ARCO I: EL ENCANTO DE LOS MUNDOS
Antes de que existiera el tiempo, antes de que las estrellas iluminaran el vacío, ya existía aquello que lo contenía todo.
La Existencia.
No era un mundo. No era un universo. Tampoco un dios.
Era el origen de todo cuanto alguna vez fue, es o será.
En su inmensidad coexistían incontables escalas de realidad. Desde la partícula más diminuta hasta los cuerpos celestes que iluminaban galaxias enteras; desde los universos que nacían y perecían en silencio hasta las dimensiones, hiperdimensiones, líneas temporales y multiversos que se extendían más allá de cualquier comprensión.
Sin embargo, toda aquella inmensidad representaba apenas el primer nivel de la creación.
Por encima de ella se alzaban los Dominios.
Diez reinos primordiales, tan antiguos como la propia Existencia, cada uno gobernando un principio absoluto sobre el cual descansaba la realidad.
El Dominio de la Vida.
El Dominio de la Muerte.
El Dominio de la Luz.
El Dominio de la Oscuridad.
El Dominio del Orden.
El Dominio del Desorden.
El Dominio del Sueño.
El Dominio del Limbo.
El Dominio del Alma.
Y el décimo dominio, cuyo poder completaba el equilibrio de los anteriores.
Todo ser nacido bajo uno de aquellos Dominios heredaba una parte de su esencia, una afinidad imposible de alterar incluso por el paso de la eternidad.
Sin embargo, ninguno de ellos era verdaderamente independiente.
Desde el corazón de la Existencia emergían inmensas raíces arcanas, semejantes a telares infinitos que se extendían más allá del tiempo y el espacio. A través de ellas fluía una energía primordial que sostenía cada Dominio, los mantenía separados y, al mismo tiempo, unidos en un equilibrio perfecto.
Los diez Dominios conformaban la Existencia.
Y la Existencia daba origen a los diez Dominios.
Era un ciclo eterno.
Más allá de aquellas fronteras existían regiones sin soberanos. Territorios donde ninguna voluntad ejercía dominio alguno. Lugares salvajes, desconocidos e inexplorados.
No obstante, incluso allí... la Existencia seguía presente.
Porque nada podía escapar de ella.
Y, sin que nadie pudiera preverlo, el equilibrio que había permanecido inmutable durante incontables eras estaba a punto de quebrarse.
Con él...también cambiaría el destino de un niño llamado Hagen.
CAPÍTULO I: El despertar en Desolace

En tiempos inmemoriales, en un rincón olvidado del cosmos, existía un planeta desolado envuelto en fuego eterno, donde la superficie estaba compuesta por océanos de lava y montañas de roca incandescente que parecían respirar con vida propia. Aquel mundo, conocido como Desolace, se encontraba en una fracción del Dominio Oscuro, un territorio donde la luz rara vez lograba imponerse sobre la densidad del calor y la energía primordial que lo dominaban todo. Desolace no era un planeta común; era un geoestelar de enorme magnitud, considerado uno de los núcleos más poderosos en cuanto a energía mágica de fuego y sus variantes, un lugar donde incluso la realidad parecía estar sometida a la voluntad del calor infinito.
Fue allí donde algo despertó.
Dentro de un lago de lava, un ser con apariencia humana abrió los ojos por primera vez. Sin embargo, el fuego que lo rodeaba no lo consumía, ni la roca fundida lo rechazaba; al contrario, parecía ignorarlo, como si su existencia estuviera por encima de las propias leyes de aquel mundo. Su cuerpo era perfecto, de una belleza difícil de describir, como si la idea misma de la perfección hubiera intentado tomar forma humana y hubiese ido más allá de lo concebible. El viento ardiente atravesaba el paisaje levantando tormentas de fuego que giraban a su alrededor, como si el planeta entero reaccionara a su despertar. Durante unos segundos que no podían medirse en aquel mundo sin tiempo claro, el ser simplemente observó sin comprender nada, sintiendo un vacío absoluto en su mente, una ausencia de todo recuerdo que no dejaba más que un eco lejano de algo que parecía ser su nombre.
Hagen.
Ese nombre no era un pensamiento completo, sino una sensación, una certeza que no venía acompañada de explicación alguna. Con lentitud, se incorporó saliendo del lago de lava sin que su cuerpo sufriera daño alguno, y observó el horizonte infinito cubierto por ríos de fuego y columnas de humo incandescente que ascendían hacia un cielo oscuro iluminado por tormentas de energía roja. Una profunda soledad lo envolvía, como si no existiera ninguna otra forma de vida en ese lugar, como si el mundo hubiera sido creado únicamente para su despertar. Intentó comprender dónde estaba, quién era, y por qué podía existir en un entorno tan hostil sin ser destruido por él, pero su mente aún no respondía; era como si hubiera nacido incompleto, con la memoria fragmentada en algún punto más allá de su alcance.
Desolace, como era conocido en las capas superiores de la Existencia, era un planeta geoestelar cuya energía de fuego era tan intensa que incluso podía considerarse un escudo natural que protegía estructuras más profundas del espacio. Sin embargo, más allá de su naturaleza energética, era también un mundo vivo en su propio sentido, donde criaturas nacidas del magma y la presión extrema dominaban la superficie. Hagen comenzó a caminar sin rumbo fijo, guiado únicamente por un instinto que no comprendía pero que sentía como propio. Cada paso que daba lo adentraba más en aquel paisaje infernal, aunque extrañamente no sentía peligro alguno; su cuerpo no mostraba signos de daño, fatiga o dolor, como si estuviera diseñado para coexistir con aquel entorno.