Hagas lo que hagas, no te enamores de Evan Green

Capítulo 8

Bebo casi todo el contenido de la botella en tanto que Evan le agradece al abogado y lo despide. Una vez que sacio mi sed, ya solo somos nosotros dos delante de la comisaría.

—¿Cómo te sientes? ¿Te hicieron daño? —pregunta estudiándome detenidamente con la mirada.

—Solo a mi dignidad —digo sacando el aire con fuerza—. Muchas gracias por contratar un abogado, no sé que habría hecho sin tu intervención.

—De nada, fue un placer. Solo lamento que el proceso se demorara. En cuanto vi la patrulla arrancarse, me comuniqué con el abogado principal de la empresa, pero este está en el extranjero resolviendo algunos asuntos y fue necesario echar mano de la segunda mejor opción.

—¿Quieres decir que el señor Valdez no es tu mejor abogado? A mí me pareció muy competente.

—Lo es, pero no tanto como la situación lo ameritaba —dice Evan, la intensidad de su mirada se siente como peso sobre mi piel—. Fue una tortura que estuvieras hora y media ahí adentro.

—Dímelo a mí… Espera, ¿estuviste aquí afuera todo este tiempo?

—Por supuesto, tenía que asegurarme que se estaba haciendo todo lo necesario para sacarte de ahí.

Doy el último trago al té helado en tanto que suprimo esa parte de mí que quiere sentirse halagada, que quiere sonrojarse como colegiala y soltar una risita estúpida.

—¿Cómo puedo pagarte? Y no digas que saliendo en una cita, eso no va a ocurrir —aclaro pues, si su expresión de pilluelo es un indicador, eso es exactamente lo que piensa a pedir.

—Oh, mi Valentina, me ofendes… Yo jamás pediría nada a cambio de ayudarte —dice conteniendo una risa traviesa—. ¿Qué te parece si te llevo a casa?

Sé que tengo que decir que no, ya bastante le debo por sacarme de aprietos, pero no traigo mi bolso, ni celular; a menos de que sea a pie, no tengo modo de llegar a casa y estoy tan emocionalmente drenada que dudo que pueda andar ni unas cuadras sin colapsarme.

—Te lo agradecería mucho —digo dócilmente.

Evan me toma de la espalda y me guía hacia el estacionamiento de la comisaría. Su McLaren está aparcado en las primeras filas.

Entro con mucho cuidado, sintiendo que si me muevo de más puedo estropear algo con un valor mayor a todo lo que tengo en mi apartamento junto.

El aroma al interior del auto es intoxicante, masculino… muy Evan.

El motor ruge al encenderse y nos ponemos en marcha.

—¿Tienes hambre? —pregunta Evan con la vista en el camino.

Yo también miro al frente para no perderme en su apuesto perfil.

—Me haré un sandwich llegando a casa —digo secamente y casi puedo sentir que él esboza una sonrisilla en respuesta. No quiero ser grosera después de lo que acaba de hacer por mí, pero tampoco quiero alentarlo creyendo que voy a ceder a sus avances—. Estoy exhausta, ha sido un día largo —añado, esperando que no insista.

—Lo entiendo. ¿Es tu primer roce con la autoridad? —inquiere en tono divertido—. Qué pregunta, con esa carita de que no rompes un plato, es obvio que lo es. Dime, Valentina, ¿qué hacías con esa anciana? Pensé que lo tuyo era trabajar con niños.

—La vecina estaba en un apuro y, puesto que aún no consigo empleo, me venía bien el ingreso extra… pronto vence el alquiler —digo acompañando mis palabras con un suspiro largo. Tras el meollo de hoy, es obvio que la señora Mendel no me pagará.

—Lamento que todo haya resultado mal, pero me alegra haber estado ahí para ayudarte.

—Yo también. —Llevo mi mano al bolsillo de mi falda y saco los caramelos de mantequilla—. ¿Gustas?

Evan les echa un rápido vistazo antes de devolver su vista al frente.

—¿De dónde sacaste esos? La única persona que conozco que los consume es mi abuelo, no sabía que había otros como él allá afuera.

—Al parecer, son un éxito con la gente mayor, los tomé de casa de la señora Ester.

—Además de maltratarla, ¿hurtaste sus caramelos? Vaya, Valentina, ¿acaso tus tendencias delictivas no conocen límites? —pregunta con el asomo de una risa.

Dejo los caramelos en uno de los portavasos.

—Dáselos a tu abuelo, es mi forma de agradecerles por prescindir de uno de sus abogados para sacarme de apuros.

—Caramelos a cambio de asistencia legal. Estamos a mano. —Evan suelta una mano del volante y la lleva detrás de nosotros hacia el hueco que hay entre la luneta trasera y los asientos. Al devolverla, lo hace con el enorme ramo de rosas de hace rato—. Por cierto, esto es para ti.

—No, Evan. Ya te dije que no estoy interesada —digo sin tomar las flores.

—Pero no me has dado una razón.

Razones tengo y de sobra.

—¿Necesito una? ¿Acaso mi negativa no es suficiente?

—No en este caso. Algo me dice que entre nosotros se puede dar algo maravilloso y no entiendo por qué te niegas a darnos una oportunidad.

—¿Qué te hace pensar eso? Soy una extraña, no sabes nada de mí. Estás persiguiendo una idea que puede no existir.

—Ayudaste a la camarera —suelta en un aliento.




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