En la pantalla se reproduce una serie coreana cuyo nombre no recuerdo. De hecho, tampoco sé bien de qué va la trama; puedo leer los subtítulos o ver que queden bien los puntos, pero no ambas cosas.
Cris se rasca las costillas, bosteza y luego posa su vista perezosamente en la pantalla. Su largo cuerpo yace lánguido sobre el sofá a mi lado.
—Ya no entendí, ¿Cheon Da-hye los va a ayudar o…? Ah, ni estás viendo —dice en voz congestionada, echándome un rápido vistazo.
—Lo siento, tengo que acabar los gorros antes del viaje —replico sin parar—. Habría preferido regalarle a mis padres la noticia de que ya tengo empleo, pero unos gorros tendrán que bastar.
A mis padres les encantará tener gorros a juego, son la clase de pareja a la que no le avergüenza salir a la calle usando el mismo suéter o incluso el mismo atuendo. Creen que vestidos igual se ven adorables y, tal vez, tras más de 25 años de casados, así sea.
—Te van quedando lindos, ojalá se me diera el crochet, me haría un suéter —comenta Cris conteniendo un estornudo.
—Yo puedo hacerte el suéter que quieras. Ve pensando en el color y el diseño para cuando vuelva.
Cris se incorpora sobre el sillón para quedar sentada y se gira por completo hacia mí.
—¿Lo dices en serio? ¡Muchas gracias! Oye, con tanto talento para el crochet, deberías pensar en vender tus creaciones, sería una buena fuente de ingreso —me sugiere.
Niego aún antes de que mis labios emitan la respuesta.
—Las ventas se me dan fatal, soy demasiado tímida —replico—. Creo que, al volver, pediré que me regresen mi trabajo en el restaurante. Era buena empleada, dudo que se nieguen.
—Pero, ¿qué hay de trabajar en algo relacionado a tu carrera? Volver al restaurante es dar un paso atrás.
—Seguiré buscando un empleo en psicología, pero, por ahora, necesito el ingreso —digo con un suspiro de resignación.
En ese momento, alguien llama a la puerta.
A pesar de que tengo el regazo ocupado por los ovillos y los gorros a medio hacer, Cris no se encuentra en condiciones de atender a nadie, por lo que, sin decir palabra, ambas entendemos que tengo que ser yo quien se levante a abrir.
—¿Quieres que le ponga pausa? —pregunta Cris tomando el control remoto.
—No, tranquila, ahora vuelvo —digo dirigiéndome a la puerta.
Al abrir, me encuentro con la vecina que vive a tres puertas de la nuestra. Va vestida de traje sastre y se está estropeando la manicura por morderse las uñas ansiosamente.
—Hola, señora Mendel.
—Hola, Valentina, ¿se encuentra Cristina? Me urge hablar con ella —dice en voz atropellada.
Miro sobre mi hombro hacia el sillón donde Cris yace tumbada. Si la señora Mendel viene a lo que creo, va a llevarse una decepción.
—Está, pero tiene un resfriado terrible —le informo.
La forma en la que los hombros de la señora Mendel se hunden me hacen saber que mis suposiciones son correctas. Viene a pedirle a Cristina que cuide a su madre.
La señora Ester es una anciana con demencia senil cuyos numerosos achaques palidecen en comparación a su difícil carácter. Cambia de enfermeras más seguido que lo que cambia las sábanas de su cama; metiendo a su pobre hija, la señora Mendel, en muchos aprietos para encontrar quién la cuide. Muchas veces, cuando las enfermeras, hartas de los malos tratos, renuncian de forma abrupta, Cristina le echa una mano a la señora Mendel cuidando a su madre unas horas mientras ella va a trabajar. Sin embargo, el día de hoy esa no será una opción.
—¿Es muy grave? ¿No crees que pueda al menos supervisarla? —la desesperación en su voz es palpable. Sin embargo, puedo ver en su expresión que ella misma se da cuenta de lo inviable de su propuesta. Dada la frágil condición de su madre, lo último que le conviene es exponerla a un contagio—. Oh, no puede ser —se lamenta.
—Lo siento, señora Mendel —digo sintiendo pena por la angustia que refleja su rostro.
En la punta de la lengua me quema el ofrecimiento de ayudarla. Sin embargo, sé que no debo. Una sola vez estuve en ese apartamento, menos de 10 minutos, solo para llevarle a Cristina su tablet para que se entretuviera mientras cuidaba a la señora Ester y, en ese brevísimo lapso de tiempo, a la anciana le bastó para arrojarme encima su plato de avena y gritar que una ladrona había entrado a su hogar. Cuidarla será un inconveniente y yo tengo cosas que hacer antes de mi viaje.
—No sé qué hacer. Tengo una presentación en la empresa, si falto perderé mi empleo, pero no puedo dejar a mi madre sola —se aflige la señora Mendel.
Tal vez cuidarla no sea tan malo. Solo serán unas horas y sé que la vecina le paga bien a Cristina por sus servicios. Un dinero extra me vendría de maravilla en estos momentos.
—Si gusta, yo podría cuidar de su madre —ofrezco sin lograr disimular mi renuencia.
El rostro de la señora Mendel se ilumina.
—¿En verdad? Oh, me has salvado, Valentina.
—Pero le aviso que solo podré hoy y… máximo mañana, después de eso saldré de viaje —le informo para que sepa que debe conseguir una nueva enfermera cuanto antes.