.
Mientras corría lo máximo que podía, un repentino destello hizo que disminuyera el paso hasta detenerse por completo. Una extraña e intensa sensación le invadió los ojos. Desde niño creció en un orfanato antes que lo adoptaran Ethan había poseído la peculiar habilidad de percibir una extraña energía alrededor de las personas; sin embargo, siempre había visto esa energía como un aura borrosa, difusa e incolora que solo podía ver de vez en cuando. Esta era la primera vez en su vida que contemplaba esa extraña energía con tanta nitidez.
Era una deslumbrante energía amarillenta. Emitía un brillo tan cálido y puro que, con solo mirarla, daba la impresión de ser capaz de curar el alma.
Intrigado, Ethan siguió el rastro de la luz con la mirada. El resplandor provenía de una hermosa chica rubia de ojos verdes que vestía un hermoso vestido blanco y llevaba un sombrero café. Se encontraba en un pequeño jardín, observando los girasoles con una tranquilidad que contrastaba con el bullicio de la mañana.
Ethan se quedó completamente embobado por la escena, hipnotizado por la belleza de la joven y la calidez de su energía. Quizás fue la intensidad de su mirada, pero la chica pareció percatarse de que alguien la observaba. Se dio la vuelta despacio y, en un instante que pareció congelarse, sus ojos se encontraron.
De repente, una punzada en la vista hizo que la percepción de Ethan regresara a la normalidad; la energía amarillenta desapareció de golpe. Al bajar la mirada hacia el reloj de su muñeca, el pánico regresó: la hora de entrada ya había pasado. Volvió a correr a toda prisa, aunque una última idea cruzó por su mente mientras se alejaba: «Ojalá hubiera podido saber su nombre».
Cuando finalmente llegó a la preparatoria, cruzó las puertas del auditorio caminando con la mayor cautela posible, encorvando los hombros para intentar pasar desapercibido entre los profesores. En el escenario, los estudiantes con los mejores promedios de primer año daban sus discursos de ingreso, mientras el resto de los alumnos escuchaban con atención, sentados en columnas de sillas azules.
Por desgracia para Ethan, su sigilo no funcionó. Uno de los docentes lo descubrió en el acto y lo arrastró hacia un rincón para reprenderlo. Mientras recibía el respectivo regaño, Ethan desvió la mirada hacia las filas de asientos y localizó a sus dos mejores amigos: Himawari, una chica de cabello corto color café con una actitud de tsundere, y Ren, un chico rubio de ojos azules que siempre destacaba por ser popular entre las chicas. Ambos lo miraban con expresiones que mezclaban la lástima y el reproche.
Una vez que concluyeron los discursos y las ceremonias de bienvenida, los nuevos estudiantes se dirigieron ordenadamente a sus respectivos salones. Sin embargo, el castigo de Ethan no había terminado: se vio obligado a permanecer de pie en el pasillo exterior durante todo el primer periodo como un castigo por su impuntualidad.
Cuando el timbre anunció el fin de la primera clase, el profesor a cargo finalmente le dio permiso para entrar al aula antes de retirarse. Ethan caminó hacia el fondo del salón, soltando un pesado suspiro. Como no había estado presente durante la asignación de asientos, solo quedaban dos lugares vacíos. Escogió el que estaba al fondo, justo al lado de la ventana; debido a la mala suerte, su silla había quedado bastante alejada de las de Ren y Himawari.
Apenas se sentó, Himawari se levantó de su sitio abruptamente, caminó a grandes zancadas hacia el pupitre de Ethan y exclamó con indignación:
-¡ETHAN! ¡Por culpa de tu retraso ya no podremos sentarnos los tres juntos!
Ren se acercó detrás de ella de inmediato, colocando una mano en su hombro en un intento por su rabia.
-Calma, Himawari -dijo Ren con una sonrisa tranquila-. Míralo por el lado bueno: al menos nos tocó en el mismo salón y no en uno diferente.
La chica soltó un bufido y se cruzó de brazos, visiblemente más calmada. En ese momento, el profesor del siguiente periodo entró al aula, obligando a los estudiantes a regresar rápidamente a sus lugares. Las horas transcurrieron con normalidad entre apuntes y explicaciones hasta que el timbre anunció el final de la jornada escolar.
Al terminar las clases, Ren y Himawari le explicaron a Ethan que darían una vuelta por el colegio para ver a qué clubs podían unirse, por lo que se quedarían un rato más en el colegio.
-Nos vemos mañana, entonces -se despidió Ethan agitando la mano-. Los clubes no son lo mío, así que me adelanto.
De camino a casa, sus pasos lo llevaron de manera inconsciente hacia el jardín de girasoles. En el fondo de su corazón, Ethan guardaba la pequeña esperanza de volver a encontrarse con la misteriosa chica rubia, pero el lugar estaba completamente desierto.