Harper

Inefable

Asier

Teniendo en cuenta todo lo que pasó con Per esta semana fuera de casa, todo marcaba un rumbo diferente a partir de ese momento.

Por supuesto, lo habíamos hablado con ella, acordando incluso mantener las distancias con cualquier cosa que nos acercara más allá de la amistad y cuestionarnos el miedo a saber qué pasaría.

Además de la forma en que mi padre intentaba controlarme en aquellas noches de dolor. De estar encerrado en una habitación con la desesperanza presente de que pronto toda la vida que conocía daría un giro, y sin saber si todos iban a estar preparados para ello. Lo que me hacía preguntarme: ¿por qué?

—¡Por fin te has confesado con ella!

Yara en ese momento me hizo pensar si había hecho lo correcto. Si era posible volver atrás en el tiempo y decirme: no lo hagas. Pero ya lo había hecho.

Ya no puedes controlar nada, una vez que pasa todo eso.

—Se hace monótono tener que acostumbrarse a sus llamadas repentinas. Casi perdemos la vida en ese momento. —dije con modestia.

Eran llamadas que iba a echar de menos, al fin y al cabo, aunque llegaran de improviso y siempre en el momento menos esperado en que algo bueno o malo pudiera estar sucediendo. A veces me preguntaba si realmente ella lo intuía para poder hacer eso.

—Lo siento... pero ya sabes cómo soy.

—¡Me alegra que seas sincera en ese punto!

—La sinceridad es algo natural en la gente. Siempre he sido así contigo.

Transparente. No lo dudo.

—Yara...

—No tienes que explicarme nada. —le dio un sorbo a su matcha, mientras salíamos por la puerta de la tienda. —Necesito una bolsa y ya que estamos, a ver qué le compras a Per.

Se detiene delante de mí mientras sostiene la pajita en la boca y me mira con mucha curiosidad. Hacía unas semanas que apenas salíamos.

Se notaba que quería despegarme un poco de la gente. Me lo había advertido. Pero cuando tienes un vínculo fuerte, es más difícil. No quería sentirme triste por el hecho de que muy pronto tendría que separarme de la gente a la que quería, pero ese era el rumbo que había tomado mi vida. Aunque era incontrolable sentir la presión en el pecho, cuando estás demasiado cerca de alguien, sabes lo difícil que será separarse. Por lo tanto, era mi necesidad dedicar tiempo a cada uno de ellos.

—Y esta semana que estuviste fuera de casa... ¿Cómo la has pasado?

Se dio la vuelta y caminó deprisa, hasta que pudo entrar en otra tienda.

Pasear con ella por un centro comercial, era ir de un sitio a otro, y tener que aguantar los mareos.

—Tranquilo, diría yo.

—¿Qué quieres decir con tranquilo? O sea, ¿no pasó nada más de esos besos?

Me detuve detrás de ella, mientras husmeaba los precios de algunas blusas, y me dio su matcha para que lo sostuviera. Eso me recordó cómo era ir de compras con mi madre. Por lo cual, esperaba salir de esta tienda con algo, y no volverme loco después de todo.

—Si es lo que imaginas... Eso no sucedió. Decidimos que íbamos a dejar eso de lado.

Lo cual agradecí.

Aunque quisieras seguir intentándolo.

—¿Cómo te sientes con todo esto? Pareces demasiado tranquila, para tu estilo.

—No estudié filosofía por diversión, guapo. Debo entender que hay una razón para todo esto. Me gustas, de eso no hay duda. Siempre he sido franca.

—Y un poco arrebatada —dije divertido, cosa que a ella le hizo gracia y se rio también.

—Eso también es verdad… Pero, no puedo luchar ante esa forma en como la miras y te preocupas por ella. Además de que me considera como un grano en tu culo, molestoso, que de aquí a mañana seré exprimido, y salga expulsada por completo de tu vida.

—Eso no pasará, Yara... Además, eres el grano más jodido que tengo en el culo, pero el que no puedo ni apretar, y mucho menos sacar de mi vida. Eres la que, al fin y al cabo, me devuelve la cordura cuando pierdo el sentido de las cosas.

—Tengo que estar preparada para algo, ¿verdad?

Me quede estático.

—¿A qué viene esa pregunta?

—No soy siega, ni mucho menos tonta. Ya sabes que las mujeres tenemos un sexto sentido, y algo me dice que te pasa algo.

Le dediqué una media sonrisa y me encargué de beber un poco de su matcha, para relajar mis nervios.

—Para nada… solo que —me quité la pajita de la boca y empecé a remover el matcha —Esto se está poniendo tenso.

Odiaba mentirle.

Pero tienes que seguir mintiéndole.

—Ella te quiere. El hecho de que te haya besado demuestra más de lo que Per puede decir a veces con sus palabras. En el fondo de mi corazón —se tocó el pecho, —en el fondo, le tengo un gran aprecio. —Juro que te mataré si le dices lo que acabo de confesarte.

Al oírla, levanté las manos en señal de rendición.




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