Me calzo las zapatillas para correr. Afuera apenas está despuntando el alba. Lo sé por la tenue luz que se cuela por la ventana. Me encanta correr a esta hora, hay muy poca gente en la calle y menos haciendo ejercicio. No mentí cuando le dije a Evan que me gustaba la actividad en solitario.
Bajo las escaleras del edificio de dos en dos, Cristina se queja seguido por la falta de ascensor, pero a mí no podría molestarme menos.
Al salir del viejo vestíbulo me pongo los audífonos. Courtesy Call de Thousand Foot Krutch comienza a sonar a todo volumen.
Hago un par de estiramientos sobre la acera y luego empiezo en un trote suave. Mi pulso se acelera conforme avanzo. Giro en la ya familiar esquina en donde hay una panadería, aún no está abierta al público, pero el olor de los hornos ya llega a la calle. Doy una inspiración profunda, nada tan delicioso como el aroma de pan recién horneado.
Sigo mi camino hasta llegar a la glorieta y luego viro hacia el parque. Estoy tan familiarizada con la ruta que podría hacerla con los ojos cerrados.
Una vez en el parque el panorama urbano cambia completamente y me encuentro rodeada por árboles y naturaleza.
Correr en las mañanas me ayuda a empezar bien el día, despeja mis ideas y me da perspectiva de los problemas. Sin embargo, por alguna razón inexplicable, mi mente está determinada a no pensar en otra cosa que no sea el timo de entrevista de ayer. Una y otra vez revivo las miradas de Evan, sus sonrisas e intentos de engatusarme, incapaz de desviar mi mente a otros pensamientos.
Los años le han sentado de maravilla y ahora resulta que además es millonario. Como si no hubiera sido suficiente todo lo que era antes, la vida le sigue sonriendo.
Ya no sé si tengo el corazón acelerado por correr o es el pensar en Evan lo que me tiene así. Qué ridícula, no debería consentirme esta clase de divagaciones, pero tal vez la adolescente en mí aún no ha tenido suficiente en regodearse por haber rechazado al chico popular.
Vuelvo a casa caminando, trato de distraer mi mente de los recuerdos de Evan pensando en lo que haré al llegar. Primero un baño para quitarme el sudor de la carrera y luego me esperan un par de horas en internet cazando nuevas ofertas de trabajo.
Cuando paso delante de la panadería de la esquina esta ya está abierta. Por una fracción de segundo me planteo la posibilidad de parar y comprarme un croissant, pero hago acopio de mi fuerza de voluntad y sigo de largo. Para empezar, no quiero caer en viejos hábitos y, más importante, considerando la menguante condición de mi cuenta bancaria, no puedo darme el lujo de gastos superfluos.
Sigo mi camino, echando un último vistazo a los anaqueles repletos de pan en la vitrina.
Por estar pensando en pan no veo el McLaren 750S aparcado frente al edificio hasta que estoy aquí y me toma un par de segundos más notar al hombre rubio de pie frente al coche sosteniendo dos cafés.
—No estaba seguro de si preferías leche de almendra o de soya, así que traje uno y uno. Puedes quedarte con el que más te guste y yo beberé el otro —dice Evan extendiéndome los cafés.
A mi asombro por tenerlo enfrente le toma solo un par de segundos convertirse en indignación.
Por instinto, doy un paso hacia atrás, no porque crea que Evan sea peligroso (aunque esto está rayando en el acoso), sino porque soy penosamente consciente de que, después de 7km, apesto a sudor y una parte de mí odiaría que Evan Green oliera mi humanidad. Él que tiene cara de siempre oler a loción y jabón caro.
—¿Cómo sabes dónde…? —dejo la pregunta a medias. Mi currículum traía mi dirección; sacarla de ahí le habrá tomado medio segundo. Acerca de cuándo encontrarme, yo misma le confié que salía a correr todas las mañanas. Evan no es ningún Sherlock Holmes, toda la información se la proporcioné yo—. Prefiero la leche regular —digo con petulancia.
Evan agacha la mirada hacia ambos envases.
—Vaya, eso sí que no lo vi venir. Pensé que estábamos en pleno auge de las leches vegetales —dice con una mueca de que se siente bobo, pero que al instante transforma en otra de sus engreídas sonrisas—. Lamento el chasco, ¿qué te parece si te llevo a desayunar para compensártelo? Conozco un sitio fantástico y seguramente servirán la leche que más te apetezca.
—¿Acaso no fui suficientemente clara ayer? No tengo interés en salir contigo —digo en tono golpeado y los brazos cruzados al frente.
Evan da un paso hacia mí, lo que me obliga a dar otro paso hacia atrás. Ya bastante mala pinta he de traer con el rostro perlado en sudor y la coleta mal hecha, no necesito que además me huela.
—Sí, fuiste clara, pero pensé que tal vez, tras meditarlo con la almohada, podrías haber cambiado de opinión —se justifica Evan encogiendo un hombro. Claro, se cree tan irresistible que no concibe que exista una mujer que no muera por ser suya—. Tal vez hoy hayas amanecido más dispuesta a darle una oportunidad al tonto que creyó que era buena idea fingir una entrevista de trabajo para pasar un rato a tu lado.
No sé qué es más conmovedor, si su expresión inocentona, los tintes de inseguridad en su voz o el hecho de que siga sosteniendo los dos cafés esperando que acepte uno. Mi parte compasiva se siente inclinada a aceptar la invitación solo para aliviar su supuesta ansiedad, pero me recuerdo que es una farsa. Evan es un lobo en piel de cordero y no debo dejarme engañar.