Dieron una indicación, luego otra, y tan pronto escuchamos que nos tocaba, nos formamos entre el gentío. Y en ese lapso de avanzar, busqué al chico lindo. De un lado, en otro y hasta me puse de puntitas. A mi parecer lo hice con disimulo, pero no fue así.
—¿A quién buscas? —dijo ella, mirando junto conmigo al pasillo.
Y tuve un leve espasmo por su pregunta. Eso la alertó.
—¿Y por lo menos esta guapo? —me preguntó, y negó con la cabeza—. Ay, Han.
Miró el panorama, intentando encontrar a un muchacho que se le hiciera atractivo. Uno que imaginariamente fuera ideal para mí.
—Pero no te hagas ilusiones, es un aeropuerto y la gente va y viene —comentó mientras nuestra fila empezó a avanzar—. Vas a decir que parezco disco rayado, pero recuerda: «Los hombres deben de buscarte a ti, no tu a ellos». Sino estarás como con Miguel, que ya de plano, pareces su tapete.
Eso le dio cuerda y, una vez más, empezó a hablarme del empoderamiento femenino. Que nosotras como mujeres lo podíamos hacer todo sin la necesidad de un hombre, y que todos eran iguales, unos malnacidos. Me cubrí el rostro con la mano. Me daba vergüenza que la gente de alrededor escuchara a mamá diciendo tonterías. Pero no la culpaba, seguía dolida por no poder avanzar sentimentalmente como lo había hecho papá. Y al verla, seguía masajeándose el estómago con insistencia. Ella traía el coraje atorado.
En el trayecto a abordar, seguí ayudándole con su maleta. Estando dentro del avión, me las ingenié para andar con ambas en el diminuto pasillo. Y era lento el avanzar. La gente junto con las aeromozas subían los equipajes. Así que de pasito a pasito anduvimos.
Pasando más de la mitad del avión, ubiqué al chico lindo. Estaba sentado junto a la ventana del lado derecho y tenía la cabeza inclinada hacia adelante, parecía inmerso en algo.
Al pasar a su lado, noté que leía unas copias con unas partituras. Y por esos segundos, me dieron ganas de sentarme a su lado, para seguir platicando, para estar con él. Entonces mamá tentó el hombro para seguir avanzando. A ella ya le urgía sentarse. Y sentí horrible de pasarme derecho.
Las conté; recorrí seis filas más y llegamos a nuestros asientos, puestos del lado izquierdo. Dejé que mamá se sentara mientras que una aeromoza y yo acomodábamos las maletas en el compartimiento superior. Luego me senté del lado del pasillo.
A los veinte minutos de despegar, ella me pidió intercambiar lugar. Me hizo una seña con la mano, que en nuestro idioma significaba: «Voy a vomitar». Y antes de la media hora, sin decirme nada, se paró y fue al sanitario, ubicado al fondo.
En el lapso que no estuvo, me levantaba un poco del asiento para revisar si ya había salido, y como no, tomaba la oportunidad para mirar hacia adelante, para poder ver al chico. Solo se alcanzaba a ver su oscura capucha, pero con eso ya me hacía suspirar. Entendiéndome a mí misma, lo concluí: yo me había enamorado.
Cuando mi mamá regresó, estaba muy pálida, más al no tener maquillaje por haberse enjuagado con agua. Se sentó y se acorrucó en mi hombro. Y por bastante tiempo estuvo inquieta: moviéndose y agarrándose el estómago. Llegó un punto en el que una azafata se acercó para asistirla. Le dijimos que solo eran malestares sencillo, y ella entendió. La señorita —que por cierto, muy amable— se tomó la molestia de llevarle dos bolsas para vomito, un vaso con agua y una sencilla compresa fría. Que linda fue. De eso, mamá se quedó dormida, y en mi caso no podía, por la ansiedad de ir con él.
Cuando ella se reacomodó, le pedí dejarme pasar para ir al sanitario. Me levanté y sí fui, sin embargo, al volver por el pasillo, me pasé de largo hasta estar en la fila de él. Lo encontré durmiendo, de hecho, la del lado del pasillo y el de en medio, también lo estaban. Y de nuevo me quedé contemplándole, sin quitarle la vista. El chico lindo estaba totalmente acomodado en el asiento con los brazos cruzados, y su capucha cubriéndole los ojos. Respiraba tranquilamente, y eso me hacía sentir mucha paz. Que ganas me dieron de recostarme a su lado y descansar. Ya me hacía en mi imaginación haciendo eso, y de pronto, la mujer se despertó y se me quedó mirando, toda confundida. Bueno, si yo me despertara y viera a una persona desconocida, parada a mi lado en pleno vuelo, también me quedaría confundida.
Me disculpe y volví a mi fila. Tuve molestar a mamá para sentarme de nuevo en mi asiento.
Que mala suerte tuve, yo quería preguntarle su nombre, saber sobre su viaje, de que haría al llegar a la ciudad, en donde vivía, y hasta si tenía novia. «A esos chicos luego, luego los apartan», pensé. Yo me sentía muy frustrada y triste. Sin poder hacer otra cosa, me puse a escuchar música. Danila quiere que nos aprendemos algunas canciones, para cantarlas cuando vayamos al karaoke —últimamente ese es nuestro entretenimiento saliendo de la escuela—. Y pensándolo, cuando la vea, le contaré del chico lindo, de la suerte que había tenido para hablarle, intercambiando nombres y números. ero tanto deseo contarle esa versión, que me esmeraré en hablarle antes de que cada uno tome su rumbo en el aeropuerto. Y de estar repasando mi “versión”, me quedé perdida. Desperté una que otra vez para acomodarme y de nuevo agarraba sueño. Posiblemente soñé algo, pero no recuerdo.
Y a las tantas, mi mamá me despertó. «Hani, ya vamos a aterrizar», me dijo. Sujetó mi celular y me lo dio en la mano, y añadió: «Guarda tu celular, revisa que no se te quede nada». Y le hice caso, lo guardé y revisé mis pertenecías.
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Editado: 15.06.2026