Hagas lo que hagas, no te enamores de Evan Green

Capítulo 10

Cierro la maleta con mucho cuidado. El cierre es viejo y tiene pinta de que se romperá en cualquier momento, por lo que es mejor tomar precauciones.

Bajo la maleta de la cama y suelto un aliento de que tengo un pendiente menos.

Cris da dos golpes a la puerta entreabierta antes de dejarse entrar a la habitación.

—¿Ya llegó el taxi? —pregunto girándome hacia ella.

—Aún no, ¿ya tienes todo listo?

—Ya, pero si el taxi no se apura, voy a retrasarme. Sería el colmo que perdiera el vuelo.

—Ya llegará, no te preocupes. ¿Hiciste el check-in en línea?

Mi amiga toma asiento a la orilla de la cama. Su nariz está enrojecida por los días que lleva resfriada.

—No puedo, llevo desde temprano intentándolo, pero cada que lo hago me sale un mensaje de que debo presentarme en el mostrador —le comparto con un quejido ansioso.

—Qué lata, pero descuida, seguro que es solo un error del sistema y se resuelve rápido.

—Pero para resolverlo tengo que llegar a tiempo y el taxi no llega —digo con un conato de ansiedad—. Cómo odio volar, toda la experiencia me es engorrosa y peor si voy tarde. Imagina que pierdo el vuelo; no, mejor ni mencionarlo, mis padres quedarían devastados si yo también falto.

—¿Tú también? —pregunta Cris arrugando el ceño.

—¿No te conté? Isabel no irá a la celebración, al parecer, por cuestiones de trabajo.

—Ya imagino lo triste que te pone eso. —El comentario de Cris rezuma sarcasmo.

Me encojo de hombros con expresión neutra. Yo sé que mis padres preferirían tenernos a las dos en casa para su cumpleaños, pero es innegable que la ausencia de Isabel me causa alivio.

La prueba viviente de que no todo el mundo madura tras la adolescencia es mi media hermana. Isabel sigue siendo la misma persona competitiva y cruel que era a los 17 años. Al menos en todo lo que me concierne a mí.

Habría sido bueno llevarnos mejor al llegar a la edad adulta y vaya que lo procuré durante algún tiempo, pero con Isabel no hay forma. Tal como lo hizo durante toda nuestra infancia y juventud, Isabel está resuelta a tratarme como su enemiga y he encontrado que la distancia es el único antídoto para su mala leche.

En esta visita tendré a mis padres para mí solita y sé que eso hará los días decididamente más placenteros. Eso si llego, claro.

Miro el reloj sobre mi mesita de noche.

—¿Dónde estará el taxi? —me pregunto en voz baja.

—Qué bonita blusa, ¿es nueva? —dice Cris haciéndome dar un respingo con su tono alegre.

Por instinto paso mis dedos sobre la seda azul cielo.

—Gracias. No es nueva, lo que pasa es que no la uso seguido. Es de mis favoritas y odio desgastarla —digo dejando claro en mi tono de voz que estoy consciente de lo bobo que suena lo que digo.

—¿Así que la usas poco porque te gusta mucho? Ah, claro, muy lógico —dice Cris con una ceja enarcada.

—La guardo para momentos especiales. Ya conozco a papá, sé que en cuanto llegue querrá que vayamos a comer a su restaurante favorito y quiero verme bien.

—No te estoy juzgando, solo encuentro tus peculiaridades muy entretenidas —dice Cris alzando los brazos a los costados—. Por cierto, no me contaste qué decía la carta.

—¿Qué carta?

—La que trajo Ricky Ricón ayer —dice como si fuera obvio.

—¡¿De nuevo estuvo aquí?! —exclamo con ojos del doble de su tamaño habitual—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿De qué carta estás hablando?

—Vino a buscarte por la tarde, poco después de que saliste a comprar el encargo que te hizo tu mamá. No estoy segura de la hora, solo sé que llegó cuando acababa de tomarme la medicina contra el resfriado. Le dije que no estabas y me dio un sobre para ti que dejé sobre tu cama. Te lo dije tan pronto como llegaste.

—Cuando llegué estabas profundamente dormida en la sala.

—Lo siento… me confundí entonces, esa medicina me adormece más de lo que pensé —dice Cris apretando los dientes en una sonrisa exagerada de disculpa—. Lo que sí tengo por seguro es que dejé el sobre encima de tu cama y que me encargué de que no vuelva a molestarte.

—Yo no vi ningún sobre… y ¿a qué te refieres con eso de que te encargaste de que no vuelva? —Mientras hablo miró a uno y otro lado de la cama por si la carta se cayó al suelo.

Por dignidad, quisiera estar menos deseosa de encontrarla de lo que estoy, pero no es así.

—No tengo enteramente claro qué dije, esa medicina es un peligro, pero sé que hablé con él y que sentí que con eso ya no iba a volver más —dice con los ojos entrecerrados por el esfuerzo de recuperar los recuerdos difusos por el medicamento.

—Bueno, mientras funcione, qué importa lo que le hayas dicho —concluyo.

Sacudo las sábanas y un elegante sobre membreteado salta por el aire.

Llegué tan cansada ayer que seguro me metí a la cama sin siquiera revisar qué había encima.

—Ah, qué alivio, al menos recordé bien esa parte —dice Cris levantando el sobre del suelo para tendérmelo.




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