La báscula está fría. Por una fracción de segundo me arrepiento de haber subido descalza, pero los zapatos aportan peso y, en mis circunstancias, todo lo que sea de menos es ganancia.
Los números comienzan a aumentar en la pantallita tan rápido que parece que tienen prisa por llegar a alguna parte.
La nutrióloga sigue el número atentamente con la mirada. Sé que mi madre e Isabel hacen lo mismo a mis espaldas, su interés es palpable.
Finalmente, la cifra queda fija emitiendo un sonoro bip para que sepamos que es la definitiva.
Trago saliva, entre sorprendida y horrorizada con el resultado. No es que esperara pesar poco, pero tampoco tenía que ser taaanto…
—Oh, Val, es más de lo que imaginé —suspira mamá detrás de mí, sin poder ocultar su estupefacción.
Su voz se acompaña por las risitas burlonas que Isabel está intentando contener.
—No se preocupe, para eso están aquí y vamos a ayudar a su hija —dice la nutrióloga, apuntando la cifra en su libreta. Es toda una profesional, no deja asomar ni un atisbo de asombro por mi peso—. Ya puedes bajar, Valentina —me indica y luego nos hace una seña para que la sigamos hasta su escritorio.
Camino mirando al suelo. No quiero afrontar el gesto de horror de mamá y mucho menos la mirada burlona de Isabel.
Cuando llego al escritorio, ellas ya han tomado las dos sillas disponibles, por lo que solo me queda permanecer de pie detrás como si fuera la tercera en discordia, a pesar de que yo soy la paciente.
Habría preferido que mamá no trajera a Isabel, pero insiste en que hagamos todo las tres juntas. Por más años que pasan, no ceja en el intento de que sus dos hijas se lleven bien. Para su desgracia, forzarnos a pasar tiempo juntas no da, ni dará, el resultado que ella tanto busca.
—¿En cuánto tiempo cree que Val pueda perder los kilos de más? La pobre siempre ha batallado con su peso, desde bebé tiene un apetito insaciable. Yo trataba de que se moderara, pero no hacía caso —dice mamá estrujando sus manos sobre su regazo.
Tuerzo la boca con disgusto. Me molesta que mamá sienta la necesidad de justificarse delante de extraños. Le aterra que otros la crean mala madre por tener una hija con sobrepeso.
—Afortunadamente, estamos a muy buen tiempo de cambiar los hábitos alimenticios de su hija, señora Octavia —dice la nutrióloga en tanto que transcribe las notas de su libreta a su laptop.
—¿Alguna vez ha tenido otra paciente de 14 años que pese más de 90kg? —pregunta Isabel, recalcando la cifra como si buscara que el sonido hiciera eco para que la gente afuera del consultorio escuchara también.
Me acoge un incontenible deseo de darle un golpe en la cabeza, aprovechando que está sentada y me queda a la altura, pero eso solo me ganaría una reprimenda de mamá y que Isabel termine haciéndose la víctima; así que enlazo mis manos a mis espaldas para no caer en la tentación.
—He tenido pacientes de todo tipo a los cuales he podido ayudar a mejorar su condición y salud. Estoy segura de que tu hermana será otro caso de éxito —replica la mujer con tintes de amonestación en la voz.
—Media hermana —masculla Isabel en respuesta.
Jamás desaprovecha una oportunidad para recalcar que no estamos enteramente relacionadas. Como si nuestras enormes diferencias no fueran suficientes para saberlo.
Hay gente que nació con estrella y hay gente que nació estrellada. Mi media hermana y yo somos el claro ejemplo de ello. Mientras que Isabel es la clase de persona a la que todo le sale bien, bonita, delgada, amiga de los chicos populares del colegio; yo tengo sobrepeso, tendencia al acné, anteojos de fondo de botella y un único amigo en el mundo. A no ser porque las dos llamamos mamá a la misma mujer, nadie nos tomaría por hermanas. De hecho, en el colegio nadie sabe que estamos relacionadas.
—¿Hay algún alimento al que seas alérgica? —inquiere la nutrióloga despegando los ojos de la pantalla un instante para verme negar.
—En casa trato de cocinar verduras a diario y uso poco aceite en los guisados. No comprendo qué puede estar pasando con el peso de Val —se vuelve a excusar mamá.
—Porque come a escondidas cuando tú asistes a las reuniones de la Iglesia, ya te lo he dicho —interviene Isabel—. Además, en los recesos en el colegio se la pasa atragantándose de chatarra con Benjamón.
—¡Se llama Benjamín! —exclamo, atravesándola con la mirada.
Odio los apoditos que Isabel y sus amigos de la escuela se inventan para herir a otros.
—Si llimi Binjimin—me arremeda sin girarse a verme.
Resoplo sonoramente, provocando que mis anteojos se empañen. Es bueno que Isabel no me esté mirando o tendría material para burlarse más.
—Por favor, chicas, compórtense —ordena mamá esbozando una sonrisa de disculpa hacia la nutrióloga.
—Ya casi tengo listo el plan de alimentación —dice ella sin despegar la vista de la pantalla de su laptop.
Seguramente está ansiosa por que nos vayamos.
—Asegúrese de que consista en muy pocas calorías al día, eh. Mírela, claramente tiene reservas —señala Isabel apenas escondiendo la burla en la voz.