Hagas lo que hagas, no te enamores de Evan Green

Capítulo 1

Quisiera ser menos fijada, pero, por más que lo intento, no logro despegar la vista de las uñas largas del reclutador. El hecho de que tengan una sólida capa de mugre debajo de ellas no ayuda.

El hombre alza la vista de mi currículum y me sonríe. Le devuelvo el gesto. Valentina, por favor, deja de fijarte en sus uñas, me suplico a mí misma mentalmente. De este hombre depende poder pagar la renta del siguiente mes o acabar destituida. Lo que menos importa son sus hábitos de higiene personal.

—Me agrada tu perfil —dice dejando la hoja de papel sobre el escritorio—. Creo que serás una buena adición al equipo de recursos humanos.

—Gracias —replico dejando salir un suspiro de alivio.

—Debes considerar que es un puesto de inicio, el salario es modesto, pero en Grupo Hayek hay mucha oportunidad de crecimiento. Es una gran empresa para hacer carrera.

Asiento con gesto encantado. Mi sueño al estudiar la carrera de psicología era abrir mi propia consulta para pacientes infantiles, no hacer carrera en el mundo corporativo. Sin embargo, recién graduada, con cero experiencia laboral y aún menos dinero, mis planes para tener mi propia consulta se ven muy lejanos y yo necesito un sueldo que me sustente mientras tanto.

—Suena fantástico —digo.

—Bien, en ese caso podemos pasar al último filtro del proceso: la entrevista con el director de Recursos Humanos, el señor Casal.

—Excelente, ¿cuándo debo volver? —pregunto mostrando buena disposición.

—En realidad, si no tienes inconveniente, podrías tener la entrevista ahora mismo. El señor Casal está en su oficina y me pidió que si encontraba un candidato viable, lo enviara cuanto antes con él. Sé que es precipitado, pero a nosotros nos urge ocupar la vacante y así no tendrás que volver otro día, ¿qué dices? —propone, poniéndose de pie.

Acomodo mis anteojos empujándolos para arriba con el dedo índice, un tic que tengo cuando trato de disimular mis emociones. En este momento, el entusiasmo. Ellos no son los únicos con urgencia. Mis cuentas por pagar se acumulan sobre la barra de la cocina.

—Adelante —digo, levantándome también.

El reclutador hace un gesto hacia la puerta con sus uñas mugrosas y yo lo sigo de cerca.

Mis tacones azules repiquetean sobre el suelo mientras camino. Me doy cuenta que con los tacones le saco un par de centímetros al hombre, lo cual significa que él es muy bajito, pues yo no soy precisamente lo que se diría alta.

Fuera de la oficina hay una pequeña estancia que conecta con el resto de las oficinas del Departamento de Recursos Humanos. Las paredes son de cristal para que desde afuera se pueda ver lo que pasa al interior de las oficinas, sin embargo, todos tienen sus persianas cerradas, por lo que lo único que se ve son bloques blancos tras los cristales.

Al centro de la estancia hay dos sillones color marrón algo desgastados de las costuras.

—Espérame aquí, iré a avisarle al señor Casal que estás lista para verlo —me indica señalando uno de los sillones y luego echa a andar hacia la única puerta que afuera tiene un escritorio con una secretaria.

Tomo asiento, el material de imitación piel hace un ruido vergonzoso bajo mi peso. La secretaria alza la vista de su trabajo, como preguntándose qué fue ese sonido.

Doy un respingo, sintiendo el rubor subir por mis mejillas. No importa cuánto tiempo haya transcurrido de mi pérdida de peso, de cuando en cuando yo vuelvo a sentir que debo disculparme por mi tamaño. Pero no, eso no es sano. Valentina Aranda, tienes derecho a ocupar espacio sin sentirte cohibida por ello, me reafirmo en mi fuero interno.

Espanto los fantasmas de mi pasado, me hago la loca y me giro hacia una de las paredes de cristal de la sala. Ahí está la silueta de mi reflejo en el conjunto de saquito azul marino y blusa blanca que compré en rebaja el mes pasado.

Cristina tenía razón, me veo profesional. Tal vez me habría venido bien agregar un collar discreto o una pulsera, pero soy mala eligiendo accesorios.

Mientras me observo, escucho unos pasos. Como no provienen de la dirección de la oficina del señor Casal, no me intereso en ver quién es. Probablemente sea algún otro empleado del departamento de R.H..

En el cristal noto acercarse a una figura de traje negro que termina deteniéndose al llegar frente a mí.

—¿Quién eres? —pregunta antes de que me dé tiempo de girarme.

Una vez que lo hago, la sangre abandona mi cuerpo.

No puedo creerlo. Es él. Como una criatura salida de mis pesadillas, de los peores momentos de mi juventud para acecharme ahora que soy un adulto y comprobar si he superado el pasado.

Hace diez años que no veo este rostro apolíneo, pero es inconfundiblemente él. Esos ojos verdes no se olvidarían ni en mil años. Evan Green. El chico más popular del colegio, admirado por todos y deseado por todas. El autor de interminables burlas y causante de recesos escondida en el baño de niñas llorando dentro de uno de los cubículos.

Cuando se pertenece a los “perdedores” del colegio, uno se consuela inventando historias de lo que será al futuro, imaginando que los nerds acabarán triunfando como dueños de empresas y genios tecnológicos a lo Elon Musk. Mientras que los populares acabarán calvos, desempleados y con vidas miserables en las que paguen por toda su mezquindad.




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