Harper

Los tres chiflados

Harper

Asier como buen amigo, después de que Yara se tragara el pedido de las alitas, debido al coraje que llevaba, cedió a llevarnos a las dos a la casa de Bruno en la calle Annawan St.

Con lo presumido que era Bruno, todos éramos conscientes de que sus padres no estaban en casa, ya que se habían ido a visitar a sus abuelos a Providence, lo que dejaba la casa sola para hacer cualquiera de sus trastadas.

Imaginando que yo sería una de esas.

Cosa que negué varias veces para mis adentros.

Si no hubiera ocurrido lo de la nota de voz, no me preguntaría qué habría pasado si hubiera estado con él esa noche. Probablemente Bruno ya me estuviera metiendo los dedos mientras pasaba su lengua por mis pechos.

Del mismo modo, también me sorprendió mucho encontrarme sentada junto a Yara en la parte trasera del coche de Asier, haciendo planes, sin quitarme las diferentes posiciones del Kamasutra en las que me encontraría.

Pero, ¿en qué estaba pensando?

Esto parecía un sueño, incluso me pellizqué. Lo cual era una realidad bastante extraña.

En ese momento, le dije a Asier que parara una manzana antes de la casa de Bruno.

—¿Segura que están las llaves?

Me pregunta Asier muy discretamente mientras nos acercamos a la casa de Bruno, observando que la luz de su habitación sigue encendida.

—Sí, me ha dicho que hay una debajo de la alfombra que hay junto a la puerta trasera que da a la cocina.

—¿Cuántas veces has venido aquí?

La pregunta de Yara se cruza en la conversación con mucha curiosidad.

Noté que el humor de Asier cambiaba en ese momento.

Me miró con cierta duda.

Ni siquiera mi madre me juzgaba tanto como él me estaba juzgando en ese momento. Bueno, así lo presentía.

Me pregunto qué locas ideas estarán pasando por su cabeza.

—¿Qué se han creído los dos? —reaccioné, haciendo una pausa. —Es la primera vez que vengo a usar esa llave. —Miré a Asier. —No me mires con esa cara —le señalé con un dedo.

—¡No estoy diciendo nada!

—Será mejor que así sea —me entrecerré de brazos, aguantando la risa de Yara.

—Sé muy bien lo que ha pasado —Asier se apartó un momento de nosotros, —Por lo visto ya ha apagado la luz.

—¡Entremos rápido! Si la policía nos pilla aquí, nos jodemos —exclamó Yara, dando pasos rápidos como un correcaminos.

Era una locura pensar que alguna vez me involucraría en este tipo de cosas, sobre todo con Yara. Aunque también me sorprendió ver a Asier en semejante actitud.

Los tres caminamos despacio desde la calle hasta un callejón, para poder entrar por las ballas traseras. Literalmente, parecíamos más ladrones que personas en busca de venganza.

Una vez en la puerta, Asier sigue mis instrucciones. Levanta la alfombra y encuentra la llave, la cual introduce con cuidado en la ranura y agarra el pomo para abrir la puerta, mientras Yara y yo montamos guardia por si nos oye algún vecino.

Me empezaban a temblar las piernas, señal de que quería abandonar la loca idea que llevábamos, pero Yara y Asier no dejaban de animarme. Al poco rato, estaba saltando como una rana.

—¡Eso es! —murmura Asier, haciéndonos un gesto —¡Moveos!

En eso Yara y yo nos quitamos los zapatos, para poder entrar a la casa y no hacer ruido al entrar. Un parde ratas queriendo hacer un desastre.

—¿Qué hacemos si siguen despiertos? —pregunto mientras Yara va cerrando lentamente la puerta, y Asier se separa de nosotras por un momento.

Me había entrado un culillo.

—Yo tengo hambre —indica Asier, abriendo la refrigeradora, tomando un sándwich que se encuentra ahí, zampándole un mordisco.

¿Era enserio?

Pensar en comer justo en ese momento.

—Tendremos que esperar —dice con la boca llena, cerrando la puerta de la refrigeradora, acercándose a mí, ofreciéndole un bocado de su sándwich —¿Quieres?

Le miré con gesto drástico, bajándole la mano a Asier. Mientras, Yara se acerca a él y, de la nada, le roba un bocado de su sándwich.

—¡Oye! —dice Asier, exaltado.

—¡Tú te ofreciste! —responde divertida Yara.

Me quedé mirándolos con gesto fulminante.

Estaban tan tranquilos, y a mí me aterraba que se enteraran, llamaran a la policía, nos metieran en la cárcel y nos culparan de robo, o de acoso. ¿Qué era peor?

Mi madre no me lo perdonaría. Me prohibía salir e incluso me encerraba en el sótano, si podía.

—¡Hagan silencio! Parece que aún están despiertos —llamé la atención de ambos. —Tendremos que esperar aquí hasta más tarde.

—Bueno, hasta entonces, vamos a ver qué tiene en casa.

Dijo Yara, pasándome de lo más alegre de la vida para llegar al salón, agitando su melena pelirroja y ese vestido rojo de Chanel que marcaba perfectamente su figura, sin duda alguna tenía el cuerpo perfecto, y yo parecía Pitufina, pequeña y azul por excelencia de miedo.




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