Han, Verliebt

Han, Verliebt

Hoy es jueves 25 de agosto del 2033. Ando esperando afuera de un sanitario del aeropuerto, aquí en la cuidad de Fráncfort del Meno. Estoy de pie, con mi bolso y dos maletas, una en cada mano. No tengo ganas de sentarme o recargarme en alguna pared, ni siquiera quiero moverme. Toda la mañana me dolió la cabeza y en este momento, siento un leve malestar estomacal. Por mi parte, creo estar bien, pero mi mamá… ella lleva apenas unos minutos dentro del sanitario, y sé que no solo entró para aminorar sus síntomas sino también para llorar. Lo sé. Es que, eso de los sentimientos nos afecta muchísimo físicamente, y el habernos despedido de mi papá, fue demasiado para las dos, más para ella. Y no es hayan quedado malos términos, o que él la haya tratado mal. No, nada de eso, más bien, por su orgullo de demostrarle que ya no le importaba el pasado, le dio buena cara. Deseándole lo mejor a él y a su nueva familia. Este viaje no le hizo nada bien.

Yo lo sabía y por eso le insistí varias veces, en venir sola a pasar mi cumpleaños dieciocho con él. «¡No, Hani. Es peligroso que vayas allá tú sola! Iremos y te entregaré directamente a tu papá. Estando con él, harán lo que gusten. Y de mí, ni te preocupes. Saldré a recorrer las calles y a conocer. Me imagino que después de veinte años, la ciudad de Meno se modernizó y ahora debe haber algo interesante que ver», me dijo como si nada, aunque yo no le creí. Le pesaba que, luego de la separación, él se fuera de México y al año se casara con una compañera del trabajo, y luego de año y medio se estuviera preparando para traer al mundo a otro hijo. Que por cierto, será varón y le pondrá Hans, igual que él.

Miro mi celular y todavía falta media hora para abordar. No me preocupo mucho por el abordaje, estamos a pocos pasos de nuestra sala. Espero que mamá pueda mantenerse tranquila durante el vuelo y que no tenga complicaciones. Serán más de trece horas de estar sentada a su lado, viéndola quejarse del malestar estomacal y de mi papá. Precisamente recibí un mensaje de ella: «Acércate a la sala, te veo ahí, en cinco». Sí, ella seguía llorando.

Guardé mi celular y avancé con las maletas hasta la sala C. Revisé la información del vuelo y estando segura de que era ahí el lugar indicado, me quedé de pie. Casi todos los asientos en la sala estaban ocupados, y uno que otro no lo estaba, pero yo no quería sentarme, no me apetecía. Di un recorrido visual a la sala y saqué mi celular. Me puse a ver reels de repostería, si hay un postre que me llame la atención, lo prepararé en la semana.

Un par de videos y no me vi satisfecha con lo que mostraban, mejor miré hacia atrás, para ver si mamá ya venía, pero no. Haciendo cuentas, ella ya llevaba casi diez minutos en el sanitario. Y regresando la vista, di otro recorrido rápido a la sala. Entre todas las personas que esperaban a abordar, observé a una en particular; un chico, estaba inclinado en la primera silla de la tercera fila. Llevaba puesta una sudadera negra con la capucha encima, y al parecer leía algo en su celular. Yo no sé qué me sucedió, que no le quité la vista. Me quedé atontada, al grado de babear. Le admiré por un par de minutos. Él era güerito y robusto.

Mi corazón latió fuerte y di unos leves suspiros. Y por haberme quedado sin aire, tuve que sacar mi inhalador. Con lo cual, tomé control de mí misma… o eso creí. Sé que está mal, muy mal que haga esto, pero puse la cámara del celular, ajuste el zoom y disimuladamente le saqué una foto. Al revisarla, constaté que sí, era guapísimo. Ni a cinco metros de distancia estábamos, y me entraron unas ganas de acercarme, pero dudé. O sea, ¿para qué me acercaría? ¿para verle? ¿para hablarle?

A mí me gusta planear todo lo que pueda, ser ordenada en mi ejecución. Así me habían educado, en especial mi papá. «Si distribuyes bien y ordenas como se debe, garantizaras mejores resultados», me decía. Y ciertamente me vino bien su indicación, que hasta hoy en día llevo a la práctica para mis estudios y en el trabajo, no obstante, al ver que se reacomodó, dejé de pensar y actué sin tener un plan. Guardé mi celular en mi bolsillo delantero y tomé las maletas. «Seguiré aquí en la sala, y si mamá viene, me verá», pensé.

Caminé directamente a él, y sin quitarle la vista, me paré a su lado, hasta casi estar a tres pasos de distancia. Y por reflejo, él giró para verme, me sonrió amablemente y de eso, volvió a su celular. A mí se me subió la temperatura y de nuevo, mi respiración aumentó. Comencé a abochornarme y mi corazón se agitó fuerte, fuerte. Así que saqué mi celular para despejarme y disimular. ¡Y es que esta guapísimo! Tiene los ojos café claros, casi como la miel y, se le salían algunos mechones rubios por el contorno de la capucha. Su nariz era recta y sus labios… ¡Oh! Me ganó un temblor en las piernas, y sin querer, di un pasó hacia él. «¡Que estás haciendo, Han!», me regañé en silencio, y fingí estar buscando algo, de un lado a otro. Y como no llamé su atención, me centré en saber que era lo que leía en el celular. De reojo vi que era página con un logo rojo y negro que decía: «BIA», y abajo venían fotos y descripciones de unos instrumentos musicales. «¿Qué será eso?», me pregunté en silencio. Y él, al presentir tal vez mi mirada, se inclinó en totalidad en el asiento y acercó más su celular.

Y aquí tuve que decidir, si hablarle o no. Mi mamá ya me había dicho que no fuera una chica rogona, esto al enterarse de que le estuve suplicando a Miguel para que saliéramos. Se enojo muchísimo al enterarse de que me rechazó, y afortunadamente no lo despidió, ya que es un buen trabajador: cargando los costales de harina, de azúcar y demás, moviendo los aparatos, ayudando en la cocina y atendiendo el local, y porque sin él, no hubiésemos hecho este viaje. Miguel no es mala persona, pero por estar al tanto de lo que siento por él, a veces es un poco engreído conmigo. Él dice que soy muy linda y que su razón para no andar conmigo es por la diferencia de edad; cinco años, pero no soy tonta, sus verdaderas razones son por mi físico. Medimos casi lo mismo, yo mido 1,68 y él, 1,71. Y tengo combo: uso brackets; no soy los tradicionales, pero siguen siendo brackets. Padezco asma y alergia al pelo de los animales, y tengo barritos de la adolescencia —y que gracias al cielo, ya no me están saliendo—. En pocas palabras, no le soy bonita. Pero no soy fea, o, bueno, yo no me considero fea. Tengo cabello oscuro y lacio, muy lindo como el de mi mamá. De piel clara, pómulos marcados y ojos azules —muy coquetos— como los de mi papá, y de mi cuerpo, es regular; ni muy flaca, ni muy gorda. Y me visto casual, como cualquier otra chica. Mi conjunto habitual es una playera de algodón, pantalones rectos, convers y encima, para el frio, una camisa, igual de algodón. La que me gusta más es la de cuadros blancos con café, ya que en ella entra bien mi celular en los bolsillos delanteros. De hecho, es el conjunto que llevo puesto, jaja.




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