Ethan abrió los ojos lentamente. Lo primero que notó fue que la rigidez de su cuerpo había desaparecido, pero el entorno le resultó completamente ajeno. No estaba en su habitación. Se encontraba recostado en una cama dentro de un cuarto, prácticamente vacío y sin decoraciones. Al girar un poco la cabeza, descubrió a Hikari sentada en el suelo justo a su lado, observándolo fijamente con una mezcla de alivio y cansancio.
Un súbito calor invadió el rostro de Ethan al verse atrapado bajo su mirada. Se acomodó de golpe en el colchón.
-Hikari... ¿Dónde... dónde demonios estamos? -preguntó, frotándose la nuca.
-En mi departamento -respondió ella con total naturalidad-. Como no tenía la menor idea de dónde vives, no me quedó otra opción que cargarte hasta aquí.
Los engranajes en la cabeza de Ethan comenzaron a girar, devolviéndole los recuerdos de la caótica batalla del jardín de girasoles.
-Recuerdo que... empuñé una especie de espada azul y exterminé a ese monstruo gigante -murmuró, mirando sus propias manos-. Después intenté cargarte para llevarte a un médico, pero todo se volvió negro.
-Sí, tu memoria está en lo correcto -asintió Hikari, esbozando una sutil sonrisa-. Pero, para ser sincera, eras tú quien necesitaba más tratamiento que yo. Utilicé mis poderes para sanar tus heridas internas y detener el desgaste, y luego simplemente te dejé descansar aquí.
Ethan se le quedó viendo por unos segundos. Había demasiadas preguntas acumuladas en su mente.
-Oye... ¿Me podrías explicar mejor qué eran exactamente esos monstruos?
Al escuchar la pregunta, Hikari desvió la mirada con evidente nerviosismo, jugando con un mechón de su cabello dorado mientras un ligero rubor cubría sus mejillas.
-Bueno... Te lo diré. Ayer me emocioné tanto al ver ese hermoso jardín de girasoles que, sin darme cuenta, liberé una cantidad exagerada de mi mana. Esa energía se quedó fuertemente impregnada en la tierra y, debido a la inestabilidad, el entorno mutó por completo hasta crear a esos monstruos.
Ethan la miró con una ceja alzada y una sonrisa burlona.
-O sea que, básicamente, todo ese desastre sucedió porque no eres capaz de controlar tu propio mana ni tus emociones.
-¡No me di cuenta de que había liberado tanta energía solo por ponerme feliz! -protestó ella, inflando las mejillas-. Pero dejando eso de lado... En nuestra conversación en la azotea, mencionaste que a veces percibes las energías de las personas, ¿verdad?
-Sí, pero no veo qué tiene eso de raro.
-Para ti no lo es, pero gracias a tu explicación me di cuenta de algo crucial -explicó Hikari, recuperando la seriedad-. Tú solo eres capaz de notar la energía cuando esta se vuelve sumamente inestable o se eleva mucho. Por eso no la percibes en tu día a día, a pesar de que absolutamente todos los seres vivos desprenden energía constantemente para poder mantenerse con vida.
Ethan unió las piezas en su mente de inmediato.
-Entonces te diste cuenta de que fuiste una completa imprudente porque yo no suelo ver las energías comunes.
-¡Exacto! -admitió Hikari, soltando una risita avergonzada-. Por eso decidí regresar al jardín esta tarde, para comprobar el estado del lugar. Pero cuando llegué, te encontré rodeado por los monstruos, así que no me quedó más opción que transformarme y atacar.
Ethan guardó silencio, asimilando la información antes de plantear la duda que más ruido le hacía.
-Lo que sigo sin comprender es... Si todos los seres vivos poseen esa energía, ¿por qué los humanos, los animales o las plantas de este mundo no tenemos poderes, pero tú sí?
Hikari lo observó con indecisión. Se mordió el labio inferior, debatiéndose internamente sobre qué tanto debía revelar. Sin embargo, tras pensarlo un momento, se dio cuenta de que ya no tenía el menor sentido seguir ocultándole las cosas al chico que acababa de salvarle la vida.
-Te lo voy a contar únicamente porque me salvaste en el jardín -sentenció ella, cruzándose de brazos-. La razón es muy simple: yo no pertenezco a este lugar. Vengo de un mundo completamente distinto llamado Phyllon.
Ethan abrió los ojos de par en par, completamente atónito por la revelación.
-Con razón... Con razón no dejabas de llamarme "humano" al principio. Entonces no era solo porque fueras una egocéntrica insoportable; de verdad eres de otro planeta.
-¡Oye! ¡Que no soy egocéntrica! -le espetó ella, dándole un leve pisotón al suelo antes de continuar-. Como te decía, en Phyllon, la energía vital de los seres vivos se canaliza de forma natural para convertirse en mana, el cual nos permite transformarnos y usar magia. Como esa energía es vital para la existencia, quedarte completamente sin mana en mi mundo es el equivalente exacto a quedarte sin oxígeno aquí. Te mueres.
-Ya veo... ¿Pero todos los habitantes de Phyllon poseen una energía de color amarillento? -preguntó Ethan con curiosidad-. Cuando te vi por primera vez, tu aura tenía ese tono y sentí como si me curara el alma de inmediato. Fue la primera vez que experimenté algo así; antes, las pocas energías que lograba captar eran totalmente incoloras y no me transmitían nada.
Hikari negó con la cabeza de forma pausada.
-Si eres alguien débil o careces de habilidades mágicas, tu energía siempre será incolora, tal y como ocurre con los humanos de la Tierra.
-¿Entonces solo los de tu mundo tienen la energía de color amarillo y causan esa sensación de paz?
-No, para nada. El color depende por completo de la forma en que cada individuo canaliza su energía interna para transformarla en mana. Existen muchísimos tipos y tonalidades distintas. De hecho... Tal vez tú no seas capaz de ver tu propia energía, pero yo sí puedo hacerlo.
-¿Ah, sí? ¿Y de qué color es?
-Es de un azul intenso -reveló Hikari, clavándole una mirada cargada de intriga-. Pero lo verdaderamente extraño ocurrió cuando materializaste esa espada: tu flujo azul se mezcló de golpe con un tono rojo sumamente violento que provenía directamente del arma. Eso es algo inaudito; es sumamente raro que una sola persona albergue dos tipos de energía tan distintas en su cuerpo.