Por una fracción de segundo me resisto a que los policías me saquen del apartamento, pero en cuanto notan que endurezco el cuerpo, tiran de mí con más fuerza y entonces entiendo que me conviene cooperar. Soy inocente, solo es cuestión de que demuestre que jamás le puse un dedo encima a la señora Ester. Debo confiar en la justicia y en que todo se aclarará de una u otra manera.
Es una suerte que no haya optado por resistirme y enfurecer a los policías, pues en cuanto salimos al pasillo me encuentro de cara con todos nuestros vecinos, quienes se asoman desde sus puertas atraídos por el barullo.
Ninguno dice nada, todos me miran entre anonadados y curiosos. La vergüenza que siento es ensordecedora. No puedo creer que esté siendo sacada de mi edificio por la policía como si fuera una criminal.
Trato de no pensar demasiado en los numerosos pares de ojos que me siguen paso a paso y, en lugar de eso, miro hacia mi apartamento con la esperanza de que Cristina esté ahí. Ella conoce la situación, ha cuidado a la señora Ester numerosas veces y puede decirle a la policía que la mujer sufre de demencia, o al menos puede marcarle a la señora Mendel para que me ayude.
Tristemente, Cris no está ahí. Mi puerta es la única puerta de todo el piso desde la que nadie se está asomando.
Bajamos los varios pisos de escaleras hasta llegar a la calle.
Las patrullas y la ambulancia causaron la aglomeración de varios transeúntes. Como si mi humillación necesitara más testigos.
Camino con los oídos zumbándome, aturdida por la vergüenza.
—Valentina —me llama una voz entre la multitud.
¿Acaso esto no parará de ponerse peor?
Evan se acerca cargando un ramo de rosas ridículamente enorme y se planta delante de los policías antes de que me metan a la patrulla.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —pregunta con una autoridad que nadie le ha conferido.
No sé si es su ropa costosa, su porte o el tono confiado en el que habla, pero los policías dejan de ladrar para, por primera vez, responder con decencia.
—Recibimos una llamada de auxilio concerniente a un caso de maltrato hacia una persona de la tercera edad y nos llevaremos a la señorita a la comisaría para aclarar la situación —explica uno de ellos de forma casi conciliatoria, como si se estuviera disculpando con Evan por arrestarme.
Estoy en shock y tan compungida que los sentimientos se me acumulan en forma de pelota en la garganta.
—Es mentira. Yo jamás le haría daño a nadie. Estaba ayudando a cuidar a la madre de mi vecina, es una señora con demencia que ha tenido problemas con todas sus enfermeras… llamó al 911 sin que yo me diera cuenta. —No sé si estoy siendo clara, mi voz tiembla y varía de tono por el desborde de emociones que estoy experimentando.
Evan me mira con expresión inescrutable, no sé si me cree, si está enojado o si me considera una maltrataviejitas que no merece la menor empatía.
—Ya veo —masculla con aire pensativo.
Siento como si me hubieran vaciado la batería. En el fondo deseaba que Evan pudiera usar su magnetismo para convencer a los policías de dejarme ir, pero ni siquiera lo intenta.
—Debemos irnos —dice el segundo oficial y me introduce a la patrulla.
Oleadas de escalofríos me recorren la espalda, no me creo que esté en el asiento trasero de una patrulla siendo llevada a la comisaría cual delincuente.
Sé que Evan está de pie junto a mi puerta, noto su presencia de reojo, pero procuro no mirarlo antes de que arranquemos, siento demasiada vergüenza para encarar a nadie.
Todo ese triunfo del que hablaba Cristina ha quedado evaporizado, ahora ya no soy la exgordita que cautivó al que solía ser el chico más popular del colegio, sino que de nuevo soy la misma perdedora de antes solo que viviendo nuevas humillaciones.
—¿Cuánto tiempo estaré detenida? —pregunto tras avanzar un par de cuadras.
—Al menos 72 horas en lo que se aclara su situación —responde uno de los policías, no tan cordial como con Evan, pero ya tampoco tan hostil como al inicio.
Me hundo en el asiento. 72 horas. Perderé mi vuelo. ¿Cómo explicaré a mis padres que no fui a visitarlos porque me llevaron presa por abusar de una anciana?
✈︎✈︎✈︎
Llevo más de hora y media encerrada en un cuarto desprovisto de ventanas, amueblado solo por la silla en la que estoy sentada y una mesa de metal.
No sé qué está pasando. Jamás antes me han detenido, pero imaginaría que para este momento ya alguien habría venido a tomar mi declaración o explicarme cuál es mi situación legal. La incertidumbre me está matando. ¿Tendré que pagar fianza? ¿Cuánto dinero será eso? ¿No se supone que tengo derecho a una llamada? Tal vez eso solo sea en las películas. Y, aun si me dejaran usar el teléfono, no sabría a quién llamar. No conozco el número de nadie, todos los llevo guardados en mi teléfono y ese se lo quedó la señora Ester. Cristina no sabe que me llevaron presa, la señora Mendel no se enterará hasta que llegue a casa dentro de unas horas y vea que a su madre se la llevaron los de servicios sociales. Esto es un absoluto desastre y me toma todo mi temple no caer en la desesperación.