Hagas lo que hagas, no te enamores de Evan Green

Capítulo 11

El taxi se detiene frente a la terminal. Le entrego el dinero apresuradamente al chofer y bajo. Saco mi maleta y me precipito al interior tan rápido que estoy a punto de estrellarme contra los cristales de la puerta automática, pues voy andando más aprisa de lo que esta se abre.

Por la cabeza me pasa que debo disimular la visible mancha en mi blusa, pero, por más que me avergüence mi aspecto y que me preocupe que la mancha se quede permanentemente en la seda, en estos momentos lo único que me interesa es no perder el vuelo.

Me detengo frente a las primeras pantallas que encuentro. Ahí está anunciado mi vuelo. ¡Ya están abordando y yo aún no me registro! Suelto un chillido de angustia y retomo la marcha.

Corro al mostrador. Las personas a mi alrededor tienen la prudencia de abrirse a mi paso, debo parecer una loca con la blusa sucia y cara de desesperada.

Afortunadamente, no hay mucha fila para hacer el registro y solo debo esperar un par de turnos para que me atiendan.

—Buenos días, vuelo a Valle Profundo. Sé que voy tarde, traté de hacer el check-in en línea, pero me arrojaba un mensaje de error —explico al tiempo que le entrego mis documentos—. Por favor, pídales que esperen, no fue mi culpa. El taxi llegó tarde y luego una mujer…

—Permítame un momento —me corta la empleada de la aerolínea al tiempo que toma mi identificación.

Me callo, pues lo último que necesito es caerle mal con mi verborrea.

La mujer comienza a escribir en el teclado. No sé qué le arroja de vuelta el resultado, solo veo que frunce ligeramente el ceño.

Ya perdí el vuelo, me digo a mí misma con ganas de soltarme a llorar.

—Ah… qué extraño —la escucho decir en un aliento.

—¿Hay algún problema? Por favor, dígame que aún puedo abordar. Compré el boleto hace meses, voy de visita con mis padres, es su cumpleaños, los dos cumplen el mismo día y… —empiezo a decir en tono de pánico.

—No, ningún problema —me interrumpe ella en un tono marcadamente más amable al tiempo que esboza una sonrisa—. De hecho, todo lo contrario. La han movido a primera clase.

—¿Qué? Pero yo no pagué el cambio de asiento…

—No se preocupe, el cambio no tiene costo alguno. Es una cortesía —me informa.

A su lado, una pequeña impresora está emitiendo mi nuevo boleto.

—Ah… bueno… de ser así, muchas gracias —balbuceo asombrada—.¿Es alguna especie de sorteo?

No es que no lo agradezca, pero dado que el vuelo ya está abordando, parece injusto que premien a quien llegó tarde. Además, yo no soy cliente frecuente de esta aerolínea (ni de ninguna), no tengo puntos acumulados, ni tarjetas de crédito que den beneficios premium. No me explico por qué, de entre todos los pasajeros del avión, decidieron que yo merecía ese privilegio.

—Desconozco el motivo del cambio, solo sé lo que arroja la pantalla —replica ella entregándome el nuevo boleto—. Disfrute su vuelo, el abordaje se está llevando a cabo por la puerta 9. Hablaré para que la esperen.

Le agradezco profusamente a la empleada y me echo a correr. Paso los controles de seguridad inesperadamente rápido y luego prosigo a la puerta 9.

Ya todos abordaron, las únicas personas en la sala de espera son los dos empleados de la aerolínea que están aguardando por mí.

—Disculpen la demora, muchas gracias —digo entre jadeos.

Una vez que estoy en el puente de embarque, me permito sonreír. Qué forma de mejorar de este día. Después de que el taxi llegó tarde, que me volqué un biberón encima y casi pierdo el vuelo; ahora estoy abordando para viajar en primera clase por primera vez en mi vida.

No tengo idea de por qué la aerolínea me obsequió el ascenso de categoría, debe ser mi recompensa por haber estado dispuesta a ceder mi taxi para un bebé enfermo. Toda buena acción tiene su recompensa.

A la puerta del avión me espera una sobrecargo uniformada.

—Bienvenida, ¿cuál es su asiento? —me pregunta cordialmente.

Bajo la vista al boleto antes de contestar.

—El 1B —digo casi con orgullo.

—Por aquí, por favor.

La sobrecargo se hace a un lado para dejarme entrar al avión. Cruzo la pequeña área que hay entre la cabina del piloto y los asientos de primera clase. Con su mano, la sobrecargo me señala mi asiento.

Voy a esbozar una sonrisa de agradecimiento, pero esta se queda a medio camino de materializarse cuando veo a mi compañero de fila.

—La puntualidad no es lo tuyo, ¿eh? Temí que fuéramos a partir sin ti —comenta Evan antes de darle un sorbo a su copa de champán.

Me le quedo mirando boquiabierta y con los hombros caídos, esto es demasiado, no puede tratarse de una coincidencia.

—¿Qué haces aquí?

—¿Le ayudo a colocar su maleta en el compartimento superior? —pregunta la sobrecargo haciendo la finta de que toma mi maleta.

—Eh… sí… muchas gracias —digo torpemente, siguiéndola con la mirada.

La sobrecargo introduce mi maleta junto con las demás, su estado desgastado y viejo se acentúa en compañía de las elegantes maletas que traen los otros pasajeros de primera clase.




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